miércoles, 17 de febrero de 2016

Venezuela, Argentina y el MERCOSUR: mejor dentro que fuera

Por Víctor M. Mijares & Nicolás M. Comini
Publicado en Boletim Mundorama (ver aquí)


En la política internacional hay teorías atractivas que se pueden convertir en catastróficos errores de diagnóstico. Entre las más conocidas está la llamada “teoría del dominó”, que en nuestra historia moderna popularizó el Departamento de Estado estadounidense luego de la aplicación de la Doctrina Truman en Grecia y Turquía (1947), ante el temor del “contagio comunista”, y después de que el triunfo de la revolución china (1949) fuera seguido por la victoria vietnamita sobre los franceses en Dien Bien Phu (1954). El efecto contagio de la teoría del dominó predecía que el comunismo se expandiría sus los triunfos no eran detenidos tempranamente. Ello desató la guerra de Vietnam. No negamos la utilidad y poder analítico de la teoría de la democratización, así como los más recientes estudios sobre promoción de valores y prácticas autoritarias. En efecto, los datos demuestran que existen las culturas políticas regionales, es decir, que en una misma región es habitual que haya un tipo de régimen político dominante. Nuestra advertencia va en el sentido de las causalidad, y es que no siempre hay un camino claro en la edificación de dichas culturas, por lo que una fórmula reactiva no funciona en todos los casos y momentos históricos.
Lo anterior es apropósito de la situación de Venezuela, su membrecía al Mercosur y las tentativas declarativas del gobierno de Mauricio Macri de aplicar medidas que sancionen a Caracas. El presidente venezolano Rómulo Betancourt (1959-1964) alentó lo que fue conocido como la “doctrina Betancourt”. Esta doctrina consistía en el aislamiento hemisférico de cualquier régimen no democrático, bien sea de derecha o de izquierda. La idea de Betancourt no era sólo proteger a la naciente democracia venezolana, sino también promover la democracia en América latina, al tiempo que desalentar a los regímenes autoritarios de la región. No obstante, y por más efectiva que haya logrado ser en el tiempo la política venezolana de promoción democrática, debemos considerar que pertenece al particular contexto histórico de la Guerra Fría, en el que la dinámica de bloques permitía castigos ejemplares –aunque no necesariamente homogéneos- en dominios geopolíticos. El aislamiento de un miembro de una comunidad regional de Estados sigue siendo posible, pero los costos para el gobierno al que se quiere castigar podrían ser muy bajos, y alta la posibilidad de aprovechar propagandísticamente el hecho.
Por razones enraizadas en el pensamiento realista, consideramos que la Argentina de Macri no debe insistir con la aplicación de sanciones a la Venezuela de Maduro. En primer lugar, porque la credibilidad internacional de Buenos Aires dependerá, en gran medida, del rumbo que adopte la nueva administración nacional. Hasta el día de hoy, existe incertidumbre sobre el camino que adoptará tanto en materia de política doméstica como internacional y cómo se afianzará luego de haber llegado con sólo el 51 por ciento de los votos en segunda vuelta electoral. En segundo orden, porque la falta de precisión de ideas como “ruptura” o “amenaza de ruptura”  del orden democrático” presentes en los protocolos de Ushuaia (1998) y Ushuaia II (2011) dejan un amplio margen de opciones, abierto a la libre interpretación de las partes. Esto lleva, en tercer lugar, a que si la intención de Argentina es desmoralizar al régimen vigente, amplificar el descontento popular y aislarlo de la comunidad regional, los efectos pueden ser contraproducentes. En un país signado por desabastecimiento, la inflación más alta del mundo y con el barril de petróleo por debajo de 20 US$, cualquier medida que amplifique los problemas políticos, económicos y sociales podría abonar al incremento de los niveles de violencia interna y un deterioro en las condiciones de los derechos humanos.
En ese sentido, aislar a Venezuela de la comunidad podría tener dos efectos no deseados de alta magnitud: (a) dar sustento al régimen vigente para legitimar y justificar discursivamente acciones represivas contra sectores opositores, en procura de garantizar la unidad, independencia e integridad de la nación ante la injerencia externa; y (b) contribuir a aislar regionalmente a Argentina en lugar de a Venezuela. Respecto de este último punto, en la reunión de Asunción quedó claro que, cada cual por sus propias razones, los diferentes representantes de los países del Mercosur se mostraron distantes de Macri. Además, seguir insistiendo en este tipo de medidas podría conllevar la profundización de las alianzas de Caracas con actores regionales para los cuales Venezuela representa un socio de primera línea. De hecho, Venezuela seguiría siendo parte de la OPEP, del ALBA, de la ONU –donde mantiene un asiento en el Consejo de Seguridad- y probablemente tendría las puertas abiertas para seguir ampliando su vinculación con Rusia, Irán, China, Bielorrusia y Siria.
Dicho esto, concluimos que aún cuando no despreciamos la importancia de las influencias, de los contextos y de las tendencias, lo cierto es que no están dadas las condiciones para esperar una “difusión natural” regional de tipo incondicional. La multiplicidad de realidades de la región no puede ser minimizada. Asumir una posición de liderazgo en América Latina implica reconocer que América latina está constituida por Estados soberanos que no pretenden renunciar a esa situación. Por lo tanto, se basa en evitar asumir cualquier posición que pudiera resultar arrogante, y en generar consensos multilaterales sobre la base de estrategias caracterizadas por la practicidad, la prudencia, paciencia, perseverancia y vanguardismo. Esta, por supuesto, no es una tarea sencilla. Requiere de intensos esfuerzos en los altos espectros políticos y diplomáticos, pero no solo a nivel de los poderes ejecutivos sino también de los legislativos, tanto en el nivel doméstico como regional.
Contar con Venezuela dentro del sistema regional le permitirá a Argentina –y a los demás miembros del Mercosur- seguir presionando en el marco de una táctica amplia que implique negociación y diálogo sistemático por el complimiento de la constitución. Y más allá de las ya importantes condiciones como la celebración de elecciones transparentes y el establecimiento de misiones de observación electoral efectivas, demandar el acatamiento al principio de autonomía y majestad de los poderes públicos, así como la protección de las libertades individuales, de los derechos civiles, políticos y económicos de la sociedad venezolana.

