viernes, 18 de febrero de 2011

Diploos: Calibrando el interés en las relaciones interamericanas

Construir índices exhaustivos en ciencias sociales es una tarea agotadora y siempre inacabada. El problema del volumen de variables que se debe manejar fue resuelto hace mucho tiempo con el uso de computadores, pero no hay aún procesadores de datos que sean capaces de elegir las variables correctas, por lo que la tarea sigue descansando en los hombros del investigador. Decimos esto porque en el área de las relaciones internacionales, la de nuestro mayor interés, los índices han sido subempleados, pues las decisiones en política exterior son evasivas a la hora de ser clasificadas, y muchos factores pueden influir para que una u otra dirección sea tomada.

Por otra parte, llevamos una década discutiendo la aparente falta de interés que tienen los Estados Unidos por Latinoamérica, pero pocas veces se presentan indicadores que realmente demuestren que dicha afirmación sea real. Por ejemplo, en el período de “negligencia americana” (2000-2010) se ha mantenido en Estados Unidos el consumo de petróleo latinoamericano (la reducción venezolana ha sido suplida por México y Brasil, y entre los tres proveen aproximadamente 1.5 MM/bd); mientras que la inversión extranjera directa estadounidense en la región no hecho más que subir (de 266.6 millardos de dólares en 2000 a cerca de 679 millardos en 2009, es decir, la región sólo es superada por toda Europa como receptora de inversión estadounidense directa, e incluso se ubica por encima de la gran región Asia-Pacífico en éste rubro).

Los números, como podemos ver, no indican descuido. Pero en paralelo, una mirada hacia variables cualitativas puede ser más ilustrativa en cuanto a cómo calibrar el interés en la región. La creación de una coordinación para programas de seguridad en América latina puede sonar sensato, sobre todo en aras de centralizar la complicada red de agencias y proyectos de seguridad de los Estados Unidos. Este paso, hecho público a mediados de febrero de este año, encaja en una estrategia de resguardo de la estabilidad en la periferia inmediata de la superpotencia, y podría interpretarse como una medida realista para el manejo de complejos programas de ayuda para combatir amenazas contra Estados y sociedades de precaria institucionalidad relativa. Mas esta afirmación pierde fuerza cuando pasamos a revisar quién será la encargada de dicha coordinación. Roberta S. Jacobson es la vice-subsecretaria de Estado para asuntos del hemisferio occidental, cuenta con una destaca formación en relaciones interamericanas y con experiencia diplomática en la región. No obstante, el mensaje parece claro, no hay una percepción de graves amenazas inminentes que provengan del sur. La nueva oficina de coordinación será ocupada por una competente funcionaria, pero sin un significativo peso dentro de un sistema político-administrativo en donde la negociación es clave para alcanzar resultados.

Los temas de seguridad de América latina son para Estados Unidos un asunto de rutina burocrática, sin los ribetes de las crisis euroasiáticas o africanas. En el radar estadounidense nuestra región no parece mostrar señales de próximas transformaciones dramáticas del orden, que conlleven cierto carácter sorpresivo y que cuenten con la capacidad de afectar intereses vitales. La rutinización de la seguridad regional no significa estabilidad, ni mucho menos mitigación de los conflictos latentes (inter, intra y trans-nacionales), sino la respuesta mecánica de una potencia cuya seguridad nacional y prestigio internacional no se encuentran completamente vinculados a su entorno geopolítico. 

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