lunes, 19 de abril de 2010

Venezuela y el Acuerdo de Cooperación Militar Brasil-EEUU


En la última semana se ha escrito y especulado sobre las motivaciones y el alcance del Acuerdo de Cooperación Militar (ACM) entre Brasil y Estados Unidos, firmado el 12 de abril. Las especulaciones son comprensibles dado el grado de ambigüedad de la información que se ha hecho pública, y el hermetismo acerca de los detalles del acuerdo. En esta breve nota no me propongo enumerar los puntos que se conocen públicamente del ACM, ya que los mismos están disponibles en red. Lo que sí pretendo es explicar las diferencias entre éste y el firmado entre Estados Unidos y Colombia. Al mismo tiempo expondré de manera sintética las razones que hacen al primero tan polémico y al segundo tan inocuo a los ojos de las fuerzas anti-estadounidenses latinoamericanas. En tercer y último lugar presento una hipótesis sobre la posición relativa de Venezuela ante Brasil, afirmando de forma contraintuitiva que el ACM Brasil-Estados Unidos, en lugar de alejar a Caracas de Brasilia, la aproxima aun más.

En la familia de acuerdos de cooperación en seguridad internacional existen múltiples instrumentos, no todos formales, especializados en lograr aproximaciones estratégicas de distinta naturaleza y grado. En un punto de gran compromiso están las alianzas formales, en las que se destacan aquellas que constituyen una organización internacional con mando permanente, al estilo OTAN. En un nivel inferior a éste están las alianzas bilaterales, especie a la que pertenece el reciente acuerdo colombo-estadounidense que permite, entre otras cosas, el uso de al menos siete bases colombianas por las fuerzas armadas de Estados Unidos. Por su parte, los ACM son instrumentos de buena voluntad, generalmente bilaterales, que sin constituir una verdadera alianza en materia de defensa (u ofensiva), sirven como una medida de generación de confianza. Brasil es una potencia emergente con una considerable influencia en la región, pero aún muy lejos del poder e influencia de Estados Unidos. La geografía y la actual dinámica política revolucionaria en Suramérica ha hecho de Brasil un interlocutor de extraordinaria importancia. Inclusive en una escala menor, Brasil presenta lo que llamo el “dilema bismarckiano”, es decir, afronta el problema de lograr convertirse en una potencia sin generar peligrosas perturbaciones para su seguridad nacional (para ver el dilema bismarckiano en una escala mayor en nuestros tiempos, recomiendo investigar sobre la tesis china del “auge pacífico”). Las medidas de confianza mutua permiten aproximaciones en un ambiente de cordialidad y de intercambio de información, tanto en forma de tecnología como de inteligencia estratégica.

En sí misma la naturaleza del ACM Brasil-Estados Unidos nos habla de las diferentes reacciones que han seguido a los dos más recientes acuerdos de seguridad que ha firmado Washington con países latinoamericanos. Sin embargo, no deja de resultar llamativo el silencio del gobierno revolucionario de Venezuela. El silencio responde al estatus de Brasil en el hemisferio. La campaña emprendida por esta potencia emergente para ser considerada un actor mundial de primer orden, pasa por el reconocimiento que obtenga en su propia región. El futuro de Brasil en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas depende que sea reconocido como cabeza de Suramérica, según la propuesta de representación regional que plantean como fórmula los Estados aspirantes. El silencio de los revolucionarios es un asunto de poder: Brasil, candidato a gran potencia, supera por mucho a sus vecinos, al tiempo que es revisionista y no revolucionario (prefiere mejorar su posición en el orden internacional establecido antes que desmontarlo); y los revolucionarios, que desean destruir el orden de Occidente (al punto de desmarcase de sus valores y procedimientos tanto como pueden), simplemente lucen impotentes ante el juego diplomático de los grandes poderes. Con el fin de no alienarse de la cooperación brasileña, Venezuela ha preferido la indiferencia ante lo que a todas luces contraría su actual línea de política exterior.

Lo anterior nos lleva a mi último punto: la hipótesis según la cual el ACM Brasil-Estados Unidos aproxima más a Caracas de Brasilia, en lugar de alejarla, como indicaría una observación convencional y, si me permiten, superficial. Venezuela está, incluso geográficamente, constreñida entre dos potencias, una mundial y establecida, razones que la hacen conservadora; y otra regional y emergente, lo que la hace revisionista. La política revolucionaria de Caracas la ha aislado de su ámbito espacial natural, los Andes. Razones geopolíticas me llevan a pensar que las fricciones colombo-venezolanas, mucho más viejas que Chávez y Uribe (y Santos), se deben a la falta de reconocimiento venezolano del papel que las fuerzas profundas le han dado a Colombia como líder natural de la región andina. El hecho concreto es que la histórica rivalidad colombo-venezolana nos pone a elegir en esta coyuntura entre Brasil y Estados Unidos. Por razones ideológicas se ha elegido al primero, previa decisión de deteriorar las relaciones diplomáticas con el segundo. Hoy, cuando ambos Estados se ofrecen muestras de mutua confianza y se reconocen como actores imprescindibles del sistema interamericano, Venezuela prefiere manejar con sutileza su relación con Brasil, incrementando su progresiva dependencia económica y diplomática, lo que reafirma el papel de la potencia regional emergente.