domingo, 28 de febrero de 2010

Algo sobre Venezuela

Desde hace mucho tiempo no sentía la necesidad de escribir mi opinión sobre la política venezolana. Las razones son múltiples y variadas, por eso no vale la pena que comience a enumerarlas. Pero hoy, ante la avalancha de precandidaturas con miras a la nueva Asamblea Nacional, se me ocurre hacer públicas pocas y breves reflexiones.

1. El sistema de partidos se quebró y sus organizaciones se desprestigiaron en nuestro país por no haber podido mantener una distribución satisfactoria de la renta. Las razones puede que sean más profundas y complejas, pero sin duda todas las tesis llegan a este elemental enunciado. Partidos cuya militancia se desideologizó, cuyos líderes se desconectaron de las necesidades de los electores, que no tenían mecanismos de renovación de élites y que no avanzaron a la misma velocidad de los cambios geopolíticos, económicos y tecnológicos de la post-Guerra Fría. Centrados en la maximización de la renta y los votos, hicieron que la democracia dependiese crecientemente de los precios del crudo, sin asumir la dura e impopular responsabilidad de transformar (o crear) el sistema de generación de riqueza. Pero paradójicamente, las plataformas electorales que Hugo Chávez ha organizado en la última década, y que por cortesía semántica llamamos “partidos”, padecen exactamente de los mismos males, y aun más, pues no han tenido vocación democrático-liberal. Es decir, las fuentes del desprestigio de los partidos liberales en Venezuela son las mismas que atacan hoy al PSUV, con una marcada diferencia de recursos disponibles y déficit de escrúpulos en el empleo de los mismos.

2. La conexión emocional de Chávez con su electorado se aproxima al mito. El nivel de gasto público nos permite tener una duda razonable sobre tal creencia generalizada. No cabe duda que el líder único del PSUV y sus satélites explota su fenotipo y su pasado folclórico para sembrar empatía y cosechar simpatías, pero la discrecionalidad en el manejo fiscal no nos permiten ver si su mensaje y postura serían tan aceptados de no mantener un secuestro sobre el aparato del Estado. Mantengamos en duda dicha conexión emocional y agreguemos que cuando los científicos sociales no podemos resolver un problema metodológicamente, hacemos lo que cualquier hombre haría: apelamos a respuestas mágicas.
3. Los Ni-Ni, esa categoría construida por los encuestadores, nos brindan la oportunidad de derribar el mito Chávez. Su implacable utilitarismo y su perfecta racionalidad son más respuestas mágicas. Pido a cualquier lector que, por favor, me presente a algún Ni-Ni, pues hasta ahora no conozco al primero. Lo que si he conocido es al chavista utilitario, el mismo que destruyó la Reforma Constitucional de 2007, y que encuentra en el movimiento alentado por el petro-Estado un estímulo excepcional. Él es el producto de la estructura de incentivos que se ha creado con el fin de no hacer una revolución abiertamente violenta en corto tiempo, ante el temor de la reacción internacional y nacional, pues demostrado está que los altísimos umbrales de percepción para los asuntos políticos son capaces de registrar cambios bruscos en las formas de gobierno, pero no resultan tan efectivos detectando la degradación progresiva de las libertades.

4. Otro constructo de las encuestas son los que podemos llamar “líderes complacientes”. Convencidos del poder de la opinión pública, olvidan (o ignoran) el poder y responsabilidad de las élites. Van a la zaga de los electores, quieren complacerlos como aquel padre que, al no saber cómo tratar con un niño arisco, lo malcría con tal de no escuchar sus quejas o llanto. El liderazgo complaciente es el anti-liderazgo, es blando, plástico, irresponsable por definición y, en consecuencia, tan inútil como peligroso.

5. El juego electoral, compuesto por un bando aglutinado en torno a un hombre y su único criterio, y otro fragmentado, da oportunidad para que el chavista utilitario y el político chavista disidente, puedan marcar distancia del núcleo sin ser necesariamente piezas útiles para la democracia liberal. Tan asimétrico panorama explica por qué las caídas de popularidad e intención de voto que padece Chávez, no se corresponden con aumentos equivalentes en la popularidad e intención de voto de los grupos de oposición. Por más que hayan querido polarizarnos, la verdad es que el juego no ha tendido a suma-cero, sino a suma-variable.

6. Los partidos y grupos opositores venezolanos son, por tradición, convicción o táctica, socialistas. “¡Social-demócratas!”, clamarán algunos, y con razón, pues la vía democrática del socialismo se alejó suficientemente de su versión original. Ello no sería un problema, pues al socialismo totalitario de Chávez, se le opondría un socialismo democrático-liberal. El problema yace en la asimetría mencionada en el punto 5, que nos presenta un centro atomizado muy poco atractivo para la militancia y el compromiso.

7. La solución lógica (en el sentido silogístico) es que el sistema político venezolano se haga bipartidista. Los partidos que actualmente están en oposición no difieren en mayor medida en materia de propuestas. La contraposición al chavismo y el apoyo sucesivo a candidatos comunes avalan mi afirmación. La polarización ha sido explotada por Chávez y financiada por el Estado y su propaganda, razón por la cual salir de ella resulta titánico. No menos titánico es construir un partido democrático que reordene el juego. Hasta ahora, se ha objetivizado a los actores como “gobierno” y “oposición”, una falsa dicotomía si queremos ir más allá de una visión simplista. Los demócratas liberales venezolanos asumimos todo el costo de ser “la oposición” sin contar en contraprestación con el beneficio de ser “la alternativa”. Admito mis aprensiones hacia la social-democracia, por razones más filosóficas que históricas, pero también admito mi realismo. Un gran partido de oposición, así sea social-demócrata, realmente polarizaría el sistema y daría paso a un juego muy cercano a la lógica suma-cero (siempre habrán no-alineados). La posibilidad del fortalecimiento de la opción socialista totalitaria es evidente en tal escenario, pero la bipolaridad del sistema estabilizaría las relaciones y permitiría que el chavismo, enfrentado a una fuerza cuantitativamente equivalente (e incluso superior en aspectos cualitativos), negocie.

8. El primer requerimiento para que se logre el punto 7 es que se debilite el liderazgo complaciente. Es imprescindible que se deje de pensar en términos estrictamente electorales y se piense en términos ampliamente políticos. La ambición de nuestro liderazgo es escasa, se limita al control de una ciudad o un Estado, a curules en la AN, pero teme ver más allá y proponerse la conquista de Miraflores. El pacto federativo que nos termine de unir es un imperativo. El objetivo al mediano plazo debe hacerse con el poder, al largo plazo es atomizar al chavismo y desplazar a la izquierda totalitaria, pues ha demostrado ser nociva en el poder.