martes, 15 de abril de 2014

Ucrania: ¿libre, belicosa y autoritaria?

A Ukrainian soldier stands guard at a checkpoint near a town that is adjacent to Crimea (Reuters)
©Reuters

¿Qué nos puede decir la ciencia política sobre la actual coyuntura ruso-ucraniana? ¿Tenemos herramientas para predecir o al menos delinear un escenario probable en ese caso? Partamos de tres supuestos en la actual relación de tensión entre Rusia y Ucrania:

1. El gobierno de Vladimir Putin, por razones de prestigio y poder, considera necesario para Rusia construir un bloque autónomo a partir del proyecto de la Comunidad Económica Euroasiática. Éste es un imperativo geoestratégico.

2. Al gobierno interino de Ucrania, y a sus candidatos como mayores oportunidades de triunfo, les resulta inadmisible entrar en la esfera influencia que Rusia pretende restaurar. No parece haber para esa élite un punto de acuerdo que permita negociar con Moscú.

3. La Otan parece estar dispuesta a llevar a cabo maniobras disuasivas frente a Rusia, pero no a embarcarse en un conflicto que implique enfrentamiento directo, deterioro de las relaciones económicas y energéticas con la UE, ni escalada militar con los EE.UU.

Dando por ciertos los supuestos, podríamos afirmar que es probable una guerra entre Ucrania y Rusia, lo que incluiría un guerra civil en la primera. Y convencidos de su evidente inferioridad, el actual gobierno interino, y el que salga de las próximas elecciones, tenderán a ser que cada vez más autoritarios en política doméstica, y agresivos en política exterior. 

Estas conclusiones se desprenden de tres tesis que nos aventuramos a hacer trabajar de forma combinada. La primera idea la tomamos de Stephen Van Evera y su libro Causes of War. Power and the Roots of Conflict, de 1999. Van Evera incluye entre sus hipótesis el optimismo sobre una rápida conquista—que podría contagiar a Rusia—y las falsas esperanzas creadas por fluctuaciones en el poder de los beligerantes, la ventaja de la ofensiva y la necesidad de sacar ventaja con un primer ataque—que podrían contagiar a ambas.

La segunda obra es la de Edward D. Mansfield y Jack Snyder, Electing to Fight: Why Emerging Democracies Go to War, publicada en 2005. La tesis central encaja con la debilidad de la institucional democrática ucraniana y la urgencia de preservar la integridad de la república. Las elección presidencial del 25 de mayo podría estar cargada de discursos de mayor confrontación, pudiendo ser favorecido aquel que represente la opción más abiertamente hostil a Rusia.

La última hipótesis que deseo presentarles es la de Randall L. Schweller en su libro Unanswered Threats: Political Constraints on the Balance of Power, de 2006. En sintonía con la corriente de pensamiento del realismo neoclásico, el autor presta atención a la capacidad de movilización de recursos por parte de las élites que dirigen al Estado. En nombre de una simbólica restauración democrática a partir de la elección, y con el objeto de salvaguardar a la república, el interinato, pero sobre todo el próximo gobierno ucraniano, se podría inclinar a prácticas cada vez más autoritarias con el fin de desarticular a la rebelde oposición pro-rusa, y al mismo tiempo movilizar todos los recursos materiales y humanos posibles para contener el avance de la gran potencia rusa.   

Otras hipótesis podrían incluirse a las tres presentadas. Algunas serían capaces sustituir a una o dos de ellas, y otras incluso podrían dibujar otro escenario probable. Sin embargo, tomando en cuenta los intereses expuestos y los actores en juego, me resulta posible prever una conducta cercana a lo aquí escrito.    

lunes, 14 de abril de 2014

"La prioridad de Maduro es apuntalar su liderazgo en el PSUV"

Nicolás Maduro cumple un año en la presidencia de Venezuela asediado por la crisis en diversos frentes y obligado a dialogar con sus opositores. Pero su prioridad no es otra que consolidarse como jerarca del chavismo. 
 
