lunes, 25 de julio de 2016

El sutil encanto de los golpes fallidos

25 de julio, 2016

Los golpes de Estado han ocupado un importante lugar en la literatura politológica, con sus respectivos momentos de mayor y menor actividad académica y política. En América latina acontecimientos recientes de destituciones y/o suspensiones de presidentes, junto con la politización de la academia, han nublado la comprensión del fenómeno. En este ensayo se entiende a los golpes de Estado en su sentido ampliamente difundido, es decir, como interrupciones del orden constitucional por medios violentos administrados por las Fuerzas Armadas.

Según la herramienta Ngram de Google, la Guerra Fría fue un momento de auge del golpe de Estado como objeto de estudio (Ngram, 2016). No obstante, el interés se ha concentrado, sobre todo, en derrocamientos exitosos y sus consecuencias (Kebschull, 1994). La progresiva caída en el número de intentos de golpe desde 1990 ha venido acompañada de una interesante tasa creciente de golpes exitosos (Powell & Thyne, 2011), lo que sugiere una curva de aprendizaje golpista, por una parte y, por la otra, un mayor cuidado en la selección de momentos y condiciones para atentar contra gobiernos.

Los golpes fallidos cobran una importancia significativa, en tanto dan luces sobre las capacidades de los gobiernos y de sus oposiciones civiles y militares. Pero aún más importante es el potencial efecto de reforzamiento de la autoridad presidencial por una vía de dos canales: uno simbólico, basado en la legitimidad, y otro concreto, basado en el control efectivo del poder militar por intermedio de oficiales leales.

El golpe fallido a Recep Tayyip Erdoğan en Turquía el pasado 15 de julio, ha sido seguido por una ola de detenciones a militares (cerca de 3000) y civiles (más de 2700 jueces). La purga de las Fuerzas Armadas está en marcha y promete reducir en el futuro inmediato las resistencias militares al gobierno. Un hecho eclipsado por la purga militar ha sido la detención de jueces, lo que sugeriría la implicación de parte del Poder Judicial para otorgarle legalidad posterior al planeado derrocamiento.

La cooperación civil-militar se ha mostrado como una condición necesaria, aunque no suficiente, para el éxito de los golpes de Estado. La combinación de poder y legitimidad es vital tanto para las fuerzas golpistas como para el gobierno objetivo. En el caso de los gobiernos, poder y legitimidad son constantemente desplegados en estrategias propagandísticas cuando arrecian las presiones. Pero el binomio cobra aun más fuerza cuando el gobierno sobrevive al golpe. El ejemplo de Hugo Chávez en abril de 2002 es útil para entender lo que se comienza a desarrollar en Turquía.

Luego de la masacre en el centro de Caracas el 11 abril de 2002, el ministro de la defensa solicitó la renuncia a Chávez. Fue removido del cargo y apresado bajo acusaciones de violación de derechos humanos y corrupción. El contragolpe de fuerzas leales trajo a Chávez de nuevo al poder, lo que vino seguido de un proceso de purga militar, detenciones y juicios a oficiales, policías y líderes políticos. Desde el punto de vista simbólico, el expresidente venezolano introdujo el elemento épico a su revolución, compensando el descontento de la parte del país que lo adversaba.

Atendiendo a los casos venezolano y turco, los golpes fallidos tienen un provecho potencial extraordinario para reforzar gobiernos que afrontan formidables resistencias internas, tanto civiles como militares. A la obvia oportunidad de depurar las Fuerzas Armadas, se le debe sumar la de apelar a la legitimidad normativa de origen constitucional y la incorporación del mito épico de la supervivencia, que cobra forma de predestinación. Esta conveniente situación despierta sospechas razonables acerca de cuánto podrían saber previamente los líderes de los gobiernos objetivo sobre las tentativas golpistas.

En una alocución pública posterior de los hechos de abril de 2002, Chávez asegura haber precipitado las acciones en contra de su gobierno (Marcano & Barrera Tyszka, 2012), acelerando el ritmo de una crisis que creía inevitable y que, por tanto, trató de encauzar de un modo que permitiese que la conspiración se develara ante de que cobrase masa crítica. Afrontar un golpe prematuro sería el menor de los males ante la certeza de una conjura en marcha.

