miércoles, 2 de septiembre de 2009

Juegos diplomáticos

Analizar eventos concretos como los presenciados en Bariloche el pasado viernes 28 de agosto va abiertamente en contra de mi preferencia a estudiar, comprender y explicar fenómenos políticos en periodos largos. La riqueza de cada evento puede ser mejor percibida cuando ellos son vinculados históricamente con procesos más extensos y complejos. Sin embrago, valdría la pena hace algunos breves comentarios sobre lo más destacable de la cumbre de la Unasur en materia de arte de la política. El único propósito es señalar lo que debería ser evidente de no ser por lo asfixiante peso que el día al cual nos somete la sociedad de masas en la era de información: la prudencia sigue siendo la regla de oro diplomática y no hay nada significativo más allá de las palabras que nos dejó el maestro florentino.

El encuentra era en buena medida extraordinario, se discutiría el tratado que le permitirá a Estados Unidos hacer uso de al menos siete bases militares colombianas. De entrada se vislumbraban tres posiciones, nada inesperado ni casual si tenemos en cuenta que sobre la región andina se encuentran en disputa tres grandes visiones geopolíticas. La primera de ellas, la colombiana, había ya cumplido con la parte más dura de su tarea: establecer y sostener por años una alianza difícil y concretar el tratado a pesar de las resistencias de la oposición interna; lo que se debía lograr puede ser desglosado en tres puntos interdependientes : i) evadir una condena política de la Unasur, pero; ii) sin ofrecer mayores explicaciones sobre el acuerdo con los Estados Unidos y así; iii) mantener en ambas alianzas sin hacerlas incompatibles. Un bono adicional para Colombia habría sido ganar apoyos abiertos en el marco de la Unasur. La segunda posición, liderada sobre todo por Brasil y secundada por Chile y algo menos por Argentina y el resto del Mercosur, era lograr una solución que combinase una salida digna para la Unasur sin la necesidad de obligar a Colombia a decidir entre Suramérica y Estados Unidos, a sabiendas que las “ayudas prácticas” brindadas por Washington a Bogotá son un incentivo lo suficientemente convincente como para pensar que la clase dirigente colombiana, vista en un potencial dilema, se decantaría por su aliado más fuerte. La tercera postura era la de la Alba, consistente en conseguir una condena de la Unasur al acuerdo colombo-americano.

Los objetivos colombianos se alcanzaron con la excepción del bono adicional, lo que no afecta el cuerpo principal de intereses del gobierno de Uribe, sobre todo si consideramos la comprometida posición geográfica de Colombia entre dos adversarios miembros de la Alba. Los objetivos del núcleo de la Unasur, liderado por Brasil y Chile, se cumplieron ampliamente, logrando incluso activar el Consejo Suramericano de Defensa para una primera tarea técnica doble: revisar el acuerdo entre Estados Unidos y Colombia y hacer un balance militar del continente, ambas tareas de difícil cumplimiento ya que los Estados latinoamericanos en general son muy celosos con respecto a su información militar y sus deficiencias burocráticas y la corrupción administrativa hace de sus cuentas públicas algo sorprendentemente opaco. Por un parte, la Alba pagó caro haber apostado tan alto y el poner todos los huevos en una única cesta, ya que su único objetivo fue francamnete rechazado.

El caso de la Alba merece comentarios adicionales con los que cerraré este artículo. Primero, Venezuela, Ecuador y Bolivia están pagando las consecuencias de una diplomacia personalista que castra las potencialidades del talento que pudiera haber en las cancillerías de Quito y la Paz y que, con toda seguridad puedo decirlo, existe en la cancillería venezolana. Las presentaciones poco elaboradas hechas por la Alba a través de sus presidentes y lo gris de sus ministros de relaciones exteriores evidencian que el criterio es lealtad por encima de aptitud. Segundo, los jefes Estado de la alianza bolivariana fueron rehenes de su propia demagogia, han utilizado tanto los medios de comunicación masiva y se han hecho tan dependientes de la televisión para lograr la aclamación masiva que no pueden renunciar con facilidad del discurso emotivo para ir por la vía de la fría y realista política internacional. Ello los obligó a solicitar aquello que se esperaba que debían demandar: sanciones a Colombia. El resultado fue claro. Y tercero, Correa tomó la iniciativa por dos razones: i) es el presidente pro tempore de la Unasur y sentía la necesidad de dirigir la reunión hacia su difícil objetivo; y ii) el silencio de Chávez le autorizó para tomar, a su vez, las riendas del caso Alba vs Colombia. Resulta interesante esto último, el silencio de Chávez. El presidente venezolano no tiene al mejor canciller que el país puede dar y no ofrece oxígeno a los diplomáticos profesionales que podrían asesorarlo por razones de lealtad ideológica y de “hiperliderazgo” narcisista, sin embrago da muestras de suficiente astucia política como para minimizar daños que estaban anunciados, ya que los intereses de Mercosur y los de la alianza Bogotá-Washington lucían tácticamente compatibles. Lo dicho demuestra que, a pesar del control aparente sobre sus sociedades, los gobiernos inspirados por el Socialismo del siglo XXI no han aprendido aún a hacer el imperativo corte que el demagogo debe hacer entre política domestica e internacional.

V.M.