Al analizar el desempeño de Nicolás Maduro como presidente de Venezuela, llama la atención lo poco que se diferencian los balances de su primer mes, de sus primeros cien días y de su primer año como timonel del Gobierno. Desde que la máxima autoridad electoral lo declaró ganador en los comicios del 14 de abril de 2013, el político de 51 años parece haber invertido más tiempo en subyugar a sus adversarios y consolidar su liderazgo en el estamento chavista que en darle respuesta a los problemas concretos que afligen a la población.
“En lugar de hacer propuestas que pongan a la vista su don de mando, Maduro concentra su energía en pelearse con la oposición, echando mano a un discurso que parece radicalizarse”, comentaba Ana Soliz Saldivar, del Instituto Alemán de Estudios Globales y Regionales (GIGA) de Hamburgo, cuando el delfín de Hugo Chávez tenía apenas cuatro semanas en el poder. Claudia Zilla, de la Fundación Ciencia y Política (SWP) de Berlín, criticaba a Maduro por esos mismos días, alegando que no percibía “sistema detrás de su actuación”.

Reacomodo de fuerzas
Víctor M. Mijares, académico visitante en el Instituto Alemán de Estudios Globales y Regionales (GIGA) de Hamburgo.

Para Víctor M. Mijares, académico visitante en el GIGA, las limitaciones de la gestión de Maduro eran previsibles debido al reacomodo de fuerzas en el seno del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) tras la muerte de Hugo Chávez, el líder carismático que monopolizó el discurso gubernamental y los poderes estatales entre 1999 y 2013. “El Gobierno pasó de ser un régimen personalista a ser una administración en donde las decisiones se toman de una manera más consensuada”, explica el politólogo venezolano en entrevista con DW.
“El hecho de que la prioridad de Maduro sea apuntalar su liderazgo en el PSUV, redistribuyendo cuotas de poder entre los otros jerarcas del partido, ha mermado notablemente su capacidad de gestión pública, impidiendo que tome decisiones racionales y oportunas. Eso se manifiesta no solamente en políticas económicas zigzagueantes, sino también en la ausencia de una política exterior consistente. Durante este año, la voz de Venezuela se ha escuchado muy poco en los foros internacionales”, sigue Mijares.

Diálogo conveniente
El oficialismo y la oposición dialogaron el jueves (10.4.2014) con el Vaticano y los cancilleres de Unasur como observadores.

Sin embargo, acota el analista del GIGA, algunas cosas han cambiado: Maduro cumple su primer año como presidente con la necesidad de legitimar a por lo menos una parte de la oposición, entablando un diálogo con ella. “Mediante ese diálogo, Maduro aspira a dividir a sus adversarios, distinguiendo a la ‘oposición leal’ –que comulga con los objetivos teóricamente democráticos de la ‘revolución bolivariana’– de la ‘oposición golpista’, que, a sus ojos, justifica el uso de cierto grado de represión por parte de las autoridades”, sostiene Mijares.
“Como maniobra política, el diálogo también le permite a Maduro fragmentar el voto opositor de cara a futuras elecciones y presentar al actual sistema político venezolano como uno de talante democrático para mejorar la percepción exterior de su Gobierno, que viene deteriorándose desde febrero debido a la brutal represión de las manifestaciones de protesta. Además, este diálogo también sirve como válvula de escape para que la sociedad civil se desahogue y para que se disipe la tensión que atiza las protestas en cuestión”, agrega el politólogo.

Decisiones postergadas
Mijares: “El diálogo sirve como válvula de escape para disipar la tensión que atiza las protestas en Venezuela”.

“No obstante, insisto, Maduro aspira a pacificar al país para poder concentrarse en lo que realmente le interesa: restablecer los equilibrios de poder dentro del chavismo, recuperar el balance que existía en su estructura cuando Hugo Chávez llevaba las riendas del partido oficialista”, señala Mijares. Pero, ¿hasta qué punto puede Maduro darse el lujo de postergar indefinidamente la aplicación de medidas para solucionar problemas como el desabastecimiento, los desequilibrios económicos, el deterioro infraestructural y la violencia criminal?
“Está claro que eso no favorece a Maduro. Y, aún así, es eso lo que va a hacer: posponer la gestión pública para un momento en que su autoridad dentro del PSUV esté asegurada. La inflación, la criminalidad, la limitación del acceso a las divisas no sólo han golpeado a la clase media, sino también a sectores que históricamente han apoyado al chavismo de manera consecuente. Pero Maduro no quiere hacer nada al respecto porque las condiciones políticas no están dadas para que tome las decisiones impopulares necesarias”, argumenta el académico del GIGA.