En el reciente caso turco, los medios han dejado saber que los cuerpos de inteligencia se mantuvieron del lado de Erdoğan, lo que le habría permitido prever cuáles eran las fuerzas que conspiraban en su contra, incluso cuándo podría ocurrir el golpe, siempre con un margen razonable de incertidumbre (Tuysuz & McLaughlin, 2016; Tol, 2016). Erdoğan venía forzando a los oficiales a tomar partido en su favor o en contra desde el primer semestre del año. Los inminentes ascensos militares de agosto próximo eran la oportunidad dorada del presidente turco para lograr encumbrar a los oficiales leales y marginar a los adversos.

Un factor a considerar es el régimen político del gobierno objetivo que logra repeler el golpe. Las ganacias potenciales de sobrevivir a un derrocamiento parecen asociadas al control previo que el gobierno haya establecido. En los casos de Venezuela y Turquía los golpes fueron abortados y posteriormente capitalizados por dos regímenes autoritarios competitivos (Levitsky & Way 2010), lo que podría suponer ventajas con la que no podría contar un sistema pluralista, institucionalmente más susceptible a retaliaciones políticas.

La estrategia de anticipar, precipitar y sobrevivir a un golpe de Estado implica una operación de alto riesgo, quizá demasiado alto para un gobierno en apuros. En ese sentido las teorías conspirativas sobre la instrumentalización a placer de los golpes fallidos no resistirían un análisis de la acción racional. No dejan de ser, sin embargo, una fórmula seductora para apuntalar gobiernos cuestionados y rodeados por enemigos. Hasta ahora la evidencia indica que los golpes fallidos se procurarían como una alternativa menos peligrosa que la de confrontar una conjura golpista madura o que la de desmantelar una conspiración prematura que permitiese la impunidad y posible reorganización de los orquestadores.

La agenda de investigación sobre golpes fallidos luce como un campo fértil para investigación, aunque esté minado de imposibilidades prácticas en la búsqueda de la verdad en cada caso. Lo cierto es que no debemos perder de vista el potencial provecho que éstos podrían tener para gobiernos en fase conflictiva interna, ni la disposición de algunos líderes políticos en asumir altos riesgos en maniobras que podrían implicar costos definitivos en sus carreras o sus vidas.

Referencias

Kebschull, H. G. (1994). Operation “Just Missed”: Lessons From Failed Coup Attempts. Armed Forces & Society, 20(4), 565-579.

Levitsky, S., & Way, L. A. (2010). Competitive Authoritarianism. Hybrid Regimes after the Cold War. Cambridge: Cambridge University Press.

Marcano, C., & Barrera Tyszka, A. (2012). Hugo Chávez sin uniforme. Una historia personal. México:  Penguin Random House Grupo Editorial.

Ngram Viewer. (2016). Consulta: “coup d’etat”. Google Books, https://books.google.com/ngrams/graph?content=%22coup+d%27etat%22&year_start=1800&year_end=2008&corpus=15&smoothing=20&share=&direct_url=t1%3B%2C%22%20coup%20d%27%20etat%20%22%3B%2Cc0 [Consultado: 18 de julio de 2016].

Tol, G. (2016). Turkey’s Next Military Coup. How Empowering the Generals Could Backfire. Foreign Affairs, https://www.foreignaffairs.com/articles/2016-05-30/turkeys-next-military-coup [Consultado: 17 de julio de 2016].

Tuysuz, G., & McLaughlin, E. C. (2016). Failed coup in Turkey: What you need to know. CNN, http://edition.cnn.com/2016/07/18/middleeast/turkey-failed-coup-explainer/ [Consultado: 18 de julio de 2016].

miércoles, 17 de febrero de 2016

Venezuela, Argentina y el MERCOSUR: mejor dentro que fuera

Por Víctor M. Mijares & Nicolás M. Comini
Publicado en Boletim Mundorama (ver aquí)


