viernes, 25 de septiembre de 2009

La estrategia de la Alba en Honduras: un asunto de instituciones


Repasemos el origen de los gobiernos de los países de la Alianza Bolivariana para las Américas (Alba) donde los sistemas políticos contemplan algún grado, aunque imperfecto, de competencia electoral en primer grado; me refiero a los sistemas presidencialistas de Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua. En cada uno de los casos los actuales presidentes Chávez, Morales, Correo y Ortega llegan a sus posiciones luego de marcadas crisis institucionales en sus respectivos países, lo que les permitió arribar a través de mensajes radicales reivindicativos de sectores insatisfechos que han dependido en buena medida de las ayudas gubernamentales. Los partidos tradicionales (de inspiración social-demócrata), disminuidos electoralmente y corrompidos por los años de gobierno sin control civil ni virtud republicana, fueron incapaces de activar mecanismos políticos y constitucionales para evitar, o al menos controlar, el ejercicio del poder por parte de liderazgos anti-sistema de declarada intención revolucionaria y excluyente. En otras palabras, los liderazgos socialistas latinoamericanos requieren, para su instauración electoral, de una situación institucional degradada y, en la medida de lo posible, un cuestionamiento (al menos parcial) hacia los mecanismos constitucionales.

El caso de Manuel Zelaya es distinto. Su adscripción a la Alba es tardía y me atrevo a decir que la crisis intra-partidista que lo llevó fuera de su país el 28 de junio se deriva de su ampliada ambición reeleccionista, para lo cual buscó la fórmula ofrecida por el socialismo real del siglo XXI. La ruptura de lealtades dentro de las élites hondureñas activa los mecanismos constitucionales y las medidas políticas y militares que le sacan del poder. A su regreso lo que razonablemente opera es un nuevo pacto de élites (pilar de la democracia liberal) que permita la creación de un ambiente de normalidad institucional para afrontar las próximas elecciones. Asumo, sin tener la certeza de sus compromisos y dando por descontado que es un político racional, que Zelaya estaría dispuesto a negociar una salida política, mas no desestimo que el apoyo dado por Chávez para su retorno debe ser satisfecho de algún modo.

La vuelta al poder de Zelaya es un hecho casi del todo descartable, y más aun si insiste en la llamada cuarta urna, sin embrago, aunque se sabe cuesta arriba, la Alba se plantea una estrategia más compleja en Honduras: presionar para socavar las bases de cualquier arreglo pacífico entre las partes y mantener en la opinión pública la ficción de la incongruente coexistencia de dos presidentes en Tegucigalpa, uno legítimo y apartado del poder, y otro que gobierna por la fuerza. El objetivo, insisto, no es hacer que Zelaya retome su posición (apuestas con objetivos tan altos, como las sanciones que se buscaban contra Colombia en Bariloche, ya han demostrado ser muy costosas para la Alba), sino crear un clima de inestabilidad política que debilite la institucionalidad y, de ser posible, construir una crisis constitucional de sucesión en Honduras. Un ambiente enrarecido es la mejor alternativa para poder aspirar en un futuro con un candidato socialista que pueda arroparse con la legitimidad que le darían unas elecciones pensadas para reactivar la normalidad constitucional hondureña.

V.M.