sábado, 14 de diciembre de 2002

Conflicto, negociación y violencia política

El conflicto político se entiende como la divergencia de intereses que en términos de poder genera confrontación de naturaleza agonal o existencial entre partes (facciones, grupos, partidos, pueblos, Estados o civilizaciones) que se conducen hacia la imposición de la voluntad propia sobre el(los) contrario(s) a través, bien de los medios proporcionados por el antagonismo estructural institucionalizado, propio de las sociedades de avanzada cultura política, o bien instrumentalizando la violencia física, procedimiento típico, aunque no exclusivo, de sociedades político-culturalmente menos avanzadas.

Los canales regulares para la resolución de conflictos en Estados republicanos, como lo es Venezuela con mayor o menor éxito desde 1830, son sus Poderes Públicos. Mas, en casos de emergencia nacional; en momentos en las instituciones republicanas se hallan en estado de postración, incapaces de mantener el paso de la confrontación política y, en consecuencia, canalizar la violencia social; los mecanismos de resolución de conflicto se constituyen en formulas de negociación, directa o asistida, establecidas con el objeto de regular las acciones de las partes para evitar que la imposición de voluntad transite por derroteros de brutalidad física.

La constitución de una mesa de negociación asistida, como lo es la “Mesa de Negociación y Acuerdo” (MNA) auspiciada por la Secretaría General de la OEA, requiere de dos supuestos subjetivos: 1) la voluntad que las partes demuestran al sentarse a deliberar, generando con ello un mecanismo de resolución de conflicto, aunque esta acción no suponga una verdadera voluntad por resolver las causas y minimizar las consecuencias de éste, y aunque así lo fuese no se garantiza que el grado de violencia alrededor de la mesa refleje los esfuerzos de ésta; y 2) la voluntad que las partes muestran al conceder espacios que hagan realizable el acuerdo. En este sentido se debe considerar que, como lo indica la teoría de la negociación, gráficamente el espacio que se encuentra entre las expectativas mínimas de cada una de las partes, cuando se superponen, es la zona de acuerdo posible o conjunto ganador según Putnam.

Nuestro ensayo por solventar la crisis, es decir la MNA, se ha caracterizado por dos factores; en primer lugar, las posiciones de trinchera al nivel I (el nivel de los negociadores directos y miembros superiores de las partes que no necesariamente se sientan en el Meliá), pose asumida por las dos partes y que aluden a la estrategia de no ceder nada hasta que el otro ceda algo. Tal curso de acción conduce a un artificial repliegue sobre sí de las expectativas mínimas, reduciendo sobre el plano la zona de acuerdo posible.

En segundo lugar, debemos tener en cuenta que cada parte es representante de un grupo político que a su vez representa a una porción de la población nacional, en consecuencia, cada parte tiene una base social que le condiciona sobre la MNA y que simultáneamente es influida por los cursos tomados en el escenario de negociación. El círculo puede comenzar fuera de la mesa, cuando, antes de la conformación de ésta, los dirigentes elevaron públicamente sus expectativas, blindando ante y con su base social su posición previa negociación. Se completa al confrontarse, los representantes se muestran obligados por sus legitimadores (así sea tal obligación autoadquirida como lo demuestra Schelling) y se imposibilita la creación de un conjunto ganador, del acuerdo posible.

La imposibilidad de acuerdos en los términos que hoy definen a la MNA tiene varias consecuencias potenciales. Aquella fracción de población que espera de ella la salida regulada al conflicto político se halla en condiciones de padecer frustración, por la relación expectativas /acuerdo. Una variación en las condiciones estratégicas de la mesa (derivada de evaluaciones de efectos fuera de ella) traería consecuencias análogas en aquellos que consideran que la parte que sostienen presenta la propuesta más “justa” (puede ser por convencimiento pleno o por una racional forma de actuar) y que la contraparte desea ganar tiempo o desviar la atención sobre otra posible jugada “ilegítima” que le granjee mejores posiciones de poder. El hecho que ambas partes planteen que la otra prepara un golpe de Estado ilustra este punto.

La forma en que se ha tomado la MNA no augura una salida pactada. Si mantenemos teóricamente las condiciones de la misma tenemos que la violencia política se incrementará, ya que las posiciones férreas de cada parte y de su correspondiente base social redundan en adjudicarse cada una legitimidad superior, con lo cual se plantea la posibilidad, ya materializada en actos aislados, de la generalización y organización de la violencia política, perpetrada en manos de grupos sistematizados coherentemente (utilizando para ello el aparato de guerra, control antisubversivo y policial del Estado, o armando grupos privados con carácter más o menos mercenario en la medida de mayor o menor convencimiento por la causa) para originar temor en el contrario.

El halo de justicia con que cada parte se cubre abre el camino para que, independientemente de la salida que se alcance (elecciones, transición, o victoria armada), se focalicen fuerzas de choque urbanos que estarían dispuestos a mantener un conflicto armado prolongado y de baja intensidad con el régimen que se establezca, empleando como táctica el ataque terrorista.

V.M.
http://www.analitica.com/va/politica/opinion/1245786.asp