Medidas impopulares
Mijares: “La deplorable situación de PDVSA ha llevado a Venezuela a endeudarse con China”.

“Como muestra, un botón: la disciplina fiscal es una de las decisiones más difíciles que tendría que tomar Maduro; pero ella está, por definición, en el polo opuesto de las ideas que defiende el chavismo desde el principio. Petróleos de Venezuela (PDVSA), que ha sido la única fuente de financiamiento de la ‘revolución bolivariana’, está en una situación financiera deplorable que ha llevado al Gobierno venezolano a endeudarse con China. Y el déficit fiscal que estas deudas generan puede llegar a ser inmanejable”, cuenta Mijares.
“La actual situación podría desembocar en un ajuste macroeconómico innecesariamente tardío. Maduro no quiere tomar esa iniciativa hasta que no esté completamente seguro de su base de poder. Es por eso que Maduro posterga la toma de decisiones en materia de gestión pública. Él sabe que las medidas que deberá implementar tendrán un altísimo costo político y sólo se atreverá a aplicarlas cuando tenga el control efectivo y la estabilidad suficiente dentro de las estructuras de poder del chavismo; aun cuando no hay garantías de que Maduro alcance esa etapa durante su mandato”, asegura el especialista.

¿Un desafío demasiado grande?

Cabe preguntarse si Maduro, líder del ala civil del PSUV, tiene probabilidades reales de llegar a gobernar sin que las otras facciones del partido de Gobierno conspiren en su contra. Peter Birle, politólogo del Instituto Iberoamericano (IAI) de Berlín, no lo cree. “Yo no lo veo capaz de crecer en su rol como mandatario y mucho menos de llenar el vacío que dejó Chávez. Maduro copia muy mal a Chávez, ha sido incapaz de transitar su propio camino y muestra poco potencial para encontrar salidas a la crisis en que se halla Venezuela”, dice Birle.
“El pensamiento de Maduro está atascado en un esquema de blanco y negro, sin matices, y sus respuestas siempre apuntan hacia el aumento de la represión. Eso ha contribuido a que la polarización política en Venezuela sea más pronunciada de lo que lo era hace un año”, cierra el experto del IAI.

Vesión en línea 

domingo, 30 de marzo de 2014

Venezuela y el orden regional


Por Luis L. Schenoni (UCA/GIGA) y Víctor M. Mijares (USB/GIGA)

Durante el último mes y medio un hemisferio dividido asistió impotente a la muerte de más de tres docenas de personas en Venezuela. En los principales foros de concertación regional, los principales países de la región han reaccionado con extremada cautela, conscientes de que la crisis bolivariana anuncia un fin de ciclo para la política internacional en América Latina. Por un lado, es de esperar que proyectos con el auspicio de Caracas como la Alianza Bolivariana para las Américas (ALBA) pierdan impulso. Por otro lado, la pulseada entre la Organización de Estados Americanos (OEA) y la Unión de Naciones Sudamericanas (Unasur) definirá si Washington o Brasilia serán garantes de la estabilidad regional en el futuro.

Para bien o para mal, la OEA ha sido exitosamente bloqueada por Maduro. Cuando el embajador panameño ante la organización convocó una reunión extraordinaria de cancilleres para tratar el tema, el canciller venezolano acusó al diplomático de colaborar con el imperialismo y perjudicar la imagen de su gobierno. Coincidiendo con los actos del primer aniversario de la muerte de Hugo Chávez –a los que sólo asistieron Evo Morales y Raúl Castro–, Venezuela rompió relaciones con Panamá. Sin embargo, Vallarino insistió y convocó a María Corina Machado, líder de la oposición venezolana, a hablar desde su banca en una sesión de la OEA que por voto calificado –pero con la oposición de Chile– se realizó a puertas cerradas.

