lunes, 24 de agosto de 2009

Se busca: una geopolítica para el hemisferio occidental


La geopolítica nació como una sub-disciplina de la sistematización positivista de la ciencia política para dar una explicación coherente a las luchas por el control de espacios geográficos en Eurasia, y a partir del momento mackinderiano los criterios y categorías (elementos fundamentales del análisis y la teoría políticos internacionales) que hemos usado los interesados en la geopolítica han sido los mismos, incluso para explicar la naturaleza y lógica de los procesos en nuestro hemisferio. Es allí en dónde se encuentra la raíz de nuestro error.


Parto de una afirmación que, aunque pueda ser desafiada por razonamientos derivados del voluntarismo que nos dio la Ilustración francesa, y que ha sido explotado con vehemencia por utópicos sociales modernos y sus seguidores menos críticos, es históricamente incontrovertible: la naturaleza humana es una y, coincidiendo con Morgenthau, no ha cambiado desde la antigüedad. Dado que tan sólo basta con abrir cualquier página web de noticias para darse cuenta que la apasionada relación que tenemos con el poder es invariable, tal y como nos lo explicó Hobbes, no malgastaré espacio en argumentar en favor de lo evidente. Lo que sí vale la pena señalar es que nuestra igual naturaleza contrasta con lo diversos que son nuestros entornos geográficos. Cada grupo social, o conjunto de grupos sociales, independientemente del grado alcanzado de complejidad política, interactúa con el medioambiente y sobre el medioambiente, condicionando éste las relaciones humanas en todo aspecto, y sobre todo las relaciones de poder.

Asumiendo lo anterior, resulta necesario atender el problema de la necesidad de una geopolítica post-mackinderiana para nuestro hemisferio. La tesis asociada al heartland siguen estando vigentes, basta sólo ver cómo ha reaccionado Rusia frente al avance de Occidente hacia el este a través de dos vectores geoestratégicos: la UE y la Otan. Pero la explicación geopolítica para Eurasia no puede ser la misma para las Américas, y para sustentar apenas hace falta destacar dos diferencias fundamentales: desde el punto más occidental de Alaska hasta el más oriental de Brasil las diferencias horarias oficiales es de 7 horas (ó 6 horas, si nos quedamos con los centros urbanos más significativos del hemisferio), lo que quiere decir que desde Canadá hasta Argentina las actividades humanas son en buena medida sincrónicas, distinto a Eurasia en dónde el fenómenos temporal separa al extremos asiático del europeo. Por otra parte, en Eurasia los pisos térmicos y la incidencia solar de los centros más desarrollados de la zona templada son escasos, disfrutándose de un clima muy parecido y una producción agrícola similar en la mayoría de las grandes potencias del supercontienente, mientras que en el hemisferio occidental contamos con todos los climas que puede ofrecer una prolongación terrestre que alcanza a ambos polos.

Con lo ya dicho, y sin entrar en los temas de niveles de desarrollo, poder nacional y distribución de recursos, resulta obvio que nuestra geopolítica debe ser distinta a la mackinderiana. En Estados Unidos Spykman habló, y no sin gran razón, de las dos Américas, pero resulta insuficiente decir que una es pobre y la otra próspera. Tal afirmación, aunque bien sustentada, dice poco sobre lo el potencial auge de Brasil o la pérdida de influencia de Washington en Venezuela. Y por otra parte, Estados Unidos es una superpotencia, sus asuntos vitales han sido reorientados a Eurasia, como lo explica Brzezinski, por lo que la respuesta a nuestra búsqueda no parece poder surgir de sus think-tanks mientras ocupe una posición tan alta en el juego de poderes mundiales. La respuesta deberá surgir de centros de investigación hispanoamericanos, en tanto los brasileños ya han desarrollado su propia tesis geopolítica sin considerar los intereses nacionales de sus vecinos, sino incorporándolos como piezas en su plan maestro (como debe ser).

Una geopolítica para el hemisferio occidental debe partir de dos niveles, uno lo llamaré objetivo o general, y al otro subjetivo o particular. El nivel objetivo o general debe atender un problema descriptivo: ¿cuál es la naturaleza geopolítica del hemisferio y cuál su lógica de interacción?, ¿metodológicamente debemos seguir el formato mackinderiano?, ¿los puntos cardinales a los que nos hemos acostumbrado a ver el mundo tendrán el mismo sentido para los americanos septentrionales, meridionales y australes? El nivel subjetivo o particular está orientado a ofrecer una prescripción, una guía para la acción. ¿Pero para la acción de quiénes? Allí hay que tomar partido: para la acción de los hispanos meridionales.

Por último, una geopolítica del hemisferio occidental guiaría al análisis político regional liberándolo de los pre-juicios geopolíticos eurasiáticos y, más importante aun, del peso exorbitante de la inmediatez que exige la sociedad de masas en la era de la información. Sería un marco ajustado a la realidad espacial y estratégica de este lado del mundo, ayudando a comprender los procesos de interacción entre proyectos aparentemente enfrentados y otros que, sólo en la superficie y bajo premisas tácticas de esquemas ideológicos, se nos presentan como compatibles.

V.M.