miércoles, 8 de septiembre de 2010

Strategos #6: No es optimismo, es realismo



Tal Cual, 08 de septiembre de 2010

Tanto en medios de comunicación masiva, como en prensa especializada, la opinión dominante es de escepticismo sobre las nuevas negociaciones directas entre el gobierno israelí y la autoridad palestina. La larga lista de fracasos avala dicha posición. Pero en esta oportunidad hay que tomar en cuenta los cambios en la región para entender por qué las probabilidades de un acuerdo duradero de coexistencia se incrementan, a pesar de los riesgos.

El brutal régimen de Saddam Hussein cumplía con la función de mantener fuera de los asuntos de Medio Oriente al Irán revolucionario. Con la caída de Saddam se rompió el balance de poder en la región, y aún sigue sin reconstruirse de una manera que satisfaga los intereses de EEUU. El orden geopolítico actual del Medio Oriente nos señala la existencia de lo que llamo el “balance cardinal”: al Norte, Turquía; al Sur, Arabia Saudita; al Este, Irán; al Oeste, Israel. En los últimos meses el balance cardinal ha tenido una inclinación noreste, por los acercamientos entre Turquía e Irán en lo que respecta al programa nuclear del segundo, lo que se acentúa en los días recientes con la salida de tropas estadounidenses de combate de Irak (zona pivote de equilibrio geopolítico en la distribución del poder regional). La proximidad turco-iraní ha incentivado el potencial de una coalición suroeste, con el ofrecimiento saudí de un corredor aéreo para que Israel pueda atacar las instalaciones nucleares iraníes.

Para el evitar la curiosa bipolaridad de inestables coaliciones regionales (noreste vs suroeste), EEUU ha iniciado en paralelo dos proyectos: el primero, un nuevo plan de paz palestino-israelí; el segundo, un programa de asistencia tecnológica para modernizar el arsenal de sus aliados árabes. El segundo proyecto apunta a rellenar el vacío que dejó Irak, creando un muro armado de contención en contra de Irán. Pero para que esto funcione se requiere que el primer proyecto tenga éxito. Un acuerdo duradero tendrá fuertes exigencias para cada bando, por lo que Washington no actuará como un simple mediador desinteresado, sino que intervendrá ofreciendo recursos propios para satisfacer a palestinos e israelíes. También presionará con insistencia para que los colonos israelíes y el Hamás sean controlados por medio de maniobras de marginación política y, en la medida en que sea posible, enfrentamiento directo.

La imperiosa necesidad estratégica de un acuerdo de coexistencia palestino-israelí de cierta duración, trasciende la zona que ocupan ambas entidades. El acuerdo, como necesaria condición para una nueva geoestrategia, me hace suponer que sus posibilidades son más elevadas de lo que se cree, pues están en juego los intereses de una superpotencia y sus aliados. Por eso confío en las largas y tortuosas negociaciones directas que promueve Washington, no por ser optimista, sino por ser realista.