viernes, 21 de mayo de 2010

La diplomacia de los emergentes


“La diplomacia de los emergentes” ha sido el nombre que se le han dado a los esfuerzos de Turquía y Brasil por negociar con Irán un tratado que garantice que el último conseguirá uranio enriquecido bajo control internacional -Irán entregaría 1.200 kg de uranio enriquecido al 3,5% a Turquía para que esta los de a una tercera potencia (Rusia o Francia) y los enriquezca a un 20%, en caso contrario Turquía se compromete a devolver el cargamento en tres meses. Celebrado el acuerdo como una gran “victoria diplomática” de Ankara y Brasilia, vale la pena destacar que, paradójicamente, la primera reacción no vino de Washington, Londres o París, sino de Teherán, pues horas después de la reunión de los jefes de Estados “emergentes”, el portavoz del gobierno iraní anunciaba que, a pesar del tratado, Irán no dejará de enriquecer uranio. A las dudas de las potencias establecidas (miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU), se suma la declaración iraní y los años de presiones sobre Irán, las que no han surtido el efecto esperado.

Lo que quiero resaltar es el papel de Turquía y Brasil. El primero es un afectado directo de la cuestión nuclear iraní, por motivos geográficos, y además, las cada vez menos sutiles negativas a su ingreso en la Unión Europea le llevan a querer desarrollar una diplomacia más autónoma de Occidente. Debemos recordar que la actual élite política turca, dirigida por el presidente Erdogan, ya vivió una crisis de gobernabilidad cuando el ejército, institución heredera del secularismo modernizador de Ataturk, presionó la derogación de normas que rescataban las tradiciones musulmanas en su preeminencia pública. Con esto quiero decir que difícilmente puede verse a Erdogan como un pro-occidental, y Turquía, como Estado, se encuentra lesionada en sus intereses geopolíticos y en su prestigio diplomático. Por la otra parte está Brasil, aún incapaz de ser guía verdadero y fuente de seguridad en su “isla suramericana”, aunque no puedo dejar de reconocer todos los esfuerzos que ha hecho en ese sentido, aprovechando la fragmentación y debilidad relativa de sus vecinos hispanos. Brasil lucha por un puesto permanente en el Consejo de Seguridad y para ello se ha propuesto demostrar que tiene el prestigio internacional suficiente, de allí el viaje de Lula a Teherán, en el corazón de Eurasia, muy lejos del alcance real de la influencia brasileña. Con su muy competente ministro de asuntos exteriores (Celso Amorim), Lula quiere salir por la puerta grande de su mandato constitucional dejando a Brasil, a su vez, en la puerta de los grandes del Consejo de Seguridad.

Lo que a primera vista lucía imprudente, pues Turquía y Brasil, por más que lo deseen, no tienen la estatura internacional para solventar crisis tan graves como la que presenta actualmente la cuestión nuclear iraní, se ha complicado en las últimas horas con otra crisis que viene madurando desde hace dos meses. La inteligencia naval surcoreana primero, y después una comisión técnica multinacional, han llegado a la conclusión que la corbeta surcoreana Cheonan fue torpedeada desde una nave submarina norcoreana. Las dos Coreas, oficialmente en estado de guerra y cuyas relaciones se llevan adelante bajo las normas de un armisticio desde 1953, están nuevamente cerca de iniciar hostilidades. La ventaja convencional está del lado de Seúl gracias su modernización militar y su alianza con Estados Unidos, pero Pyongyang ha demostrado tener un maltrecho pero siempre nocivo poder nuclear, y cuenta con el apoyo de China, su único aliado oficial en el mundo y miembro permanente del Consejo de Seguridad.

Las críticas al Consejo de Seguridad son variadas, y en algunos casos hasta justificadas, pues el organismo presenta rasgos propios de la Guerra Fría. Sin embargo debemos considerar que su diseño ha sido, dentro de lo políticamente posible, lo más acertado en materia de seguridad internacional que el mundo ha tenido. Lo imperfecto e injusto de su constitución no puede convertirse en una razón para operar en paralelo, sobre todo si no se tiene la fuerza para contener los efectos que desencadenan las crisis de seguridad. Turquía y Brasil son miembros temporales del Consejo, y en lugar de mantener el caso dentro de la instancia competente han querido jugar a las grandes potencias sin tener el músculo para soportar el peso del siempre posible fracaso.

Vale la pena prestar atención a las maniobras que tendrán que hacer las grandes potencias con lo que llamo la “sinapsis de la seguridad internacional”, dados los enlaces estratégicos entre dos o más crisis sincronizadas en diferentes regiones del mundo. Las negociaciones son complejas, Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia al fin han logrado un acuerdo con China y Rusia en lo referente a Irán: debe ser sancionado. En buena medida lo que precipita el acuerdo de los grandes es la imprudente intervención turco-brasileña. Pero Washington y Beijing respaldan a Corea del Sur y del Norte, respectivamente. Si Irán los une, Corea los separa.

Exportar seguridad es la primera función sistémica de una gran potencia, y su rango regional o mundial dictará en cuáles casos puede intervenir o no y con qué intensidad (siempre bajo el mandato de la prudencia, primera virtud política). La diplomacia de los emergentes ha querido resolver una crisis de seguridad por propia cuenta, sin considerar la sinapsis, ni las posibles consecuencias del fracaso. Ya se ha activado el diálogo estratégico entre China y Estados Unidos. Junto con Rusia, Gran Bretaña y Francia (sin olvidar a Alemania y Japón), tendrán que gestionar dos crisis simultáneas, disponer de sus propias fuerzas para hacer creíbles sus demandas, desplegar poderío para contener el posible fracaso de las gestiones, y además, salvaguardar sus propios intereses. Es por esto que la crítica a las potencias e instituciones establecidas, siempre fácil, resulta tan peligrosa sino se tiene el poder para enfrentar los resultados y si se hace de manera irreflexiva. Vivimos los efectos de una temprana multipolaridad.