miércoles, 23 de febrero de 2011

Strategos#28: La Impotencia Occidental

Tal Cual, 23 de febrero de 2011


El desarrollo de los medios telemáticos nos ofrece la posibilidad diaria de ser testigos de la convulsa dinámica de un mundo en transición. Cometarios en tiempo real, y la lectura de todo tipo de datos y opiniones, hacen que las revueltas populares, los golpes de Estado y hasta guerras sean vistos casi como espectáculos deportivos. Valdría la pena discutir in extenso las consideraciones éticas y políticas (y, por qué no, el modelaje estético sobre la guerra moderna) de dicho fenómeno, y desde esta columna prometemos hacerlo –si los eventos lo permiten. Pero lo que resulta más interesante aun que los “individuos-espectadores”, es la imagen de las “grandes-potencias-espectadoras”.


En las asignaturas de ciencia política y relaciones internacionales los profesores no dejamos de repetir que el primer rasgo resaltante de una gran potencia es su capacidad de influir de manera contundente en el sistema internacional. Si esto es cierto, entonces algo anómalo está ocurriendo, pues están colapsando gobiernos en la región más sensible del mundo sin que las grandes potencias hagan otra cosa que observar, o al menos eso parece. Es difícil esperar que autócratas como Ben Alí y Mubarak, o cabezas de regímenes totalitarios como Gadafi, reciban algún apoyo significativo desde el exterior, pero debemos reiterar que sus Estados se ubican en una región inestable y justo al otro lado del Mediterráneo. Egipto controla el Canal de Suez, y Libia es el tercer exportador de hidrocarburos de África (el segundo, Argelia, también resiente las protestas). Mientras que Occidente, dependiente de esos recursos, muestra voluntad de hacer poco más que “mantenerse alerta”.

En el caso egipcio ya hemos reseñado como EE.UU. se alienó de la confianza de un aliado, dejando la cohesión descansar sólo en la necesidad política circunstancial. El resultado más inmediato ha sido el paso de naves de la armada iraní a través del Canal de Suez con el permiso del gobierno militar. Desde Washington se ha señalado que lo más conveniente es contar con un aliado tan poderoso como democrático en la región, lo cual es cierto. Pero lo curioso que es que la evidencia demuestra que no se presionó a Mubarak (el socio menor) lo suficiente como para llevar adelante las reformas que ahora probablemente ocurrirán de un modo no esperado ni deseado por Occidente y sus aliados. En el caso libio, Europa mostró patéticos intentos de hacer entrar en razón a Gadafi a través de una diplomacia de comunicados y declaraciones, pero sin respaldo muscular para imponer sus criterios e intereses.

El poder no son sólo atributos, sino también voluntad. Ocultándose detrás de conceptos como “poder blando”, “poder ingenioso”, o de una supuesta superioridad moral, los gobiernos de las potencias occidentales no sólo son espectadores de transiciones, sino que además contemplan la degradación de su propio poder.