miércoles, 10 de noviembre de 2010

Strategos #15: Consideraciones sobre Brasil (5/5)

Tal Cual, 10 de noviembre de 2010


¿Cuál es el legado de la era Lula de cara a la nueva realidad política de Brasil? Bajo Lula se alcanzó un satisfactorio nivel de gobernabilidad democrática, pues en buena medida el saliente presidente apuntó a la continuidad de las políticas de su predecesor, Fernando Henrique Cardoso. Pero es la herencia en materia de política exterior la que queremos destacar.

En una etapa mundial ideológica, el ex-sindicalista logró un consenso entre las fuerzas de la potencia emergente para darle relevancia al interés nacional. Los arquitectos de esta política exterior fueron dos hombres de pensamiento distinto: Marco Aurelio García y Celso Amorim. El primero, asesor especial de la presidencia para asuntos internacionales, un PTista militante que gestionó las relaciones con América latina, en especial con los gobiernos revolucionarios. El segundo, canciller, un burócrata pragmático con un afinado sentido del interés nacional, encargado del diálogo con las grandes potencias y fuerzas extra-regionales. Este curioso tándem diseñó y llevó adelante un política para una potencia emergente con desventajas, logrando darle un sentido ideológico sin comprometer demasiado los objetivos de largo aliento del Estado. Mérito de Lula: elegir y coordinar a un equipo de gobierno que, sin desairarlo ideológicamente, le permitiese ir cómodamente de Davos al Foro Social Mundial.

El legado estratégico exterior de la era Lula es haberle dado un perfil de aspirante a Brasil, mitigando las dudas sobre la volubilidad de sus políticas ligadas al liderazgo y el voluntarismo fuertes, rasgos propios de sociedades alejadas de las metas de poderío y prestigio duraderos. Durante la era Lula, Brasil jugó agresivamente cuando las circunstancias se lo permitieron, y logró en algunos casos, como lo es la aún inmadura Unasur, el consenso regional con la aceptación de los EEUU, quien lo reconoció como un jugador geoestratégico. No obstante, la agresividad del contendor, sobre todo en una campaña tan larga, pone en alerta a las potencias establecidas, pues en una etapa de expansión multipolar, cada espacio de influencia cuenta y cuesta. La paciencia y moderación, bases de la prudencia política, son las virtudes que deben acompañar al próximo gobierno de Brasil. Dilma Rousseff tendría que inclinarse por una fórmula de selección de colaboradores cercanos que le permita darle realismo a sus insoslayables tendencias políticas. Si quiere darle sentido al legado de la era Lula, tendrá que convencer al mundo que quiere dirigir a un Estado con aspiraciones de potencia, pero que tales aspiraciones no apuntan a cambiar radicalmente el orden mundial. Mostrarse revisionista y no revolucionaria, sobre todo cuando se parte con desventaja, puede ser la tarea diplomática más compleja.

Terminada esta serie de artículos de mis consideraciones sobre Brasil, queda una duda que sólo el lector podrá responderse en el mediano o largo plazo: ¿es este realmente el fin de la era Lula?