miércoles, 16 de septiembre de 2009

Juegos diplomáticos 2


La reunión de ministros de exteriores y defensa de la Unasur de ayer fue la oportunidad dorada para que la organización lograse convertir una crisis en una oportunidad y comenzase a concretar lo que tanto le ha costado a la Unión Europea: una instancia común de seguridad regional. El Consejo Suramericano de Defensa falló en su primer reto en Quito, y las razones no son triviales pues la organización pretende nacer bajo un ambiente de desconfianza mutua y en plena carrera armamentista. Analicemos porque la reunión de Quito fracasó en aquello que le era más caro: establecer medidas de confianza mutua en la región.

Primero, pongámonos en contexto. La llamada unipolaridad ha quedado expuesta, finalmente, como una fantasía optimista para liberales y pesimista para socialistas. El auge de potencias emergentes en casi todos los continentes no opaca la primacía de los Estados Unidos, pero sí limita la capacidad de la gran potencia para imponer reglas de conducta en el hemisferio oriental. Los justificados esfuerzos geoestratégicos de Washington por lograr ampliar sus cabezas de playa en Eurasia hicieron que se sobre-expandiese más allá de lo que la opinión pública de una democracia institucionalmente vigorosa podía soportar, al tiempo que descuidaba el orden político en América latina, su área de interés inmediato. Para que se vea en mejor lo que quiero señalar, es como si Rusia hubiese relegado los asuntos del Cáucaso y de Europa oriental para darle prioridad a sus potenciales posiciones en África. A ese nivel de absurdo geopolítico llegó la política de seguridad nacional de los Estados Unidos en nombre de una cruzada idealista alternativamente de corte liberal (era Clinton) o neoconservadora (era Bush).

Nos encontramos así con un sistema internacional cuya principal potencia está perdiendo espacio progresivamente y que se haya en una situación comprometida en su propia periferia. Si atendemos al principio político internacional según el cual la función de las grandes potencias es imponer orden haciendo cumplir el derecho internacional, no nos cabría la menor duda en que el sistema interamericano presenta una falla funcional. Ante tan desordenado panorama, en donde las normas internacionales lucen sin respaldo material y son susceptibles a ser cuestionadas por cualquier gobierno insatisfecho con su posición en el sistema, comienza a resultar comprensible que los países suramericanos con mayor capacidad económica inicien un proceso de incremento de sus capacidades militares en términos absolutos. El espacio no me permite revisar todas las hipótesis de conflicto de la región, en espacial en la sub-región andina, sin embargo podríamos decir que todas las que se me ocurren están ligadas a cuatro factores: i) cuantiosos recursos naturales sub-explotados que deja expuesta la incapacidad industrial y de defensa de nuestras sociedades; ii) acelerado y desigual crecimiento demográfico que alimenta el descontento social y es el combustible para la “revoluciones”; iii) proyectos políticos radicales de inspiración democrática y tendencia totalitaria; y iv) auge de personalismos políticos que demuestran la baja capacidad institucional de nuestros Estados. A los cuatro factores debemos incluir la constante de los problemas territoriales históricamente no resueltos, siempre un potencial detonante de conflictos regionales.

Los ministros reunidos en Quito se encontraron con la misma situación que no supieron resolver sus jefes en Bariloche, y por el contrario están comprando tiempo para sus gobiernos. Las posiciones naturalmente excluyentes no permiten que la región asuma un criterio unificado. Pero la tragedia de la región no es que se debata entre la izquierda radical, la social democracia y la democracia liberal, o lo que es casi igual, entre la propuesta de la Alba, la suramericanista brasileña secundada por el Mercosur, o la de la alianza pro-Occidente de Bogotá-Washington, el verdadero problema es que ninguna de las propuesta puede superar aún a las anteriores por vías diplomáticas y mientras la situación de estancamiento estratégico se mantenga, nuestros gobiernos esperan que cuando los conflictos estallen éstos los encuentren militarmente preparados.

V.M.