En la política internacional hay teorías atractivas que se pueden convertir en catastróficos errores de diagnóstico. Entre las más conocidas está la llamada “teoría del dominó”, que en nuestra historia moderna popularizó el Departamento de Estado estadounidense luego de la aplicación de la Doctrina Truman en Grecia y Turquía (1947), ante el temor del “contagio comunista”, y después de que el triunfo de la revolución china (1949) fuera seguido por la victoria vietnamita sobre los franceses en Dien Bien Phu (1954). El efecto contagio de la teoría del dominó predecía que el comunismo se expandiría sus los triunfos no eran detenidos tempranamente. Ello desató la guerra de Vietnam. No negamos la utilidad y poder analítico de la teoría de la democratización, así como los más recientes estudios sobre promoción de valores y prácticas autoritarias. En efecto, los datos demuestran que existen las culturas políticas regionales, es decir, que en una misma región es habitual que haya un tipo de régimen político dominante. Nuestra advertencia va en el sentido de las causalidad, y es que no siempre hay un camino claro en la edificación de dichas culturas, por lo que una fórmula reactiva no funciona en todos los casos y momentos históricos.
Lo anterior es apropósito de la situación de Venezuela, su membrecía al Mercosur y las tentativas declarativas del gobierno de Mauricio Macri de aplicar medidas que sancionen a Caracas. El presidente venezolano Rómulo Betancourt (1959-1964) alentó lo que fue conocido como la “doctrina Betancourt”. Esta doctrina consistía en el aislamiento hemisférico de cualquier régimen no democrático, bien sea de derecha o de izquierda. La idea de Betancourt no era sólo proteger a la naciente democracia venezolana, sino también promover la democracia en América latina, al tiempo que desalentar a los regímenes autoritarios de la región. No obstante, y por más efectiva que haya logrado ser en el tiempo la política venezolana de promoción democrática, debemos considerar que pertenece al particular contexto histórico de la Guerra Fría, en el que la dinámica de bloques permitía castigos ejemplares –aunque no necesariamente homogéneos- en dominios geopolíticos. El aislamiento de un miembro de una comunidad regional de Estados sigue siendo posible, pero los costos para el gobierno al que se quiere castigar podrían ser muy bajos, y alta la posibilidad de aprovechar propagandísticamente el hecho.
Por razones enraizadas en el pensamiento realista, consideramos que la Argentina de Macri no debe insistir con la aplicación de sanciones a la Venezuela de Maduro. En primer lugar, porque la credibilidad internacional de Buenos Aires dependerá, en gran medida, del rumbo que adopte la nueva administración nacional. Hasta el día de hoy, existe incertidumbre sobre el camino que adoptará tanto en materia de política doméstica como internacional y cómo se afianzará luego de haber llegado con sólo el 51 por ciento de los votos en segunda vuelta electoral. En segundo orden, porque la falta de precisión de ideas como “ruptura” o “amenaza de ruptura”  del orden democrático” presentes en los protocolos de Ushuaia (1998) y Ushuaia II (2011) dejan un amplio margen de opciones, abierto a la libre interpretación de las partes. Esto lleva, en tercer lugar, a que si la intención de Argentina es desmoralizar al régimen vigente, amplificar el descontento popular y aislarlo de la comunidad regional, los efectos pueden ser contraproducentes. En un país signado por desabastecimiento, la inflación más alta del mundo y con el barril de petróleo por debajo de 20 US$, cualquier medida que amplifique los problemas políticos, económicos y sociales podría abonar al incremento de los niveles de violencia interna y un deterioro en las condiciones de los derechos humanos.
En ese sentido, aislar a Venezuela de la comunidad podría tener dos efectos no deseados de alta magnitud: (a) dar sustento al régimen vigente para legitimar y justificar discursivamente acciones represivas contra sectores opositores, en procura de garantizar la unidad, independencia e integridad de la nación ante la injerencia externa; y (b) contribuir a aislar regionalmente a Argentina en lugar de a Venezuela. Respecto de este último punto, en la reunión de Asunción quedó claro que, cada cual por sus propias razones, los diferentes representantes de los países del Mercosur se mostraron distantes de Macri. Además, seguir insistiendo en este tipo de medidas podría conllevar la profundización de las alianzas de Caracas con actores regionales para los cuales Venezuela representa un socio de primera línea. De hecho, Venezuela seguiría siendo parte de la OPEP, del ALBA, de la ONU –donde mantiene un asiento en el Consejo de Seguridad- y probablemente tendría las puertas abiertas para seguir ampliando su vinculación con Rusia, Irán, China, Bielorrusia y Siria.
Dicho esto, concluimos que aún cuando no despreciamos la importancia de las influencias, de los contextos y de las tendencias, lo cierto es que no están dadas las condiciones para esperar una “difusión natural” regional de tipo incondicional. La multiplicidad de realidades de la región no puede ser minimizada. Asumir una posición de liderazgo en América Latina implica reconocer que América latina está constituida por Estados soberanos que no pretenden renunciar a esa situación. Por lo tanto, se basa en evitar asumir cualquier posición que pudiera resultar arrogante, y en generar consensos multilaterales sobre la base de estrategias caracterizadas por la practicidad, la prudencia, paciencia, perseverancia y vanguardismo. Esta, por supuesto, no es una tarea sencilla. Requiere de intensos esfuerzos en los altos espectros políticos y diplomáticos, pero no solo a nivel de los poderes ejecutivos sino también de los legislativos, tanto en el nivel doméstico como regional.
Contar con Venezuela dentro del sistema regional le permitirá a Argentina –y a los demás miembros del Mercosur- seguir presionando en el marco de una táctica amplia que implique negociación y diálogo sistemático por el complimiento de la constitución. Y más allá de las ya importantes condiciones como la celebración de elecciones transparentes y el establecimiento de misiones de observación electoral efectivas, demandar el acatamiento al principio de autonomía y majestad de los poderes públicos, así como la protección de las libertades individuales, de los derechos civiles, políticos y económicos de la sociedad venezolana.