El drama de la Unasur comenzó cuando la toma de posesión de Michel Bachelet, que obligó a los líderes de la región a verse las caras. Aprovechando la ocasión, el vicepresidente norteamericano propuso a México, Colombia, Perú y Chile –países que conforman la Alianza del Pacífico, rival regional del Mercosur– estudiar en Santiago el caso venezolano. Pero la ofensiva sólo sirvió para despertar recelos y despabilar a la Unasur, cuyos cancilleres sí se reunieron esta vez, formando una comisión para respaldar al gobierno en la consecución de un diálogo. Los ministros de Exteriores de Unasur– excepto los de Chile y Perú– se reunieron en Venezuela el 25 de marzo, pero la reunión de 48 horas lejos estuvo de contribuir a la estabilidad del país. Más bien, evidenció los límites del compromiso suramericano.

Teniendo en cuenta el tratamiento que dio Unasur a las crisis de los gobiernos de Evo Morales (2008), Manuel Zelaya (2009), Rafael Correa (2010) y Fernando Lugo (2012), pareciera claro que la organización se ha convertido en el actor central en la gestión de crisis de gobernabilidad, supliendo el rol que tradicionalmente cupo a la OEA. Sin embargo, el récord de la organización es variado. Cuando las dinámicas domésticas acaban en la destitución de los presidentes –como sucedió con Zelaya y Lugo–, entonces la Unasur no ha aplicado sanciones más allá de la suspensión. Aun con su cláusula democrática en vigor, la acérrima defensa del principio de no intervención parece ser el talón de Aquiles de la organización.

Consecuentemente, el apoyo a Maduro es tímido. En primer lugar, la reacción tardó un mes y medio. En segundo lugar, fueron los cancilleres los que se reunieron, en una región donde, como lo ha demostrado el politólogo Andrés Malamud, los presidentes son el alma de estas instituciones. En tercer lugar, el apoyo de Unasur ha sido vacilante: a diferencia de lo ocurrido con Correa o con Morales, no se ha dado el “más pleno y decidido respaldo al gobierno”, sino que se ha decidido “respaldar los esfuerzos (…) para propiciar un diálogo entre el gobierno, todas las fuerzas políticas y actores sociales”.

La actual crisis en Venezuela ha dejado en evidencia los límites del proyecto suramericano. En un año electoral y mundialista, pocos son los incentivos que tiene Dilma Rousseff para apoyar abiertamente a Caracas. Cristina Kirchner está concentrada en evitar al kirchnerismo un destino chavista. Rafael Correa reorganiza sus fuerzas tras las adversas elecciones municipales ecuatorianas. Evo Morales poco ha podido hacer. Del otro lado, Chile, Colombia, Paraguay, Perú y Uruguay se han mostrado más bien reticentes a apoyar a Maduro. Mientras tanto, Washington sabe que la pulseada continúa y Suramérica se divide más y más. Así, como tantas otras veces en la historia, lo que suceda en el Caribe definirá el futuro de la política internacional en América Latina.

Versión en la web de Perfil

domingo, 23 de marzo de 2014

¿Afecta la crisis de Ucrania a los intereses de Sudamérica?

Por Jorge F. Garzón y Víctor M. Mijares
Publicado por el diario La Razón, Bolivia

Las sociedades latinoamericanas han estado observando como de palco, y más concentradas en la crisis de Venezuela, los trágicos y vertiginosos acontecimientos que se desarrollan en Ucrania. Aunque pareciera que lo que pudiese suceder en aquella lejana región tendrá escasas repercusiones en los países latinoamericanos, nuestro argumento es que en realidad lo que está en juego son los principios y modalidades del orden multipolar emergente. De cuáles sean estos principios y modalidades dependerán también las perspectivas de los países latinoamericanos de desarrollarse y manejar sus destinos con autonomía.

