miércoles, 2 de febrero de 2011

Strategos#25: Apertura e Inestabilidad

Tal Cual, 02 de febrero de 2011


Demócratas y republicanos, a través de las administraciones Clinton y Bush, se propusieron, como meta para alcanzar la estabilidad del Medio Oriente, la democratización de la región. En su famoso discurso de El Cairo (04/06/09), Obama afirmó que no se podían imponer formas de gobierno a las sociedades, lo cual no le impidió, en el mismo discurso, esbozar los principios de la democracia liberal, insinuando que era lo más deseable para los pueblos islámicos. Durante dos décadas la política exterior estadounidense se ha basado en la teoría (elevada a dogma) de la paz democrática, tesis según la cual las democracias no se hacen la guerra entre sí.

Sin abandonar las tácticas ortodoxas de seguridad nacional (como lo demuestran las cuantiosas ayudas militares a Israel y Egipto, que absorben el 80% del presupuesto en asistencia militar al extranjero), el objetivo específico de inocular la apertura política se ha comportado como una constante reciente. No cabe duda que la vida bajo los regímenes democrático-liberales resulta sustancialmente superior para el promedio de los individuos. Como occidentales nos resulta natural la aspiración universal a la libertad y la igualdad, y rechazamos los argumentos que tiendan a suponer alguna incapacidad intrínseca para lograr tan sofisticado método de toma de decisiones políticas. No obstante, eso no nos debe impedir observar las vastas diferencias que, en cuanto a cultura política, nos presentan las sociedades del Medio Oriente y el Magreb. Sus experiencias democráticas han sido limitadas en número y calidad, y sus estructuras económicas centralizadas, y sus principios con respecto a la igualdad (entre hombres y mujeres, por ejemplo) no ofrecen la mejor base para construir una sociedad libre. Lo dicho nos lleva a admitir que, si bien no existen impedimentos para que las sociedades en aquella región luchen, y efecto alcancen formas democráticas de gobierno, sus ensayos seguirán sendas autóctonas.

La figura de el-Baradei, atractiva en Occidente, no cuenta con el apoyo de las dos grandes facciones egipcias: los hermanos musulmanes y, más importante aun, las fuerzas armadas. Pero eso no deja sin oportunidad a la democracia, pues la apertura puede darse por dos vías: el islamismo republicano o el nacionalismo panarabista (de probada efectividad en Egipto). Ambas vías presentan retos similares a la seguridad regional, ya que, por una parte, el islamismo se mostraría reticente a respetar los acuerdos que el Estado laico alcanzó con Israel. Por la otra, el nacionalismo, con el propósito de legitimarse, debería exacerbar el rol de líder regional de Egipto, al tiempo que las fuerzas armadas intentarían justificar su tamaño y desarrollo con una mayor presencia en los asuntos geopolíticos del Medio Oriente.


Como se mire, el orden se ha quebrado, y el inevitable proceso de apertura política, lejos de prometer paz, parece deparar nuevas perturbaciones al calor de la voluble voluntad popular.