jueves, 1 de enero de 2004

Los dividendos geoestratégicos de la “Guerra contra el Terror”

En política internacional existe una vieja sentencia atribuida, la mayoría de las veces, a la diplomacia británica de la era Victoriana: “Los Estados no tienen amigos ni enemigos, tienen intereses.” Este aforismo entierra sus raíces filosóficas hasta el estratega e historiador ateniense Tucídides, quien ya en el siglo V a.C. había comprendido que las sociedades políticamente organizadas eran vasallas de sus necesidades de supervivencia y de expansión, y que incluso tal dúo de objetivos se confundían en uno solo: el sostenimiento del poder.

Cuando se estudia la geopolítica de la era post-bipolar es moneda común hablar de la unipolaridad militar de los Estados Unidos, ya que es el único Estado que potencial y efectivamente demuestra tener capacidad de despliegue global de fuerzas dispuestas en función de proteger los intereses considerados vitales para la continuidad histórica de su supremacía. Nunca antes en el sistema internacional moderno una única potencia había cargado con la primacía mundial. Esta privilegiada posición, respaldada por un pluralista pero conservador sistema político y económico, que provee al Estado estabilidad interna y recursos materiales abundantes, conlleva responsabilidades inusitadas para el Estado consigo mismo. El control o al menos la influencia sobre los puntos más sensibles del planeta, es decir, sobre los pivotes geopolíticos (territorios que por sus recursos propios o por su ubicación espacial son apreciados como áreas geográficas de gran importancia en pro de la procura del poder mundial), es una tarea fundamental para las potencias en toda época, y tal importancia se incrementa ante la mirada de un Estado con un poder único e incuestionable racionalmente.

La guerra contra el terrorismo, que la administración Bush inició a finales de 2001, contiene dos pilares fundamentales. En primer lugar encontramos la legítima apelación de la dirigencia de una sociedad cuya percepción de amenaza alcanza niveles históricos. El elemento “Seguridad” es, en consecuencia, el factor legitimador de la nueva campaña, y la defensa avanzada (basada en el rompimiento de las potencialidades ofensivas adversas antes de que se conviertan en fuerza real) es la estrategia a seguir, incluso bajo el costo calculado de alentar la ofensiva enemiga ante la posibilidad de un ataque preventivo. El segundo pilar de la campaña adolece de fuerza ante la opinión pública mundial (siempre aficionada a las causas “justas”), se trata del control de los pivotes geopolíticos. Para demostrar tal tesis sólo es necesario revisar la posición de Afganistán en Asia central (región continental con importantes reservas de petróleo y gas subexplotadas) y los recursos de Irak en el Medio Oriente (con reservas probadas de más de ciento diecisiete mil millones de barriles de petróleo). Ello no suprime el hecho de que ambos territorios estaban bajo regímenes hostiles a la seguridad del mundo Occidental; Bin Laden mantenía vínculos estrechos y públicos con los líderes Talibán desde la invasión soviética, y Saddam había ensayado con armas de destrucción masiva (ADM) en la guerra contra Irán y en las acciones contra las revueltas kurdas y chiítas en su propio territorio; mas el factor geopolítico alienta el desarrollo de una ocupación militar y una restauración política favorable a la instauración de un régimen comprometido.

La campaña contra el terror tiene, además, un objetivo más persuasivo. El ejercicio del poder en escala global ha incluido en los cálculos de política exterior de todos los Estados la posibilidad de una acción unilateral con la seguridad internacional como justificación. La posición política de Libia en las últimas dos semanas es elocuente. En las postrimerías de la Guerra Fría Muamar al-Gadafi patrocinó el terrorismo internacional, dirigiendo sus esfuerzos en limitar la presencia anglo-americana en el mundo árabe. La situación geográfica del territorio libio (con amplias costas en el Mediterráneo y con un frente territorial, reconocido por el Derecho Marítimo, colindante con Malta y, en consecuencia, con la principal ruta de navegación del Canal de Suez) y sus riquezas en hidrocarburos (treinta y seis mil millones de barriles de petróleo en reservas probadas y mil trescientos veinticinco millardos de pies cúbicos de gas natural) lo convierten en un importante pivote geopolítico. El hecho que Gadafi acceda a que los inspectores de armas de la ONU certifiquen el desmantelamiento de su programa de AMD y que la administración Bush admita implícitamente la posibilidad de invertir en Libia en razón de ser este un potencial socio demuestra dos cosas: i) la diplomacia estadounidense, mientras su ala militar llevaba a cabo campañas bélicas en Asia, trabajó en conseguir acuerdos que garantizaran la seguridad en el Norte de África en procura de los medios energéticos y las condiciones estratégicas necesarias para el sostenimiento del poder; ii) las demostraciones de fuerza y tecnología, bajo la doctrina de despliegue rápido global, han servido como factor persuasivo suficiente para cambiar una posición hostil de más de 18 años.

La capacidad estadounidense de demostrar su poder político efectivo en cualquier lugar del planeta (bien sea por vía diplomática y militar) rinde dividendos favorables para el mantenimiento de su posición de primacía. La atracción de Libia hacia el área de influencia de los EEUU no solo resulta sólo, en términos absolutos, una garantía de seguridad y energía, además supone sustraer de sus competidores europeos (sobre todo de Francia, Alemania y Rusia) la posibilidad de estrechar su influencia en el Mediterráneo y en el Magreb. Los resultados geoestratégicos de la guerra contra el terrorismo apenas emergen ante nosotros.
V.M.
http://www.analitica.com/va/internacionales/opinion/6652943.asp