viernes, 19 de diciembre de 2003

Las labores mínimas para un Irak estable


La captura de Saddam Hussein supone un triunfo táctico para la coalición aliada dirigida por los EEUU, mas no por ello debe tomarse como una victoria de rango estratégico en la campaña sobre Irak. La baja colaboración prestada por Saddam a la CIA, según admite el propio secretario Rumsfeld, poco agrega a la situación del conflicto sobre el terreno; las condiciones de hacinamiento y aislamiento en las cuales el expresidente iraquí se encontraba no se prestaban los requerimientos mínimos para lograr un efectivo ejercicio de comando, de control y de comunicaciones (C3) sobre las fuerzas que son leales al partido Baas, y los informes de inteligencia militar de la coalición apuntan a que la resistencia, que expresa su fuerza a través en la estrategia de la guerra de guerrillas urbana, es efectivamente dirigida por el “Demonio Rojo” (Ezzat Ibrahim al-Duri, antiguo vicepresidente del Consejo de Mando de la Revolución iraquí), quien ejerce de facto el C3 de comandos divididos en células de rápido desplazamiento, alta cohesión y mínima exposición.

El Ejército de los EEUU a través del Comandante Sánchez, junto con la autoridad civil de Irak, el señor Paul Bremer, no ha dudado en hacer pública la captura sin escatimar en recursos visuales. Si bien le han reconocido a Saddam el status de Prisionero de Guerra; lo cual le protege formalmente de la exposición a los medios en condiciones que menoscaben su dignidad humana (según la Convención de Ginebra); resulta también cierto que la legitimidad internacional de la presencia de las fuerzas de ocupación debe nutrirse con resultados verificables. No obstante, corroborar que las residuales fuerzas elite de la Guardia Republicana, estandarte militar del derrocado régimen, solo tienen en su depuesto comandante en jefe una figura simbólica de cualidades más carismáticas que operativas, supone la continuidad de la violencia en las principales ciudades iraquíes. La desmovilización forzada de toda organización, sobre todo de aquellas estructuradas en una pirámide jerárquica y bajo una formación disciplinada, se logra por medio de la neutralización de los centros de toma de decisiones (los Estados mayores y los comandantes de campo), la reducción de tales centros corta los insumos de información, los flujos de orden coherentes y los lazos de subordinación. La decapitación de las fuerzas de resistencia debe ser, en lo adelante, más orientadas al pragmatismo militar que a la simbología política.
Los trabajos de inteligencia y las operaciones encubiertas han tenido en el campo de batalla, desde antes del comienzo formal de la “Operación IRAK”, un lugar especial en la sustitución del régimen. El desgaste que en materia de opinión pública mundial tiene la presencia militar de las fuerzas de ocupación es un fenómeno constante y esperado, aunque la imagen de tales fuerzas puede tener momentos favorables, como ocurrió con la captura de Saddam. La insistencia de la coalición en darle participación económica en la reconstrucción de Irak a varios Estados, con la consecuente responsabilidad de participar en el mantenimiento del orden interno, es un válido intento por legitimar las acciones que fueron interpretadas como una violación a la Carta de las Naciones Unidas. La multiplicación de fuerzas multinacionales coordinadas y el advenimiento de una constitución y un régimen autóctono en Irak son pasos necesarios para reintroducir al país en la comunidad internacional como un socio confiable del mundo Occidental.

Mas la labor de las fuerzas contraterroristas en el terreno debe seguir, con todo el apoyo internacional necesario y con la implementación de los mecanismos propios para contener la subversión, a saber: la unidad política, la infiltración social, el mimetismo táctico (contraoperaciones en células organizadas pero con autonomía relativa) y un sostenido trabajo de inteligencia. El legado que requiere Irak es un aparato de control social y coerción policial propio de una democracia representativa.