jueves, 30 de diciembre de 2010

Diploos: Venezuela, el chacal


La conducta exterior de Venezuela en la primera década de este siglo tuvo como rasgo distintivo la búsqueda de nuevos horizontes en materia de alineamientos políticos. Condicionada por el petróleo y la geografía, Caracas afrontó dificultades para concretar alianzas plenas, sin embargo logró ocupar un lugar entre los intereses de tres importantes potencias emergentes: Brasil, Rusia y China. Si bien los logros en cuanto a formación y cohesión de alianzas son más evidentes en América latina, con la plataforma de la ALBA, la coordinación con las potencias mencionadas desafía el interés geopolítico de mantener la relación con Estados Unidos en buenos términos.

De acuerdo a la teoría del balance de los intereses, de Randall Schweller, la conducta de los Estados está fuertemente condicionada por objetivos que se han planteado, por el poder que posean y por su satisfacción relativa con respecto al orden. Así, se plantea una taxonomía general de cuatro tipos de potencia internacional: i) leones, Estados poderosos y satisfechos que, en consecuencia, están poco dispuestos a invertir recursos en expandir su poder, aunque empeñarían grandes esfuerzos por mantener su posición internacional; ii) corderos, Estados débiles que tienen poco que empeñar en el sistema internacional, por tanto, pagarían un bajísimo costo para mantener su posición y quizá aun más bajo para escalar en la jerarquía; iii) chacales, Estados que pagarían un costo muy alto por defender su posición, y uno mucho más alto por expandir sus beneficios; y iv) lobos, Estados depredadores que valoran más las conquistas que su posición actual. La estrategia predilecta de los leones es contrabalancear las posibles amenazas o delegar en otros Estados tal responsabilidad; los corderos tienen que seguir a los poderosos o limitarse a distanciarse de la política internacional; los chacales tienden a seguir a los poderosos y/o más agresivos (usualmente a los lobos) con el propósito de aprovechar las posibles ganancias; mientras que los lobos asumen altos riesgos, creando alianzas por ser seguidos (incluso bajo coacción), y alianzas opuestas que intentan contrabalancearlos (generalmente dirigidas por leones).

Venezuela no consiguió en la primera década del siglo alianzas que implicasen asistencia militar mutua con grandes potencias, al menos no de forma explícita. Y de manera implícita suponemos que el declive relativo de Estados Unidos aún está lejos de colocar a esa potencia en una situación en la que se vea abiertamente desafiado por poderes emergentes en el campo militar, lo cual trunca una alianza plena de esas fuerzas con Venezuela. El interés se ha orientado más hacia un alineamiento bajo la estrategia de aproximación indirecta, en la cual lobos como Brasil, China y Rusia desean ganar espacios de influencia geopolítica a expensas del león americano, mientras que la modesta potencia revolucionaria, indefectiblemente dependiente, desea conquistar una mejor situación ayudando a transformar el balance de poder dentro del sistema internacional. No olvidemos que de los tres lobos mencionados, dos son miembros plenos del Consejo de Seguridad, y el tercero lucha por serlo también, lo que aumenta la conveniencia internacional de contar con el beneplácito de éstos, bien sea por la vía de facilidades en materias primas, compra de armamento y ofrecimiento de un mercado interno poco competido. Este interés ha conducido al actual gobierno a asumir la conducta del chacal de la teoría del balance de intereses, construyendo alineamientos que, al menos por ahora, sólo son incómodos, pero que prefiguran la naturaleza de las fricciones en la década que comienza.