martes, 17 de mayo de 2005

Un Arma contra la Guerra Asimétrica

La guerra asimétrica, o mejor, guerra de cuarta generación, es un tipo de estrategia en la cual el sujeto menos dotado de la relación dialéctica procura debilitar las bases sobre las cuales se erige la potencia militar y la estabilidad política de su contraparte, evitando en lo posible el irracional enfrentamiento directo. El objetivo es disuasivo: hacer que el enemigo poderoso sienta que puede atacar, puede ser más fuerte, puede ser más eficiente, pero que los costos de la victoria militar son inaceptables para su base social y que la estabilización política del territorio conquistado es quimérica.

La guerra asimétrica no es un fenómeno nuevo, Homero relata cómo una guerra entablada en términos convencionales, la de Troya, se estancó por un lapso de más de nueve años hasta que el ingenio militar de Odiseo propuso el artilugio que permitió violar las excepcionales defensas troyanas. Las últimas guerras asimétricas han sido las de resistencia, como la del Viet Cong contra Vietnam del sur y los EEUU, la de los muhaiyaddeen contra el ejército rojo en Afganistán, la de los grupos guerrilleros colombianos contra las fuerzas militares o la de resistencia liderada en parte por Abu Mussab al-Zarqawi en Irak, por ejemplo. En cada uno de estos casos, seleccionados de entre muchos en la historia contemporánea, los efectos panóptico y de cerco han sido explotados por los guerreros de cuarta generación ya que la insurgencia se mimetiza entre la población no-combatiente haciéndose virtualmente invisible y omnipresente.

La capacidad mimética de las fuerzas menos dotadas de un conflicto, sobre cuando la elección por la estrategia asimétrica parte de la voluntad del estado mayor de un régimen político regular y no de un grupo alzado en armas (tal y como la situación inicial de la resistencia iraquí, por ejemplo, comandada por los cuadros del partido Baas y la guardia republicana. Véase nuestro artículo: Las labores mínimas para un Irak estable, del 19/12/2003) es muchas veces reforzada con el empleo de infraestructura defensiva normalmente impenetrable y que preservan la existencia física, y por tanto el funcionamiento, del mando de las fuerzas. Los bunker de concreto armado de Saddam y los sistemas de cuevas de las montañas afganas son una muestra de ello; la dificultad para “decapitar” a los mandos reduce la credibilidad del atacante y pone en cuestionamiento su efectividad, restándole apoyo y legitimidad a su causa, e incluso llevándolo a la necesidad militar de emplear tácticas límite fuera del Derecho Internacional.

Estos efectos político-militares han presionado hacia la investigación tecnológica y doctrinario-estratégica en búsqueda de armas y tácticas que puedan neutralizar la resistencia de las fuerzas insurgentes. En el caso de aquellas que se organizan desde el Estado y que se valen, como hemos dicho, de estructuras defensivas aparentemente impenetrables se ideó el tipo de proyectil llamado bunker buster. La bunker búster es una bomba guiada que tiene como objeto penetrar densas capas de blindaje subterráneo, pudiendo atravesar hasta 100 metros de concreto, para luego hacer explosión. Inspirada en un diseño británico de la II Guerra Mundial, la bunker búster fue desarrollada para la I Guerra del Golfo y su empleo se retomó en Afganistán en 2001. Para 2003 el presupuesto del Departamento de Defensa de EEUU contempló parte de su gasto para la nueva generación de bombas de penetración guiadas, en esta oportunidad cargadas con mini-armas nucleares. Hoy se prevé que tales armas puedan darle credibilidad a la guerra contra el terrorismo en territorios accidentados o minados por búnkeres.

La carga nuclear de estas bombas servirían para neutralizar a los mandos enemigos y para inutilizar las estructuras subterráneas (naturales o artificiales). Sin embargo, el uso, o la amenaza de uso, de armas nucleares, tácticas y estratégicas, ha sido ampliamente rechazado tanto por pacifistas o ambientalistas, como por expertos en estudios estratégicos y de seguridad internacional. Para los primeros las razones son obvias, son razones de principios de responsabilidad con la paz y con el equilibrio de la naturaleza; para los segundos tal uso podría conducir a una carrera de mini-armas nucleares (iniciada muy soterradamente en 1999 con el caso de espionaje chino en el laboratorio de Los Álamos). La solución previa ha sido limitar la potencia de las bunker búster nucleares a cinco kilotones (1 KT=1000 toneladas métricas de TNT), para que sean consideradas armas convencionales, al menos formalmente.

En hechos concretos, esta arma de orden táctico devolvería a las potencias parte de la garantía éxito perdida en virtud de las dificultades que supone luchar con un enemigo altamente flexible y polimorfo, que si bien no cuenta con un asiento físico permanente, en muchas ocasiones no puede evitar centralizar parte de su mando en fortalezas subterráneas. Es una necesidad militar y una manera de devolver el monopolio de la violencia al Estado moderno como forma política en un orden mundial plagado de amenazas asimétricas.
V.M.
http://www.analitica.com/va/internacionales/opinion/7420926.asp