Es que las acciones de los actores enfrentados en la crisis ucraniana no solo están poniendo en tela de juicio los principios fundamentales del derecho internacional, sino también empujando el sistema internacional hacia una multipolaridad con “esferas de influencia”, que es uno de los peores escenarios imaginables para los países en desarrollo.

Por una parte, el apoyo abierto de los Estados Unidos y la Unión Europea a las manifestaciones y movilizaciones contra el gobierno de Viktor Yanukóvich, solo por el hecho de haberse negado a firmar un acuerdo de asociación con la Unión Europea, vulnera flagrantemente uno de los principios que la diplomacia latinoamericana ha dedicado buena parte del siglo XX en consagrar en cuerpos normativos como la Cartas de la OEA y de las Naciones Unidas: el “principio de no intervención en los asuntos internos de otros Estados”.

Los gobiernos de países como los nuestros no pueden permitirse vivir en la constante incertidumbre de ser desestabilizados por alguna gran potencia sólo por negarse a firmar un tratado propuesto o seguir una determinada orientación en su política exterior.

Rusia, por su parte, al ocupar la península de Crimea vulneró el principio de la integridad territorial de los Estados. El precedente dejado es peligroso y puede influenciar adversamente los cálculos y las doctrinas de otras potencias regionales con problemas limítrofes con sus vecinos. Aunque en nuestra región no existen problemas limítrofes que amenacen seriamente la seguridad regional, y es difícil imaginarse algo parecido a lo ocurrido en Crimea, el fait accompli ruso puede inspirar acciones similares en Asia y Oriente Medio (piénsese en Taiwán, Cachemira o la franja de Gaza). Un ambiente internacional hostil puede, a mediano plazo, hacer más difícil la construcción de una comunidad de seguridad sudamericana y desviar valiosos recursos del desa-rrollo al área militar.

Aunque no es un principio del derecho internacional (todavía), el surgimiento de una  “multipolaridad descentralizada” ha ampliado considerablemente el margen de autonomía de los países latinoamericanos al permitirles reducir su dependencia tradicional con los Estados Unidos y establecer nuevos vínculos políticos y comerciales con una gama de potencias y bloques extrarregionales como China, la Unión Europea, Rusia, India, Japón e Irán. La diplomacia latinoamericana ha aprovechado inteligentemente los espacios abiertos por esta transformación del sistema internacional para diversificar mercados, atraer inversión y acceder a capital sin condicionamientos. Sin embargo, las acciones de Rusia en su vecindario y el esquema de los acuerdos de asociación ofrecidos por la Unión Europea, al exigir ambos “alianzas exclusivas”, están socavando las bases de esta multipolaridad descentralizada y empujando el sistema internacional hacia una multipolaridad con “esferas de influencia”.

En una esfera de influencia, un hegemón reclama el derecho exclusivo de dictar las reglas de juego para los Estados más pequeños dentro de ella, al mismo tiempo que excluye sistemáticamente la presencia de otras potencias (recuérdese la doctrina Monroe). Al no poder los Estados más débiles dentro de la esfera establecer vínculos significativos con el resto del mundo, quedan a la merced de los caprichos de la potencia regional o hegemón. La configuración de un escenario parecido suprimiría las condiciones que permitieron a los países latinoamericanos seguir las estrategias de diversificación y proyección internacional que tan exitosamente han estado implementando en la última década.

El establecimiento mismo de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) como organización autónoma sudamericana fue posible precisamente gracias a los espacios creados por una multipolaridad flexible descentralizada. Los Estados miembros de esta organización harían bien en reconocer sus propios intereses y tratar de influir o al menos mostrar su posición respecto a la gravedad de las normas internacionales vulneradas y a sus adversos efectos en el sistema internacional. Los Estados de la Unasur deberían:

1. Condenar la injerencia de las potencias extranjeras en los asuntos internos de Ucrania y pedir al gobierno interino la pronta convocatoria a elecciones, para que el pueblo ucraniano decida en las urnas soberanamente sobre su futuro.

2. Condenar cualquier tipo de intervención armada como la ocurrida en Crimea y abogar por el respeto de la integridad territorial de Ucrania.