jueves, 4 de febrero de 2016

Oportunidad caribeña para la Argentina

Por Nicolás M. Comini y Víctor M. Mijares

Publicado en Clarín 

Imaginemos que cada país no sólo es un nodo en una red de relaciones e intereses, sino que además, esa red dibuja una serie de anillos concéntricos de influencia. La geografía y el poder son, por supuesto, factores centrales en ese análisis de geometría política, pero también lo son el comercio, la ideología y las instituciones multilaterales.
 
Bajo esos factores, el primer anillo concéntrico alrededor de Venezuela estaría compuesto por Colombia, EEUU, China, Cuba y Brasil. El segundo incluiría a España, Argentina, Rusia y Chile. Dejemos por fuera a las potencias extrarregionales, no por ser menos importantes, sino porque las consecuencias de lo que ocurra en Venezuela les son más tenues.
 
Los dos principales anillos concéntricos en torno a Venezuela son, naturalmente, diferentes en cuanto a sus capacidades de ejercer influencia sobre los actores venezolanos. Colombia tiene sus energías en un proceso de paz del que Caracas es garante. EEUU ha manifestado su preocupación acerca de Venezuela, pero también ha hecho patente que la gestión Obama no va a aventurarse en crisis hemisféricas que pueda evitar.
Cuba, faro ideológico de la Revolución Bolivariana, está enfocada en su delicado proceso de apertura. Mientras tanto, Brasil experimenta los embates del fin de las materias primas y los efectos de la corrupción. El primer anillo, el de mayor contundencia potencial, está bloqueado.
 
En el segundo anillo quedan Chile y Argentina. Por una mezcla de razones pragmáticas e ideológicas, Santiago ha preferido mantenerse tan al margen de la situación venezolana como ha podido, recibiendo agresivas respuestas diplomáticas cada vez que se ha pronunciado.
 
Pero la situación argentina es distinta, pues aun desde el segundo anillo, debemos considerar tres factores: 1) Argentina promovió el ingreso Venezuela a Mercosur, y éste se ha convertido en uno de los pocos foros de importancia para Caracas; 2) Brasil se encuentra ensimismado en una crisis interna que ha debilitado su política exterior, lo que abre un mundo de posibilidades para la reinvención de la largamente eclipsada diplomacia argentina; y 3) Argentina tiene en la crisis de Venezuela la oportunidad de ofrecer alternativas que no pasen por volver a recurrir a actores extrarregionales que pongan en juego la autonomía política que la región ha ganado en las dos últimas décadas.
 
En este contexto consideramos que a orillas del Río de la Plata está la clave para gestionar la turbulencia regional que genera la dramática coyuntura venezolana, apostando por evitar la exclusión de Caracas de la comunidad internacional y recurriendo, en cambio a los mecanismos de control y monitoreo que brindan los diferentes espacios de integración vigentes.

sábado, 30 de enero de 2016

Realismo Neoclásico: ¿el retorno de los estudios internacionales a la ciencia política?


Resumen
Los estudios internacionales han alcanzado un importante grado de autonomía respecto a la ciencia política, y aquello lo demuestra su desarrollo en las principales universidades. Sin embargo, esta autonomía práctica dentro de las ciencias sociales tiene problemas para justificarse científicamente y cuenta además con un argumento débil en relación con el objeto de estudio. El auge del realismo neoclásico –fundada en la explicación de la política exterior y con base en la distribución del poder en el sistema internacional teniendo en cuenta la política nacional– tiene el potencial de revertir esa autonomía práctica al debilitar el argumento de esta. Inadvertidamente, el realismo neoclásico nos obligaría a revisar la autonomía de los estudios internacionales respecto a la ciencia política.