jueves, 4 de febrero de 2016

Oportunidad caribeña para la Argentina

Por Nicolás M. Comini y Víctor M. Mijares

Publicado en Clarín 

Imaginemos que cada país no sólo es un nodo en una red de relaciones e intereses, sino que además, esa red dibuja una serie de anillos concéntricos de influencia. La geografía y el poder son, por supuesto, factores centrales en ese análisis de geometría política, pero también lo son el comercio, la ideología y las instituciones multilaterales.
 
Bajo esos factores, el primer anillo concéntrico alrededor de Venezuela estaría compuesto por Colombia, EEUU, China, Cuba y Brasil. El segundo incluiría a España, Argentina, Rusia y Chile. Dejemos por fuera a las potencias extrarregionales, no por ser menos importantes, sino porque las consecuencias de lo que ocurra en Venezuela les son más tenues.
 
Los dos principales anillos concéntricos en torno a Venezuela son, naturalmente, diferentes en cuanto a sus capacidades de ejercer influencia sobre los actores venezolanos. Colombia tiene sus energías en un proceso de paz del que Caracas es garante. EEUU ha manifestado su preocupación acerca de Venezuela, pero también ha hecho patente que la gestión Obama no va a aventurarse en crisis hemisféricas que pueda evitar.
Cuba, faro ideológico de la Revolución Bolivariana, está enfocada en su delicado proceso de apertura. Mientras tanto, Brasil experimenta los embates del fin de las materias primas y los efectos de la corrupción. El primer anillo, el de mayor contundencia potencial, está bloqueado.
 
En el segundo anillo quedan Chile y Argentina. Por una mezcla de razones pragmáticas e ideológicas, Santiago ha preferido mantenerse tan al margen de la situación venezolana como ha podido, recibiendo agresivas respuestas diplomáticas cada vez que se ha pronunciado.
 
Pero la situación argentina es distinta, pues aun desde el segundo anillo, debemos considerar tres factores: 1) Argentina promovió el ingreso Venezuela a Mercosur, y éste se ha convertido en uno de los pocos foros de importancia para Caracas; 2) Brasil se encuentra ensimismado en una crisis interna que ha debilitado su política exterior, lo que abre un mundo de posibilidades para la reinvención de la largamente eclipsada diplomacia argentina; y 3) Argentina tiene en la crisis de Venezuela la oportunidad de ofrecer alternativas que no pasen por volver a recurrir a actores extrarregionales que pongan en juego la autonomía política que la región ha ganado en las dos últimas décadas.
 
En este contexto consideramos que a orillas del Río de la Plata está la clave para gestionar la turbulencia regional que genera la dramática coyuntura venezolana, apostando por evitar la exclusión de Caracas de la comunidad internacional y recurriendo, en cambio a los mecanismos de control y monitoreo que brindan los diferentes espacios de integración vigentes.