3. Rechazar las pretensiones europeas y rusas de construir “esferas de influencia” y pedir que se respete el derecho de Ucrania de establecer vínculos con ambos bloques sin que sea presionada a elegir exclusivamente por alguno de ellos; esto a manera de afianzar la multipolaridad descentralizada no sólo como práctica de política exterior, sino como principio del nuevo orden mundial.

Consideramos que estas demandas apuntan a afianzar un esquema de convivencia que permita reducir las tensiones propias de un mundo multipolar, y que preserve la autonomía política de América Latina. Más allá de proyectos ideológicos o intereses de corto plazo de cada una de las cancillerías, una política coordinada de reivindicación de la descentralización internacional es un imperativo geoestratégico regional.

jueves, 20 de marzo de 2014

Proteste in Venezuela und die Krise des Chavismus

Mi interpretación sobre la crisis política venezolana a partir de la herencia de Chávez, la caracterización de los principales actores y sus patrones de relación (en alemán): GIGA Focus Lateinamerika No. 2, 2014

miércoles, 19 de marzo de 2014

Los intereses de Suramérica en la crisis de Ucrania

Por Jorge F. Garzón y Víctor M. Mijares
Publicado por el portal Mundorama, Brasil

Las sociedades latinoamericanas han estado observando como expectadoras, y más concentradas en la crisis de Venezuela, los trágicos y vertiginosos acontecimientos que se desarrollan en Ucrania. Aunque pareciera que lo que pudiese suceder en aquella lejana región tendrá escasas repercusiones en los países latinoamericanos, nuestro argumento es que en realidad lo que está en juego son los principios y modalidades del orden multipolar emergente. De cuáles sean estos principios y modalidades, dependerán también las perspectivas de los países latinoamericanos de desarrollarse y manejar sus destinos con autonomía. Y es que las acciones de los actores enfrentados en la crisis ucraniana no sólo están poniendo en tela de juicio principios fundamentales del derecho internacional, sino también empujando el sistema internacional hacia una multipolaridad con “esferas de influencia”, que es uno de los peores escenarios imaginables para los países en desarrollo.

Por una parte, el apoyo abierto de los Estados Unidos y la Unión Europea a las manifestaciones y movilizaciones contra el gobierno de Viktor Yanukovich, sólo por el hecho de haberse negado a firmar un acuerdo de asociación con la Unión Europea, vulnera flagrantemente uno de los principios que la diplomacia latinoamericana ha dedicado buena parte del siglo XX en consagrar en cuerpos normativos como la Cartas de la OEA y de las Naciones Unidas: el “principio de no intervención en los asuntos internos de otros estados”. Los gobiernos de países como los nuestros no pueden tolerar vivir en un ubicuo “imperio de la inseguridad” (Hurrell, 2005), es decir, en la constante incertidumbre de ser desestabilizados en por alguna gran potencia sólo por negarse a firmar un tratado propuesto o seguir una determinada orientación en su política exterior.

Rusia, por su parte, al ocupar la península de Crimea vulneró el principio de la integridad territorial de los Estados. El precedente dejado es peligroso y puede influenciar adversamente  los cálculos y las doctrinas de otras potencias regionales con problemas limítrofes con sus vecinos. Aunque en nuestra región no existen problemas limítrofes que amenacen seriamente la seguridad regional, y es difícil imaginarse algo parecido a lo ocurrido en Crimea, el fait accompli ruso puede inspirar acciones similares en Asia y Oriente Medio (piénsese en Taiwán, Cachemira o la franja de Gaza). Un ambiente internacional hostil puede, a mediano plazo, hacer más difícil la construcción de una comunidad de seguridad sudamericana y desviar valiosos recursos del desarrollo al área militar.

Aunque no es un principio del derecho internacional (todavía), el surgimiento de una la “multipolaridad descentralizada” ha ampliado considerablemente el margen de autonomía de los países latinoamericanos al permitirles reducir su dependencia tradicional con Washington por medio del establecimiento de nuevos vínculos políticos y comerciales con una gama de potencias y bloques extra-regionales como China, la Unión Europea, Rusia, India, Japón e Irán. La diplomacia latinoamericana ha aprovechado inteligentemente los espacios abiertos por esta transformación del sistema internacional para diversificar mercados, atraer inversión y acceder a capital sin condicionamientos (Garzón, 2013). Sin embargo, las acciones de Rusia en su vecindario y el esquema de los acuerdos de asociación ofrecidos por la Unión Europea,  al exigir ambos “alianzas exclusivas” están socavando las bases de ésta multipolaridad descentralizada y empujando el sistema internacional hacia una multipolaridad con “esferas de influencia”. En una esfera de influencia, un hegemón reclama el derecho exclusivo de dictar las reglas de juego para los Estados más pequeños dentro de ella, al mismo tiempo que excluye sistemáticamente la presencia de otras potencias (recuérdese la doctrina Monroe). Al no poder los Estados más débiles dentro de la esfera establecer vínculos significativos con el resto del mundo, quedan a la merced de los caprichos de la potencia regional o hegemón (Keal, 1986). La configuración de un escenario parecido suprimiría las condiciones que permitieron a los países latinoamericanos seguir las estrategias de diversificación y proyección internacional que tan exitosamente han estado implementando en la última década.

El establecimiento mismo de la UNASUR como organización autónoma sudamericana fue posible precisamente gracias a los espacios creados por una multipolaridad flexible descentralizada (Van Klaveren, 2012). Los Estados miembros de esta organización harían bien en reconocer sus propios intereses y tratar de influir o al menos mostrar su posición respecto a la gravedad de las normas internacionales vulneradas y a sus adversos efectos en el sistema internacional. Los Estados de la UNASUR deberían:

Condenar la injerencia de las potencias extranjeras en los asuntos internos de Ucrania y pedir al gobierno interino la pronta convocatoria a elecciones, para que el pueblo ucraniano decida en las urnas soberanamente sobre su futuro.
Condenar cualquier tipo de intervención armada como la ocurrida en Crimea y abogar por el respeto de la integridad territorial de Ucrania.
Rechazar las pretensiones europeas y rusas de construir “esferas de influencia” y pedir que se respete el derecho de Ucrania establecer vínculos con ambos bloques sin que sea presionada a elegir exclusivamente por alguno de ellos; esto a manera de afianzar la multipolaridad descentralizada no sólo como práctica de política exterior, sino como principio del nuevo orden mundial.
Consideramos que estas demandas apuntan a afianzar un esquema de convivencia que permita reducir las tensiones propias de un mundo multipolar, y que preserve la autonomía política de América Latina. Más allá de proyectos ideológicos o intereses de corto plazo de cada una de las cancillerías, una política coordinada de reivindicación de la descentralización internacional es un imperativo geoestratégico regional.

Referencias bibliográficas:

-GARZÓN, Jorge F. (2013): ‘Multipolarity and the Future of Regionalism: Latin America and Beyond’. Paper presentado en la 8va Conferencia Pan-Europea de Relaciones Internacionales en Varsovia, Polonia, el 21 de Septiembre de 2013.

-HURREL, Andrew (2005): ‘Pax Americana or the Empire of Insecurity’; International Relations of the Asia-Pacific, Vol. 5; pp. 153-176.

-KEAL, Paul (1986): ‘On influence and spheres of influence’. In J. F. Triska (Ed.), Dominant powers and subordinate states: The United States in Latin America and the Soviet Union in Eastern Europe (pp. 124–144). Durham: Duke University Press.

-VAN KLAVEREN, Alberto (2012): ‘América Latina en un Nuevo Mundo’; Revista CIDOB d’Afers Internacionals, No. 100; pp. 131-150.

Jorge F. Garzón es internacionalista e investigador del Instituto Alemán de Estudios Globales y Regionales – GIGA. (Jorge.Garzon@giga-hamburg.de)

Víctor M. Mijares es profesor asistente de ciencia política y relaciones internacionales de la Universidad Simón Bolívar e investigador visitante del GIGA. ( Victor.Mijares@giga-hamburg.de)