domingo, 6 de marzo de 2011

Diploos: ¿Es una mala idea apoyar a Gadafi?

El uso de la fuerza contra su propia población, recurso del pertinaz deseo de conservar el poder por encima de todo, ha generado un enorme rechazo de la opinión pública mundial en contra del régimen de Moanmar Gadafi, generando distintas formas de presión sobre los gobiernos de las grandes potencias (y de aquellas no tan grandes). Ha dado como resultado un paquete de sanciones lo suficientemente punitivo en el plano económico y jurídico, y lo suficientemente inoperante en el plano militar, como para satisfacer a los cinco del Consejo de Seguridad, y con ellos a buena parte del mundo, dejando la opción de la intervención se maneje como secundaria y se matice en su amplia escala. En otras palabras, han dejado que el balance de fuerzas leales e insurgentes decida en los campos de batalla de esta guerra.

Sectores de oposición en Venezuela ven con estupor el abierto apoyo político que Hugo Chávez (junto al gobierno cubano y nicaragüense) ofrece al líder libio. Las opiniones al respecto han sido numerosas, generalmente señalando la falla política y moral que representa. Se le atribuye a la irracionalidad ideológica, que conduce al paroxismo absurdo de ponerse del lado del tirano sólo por coincidencias en la cosmovisión. Pero, ¿es completamente irracional la decisión?, es decir, ¿es realmente una mala idea? No creemos que haya una respuesta sencilla, así que pensémoslo bien repasando brevemente algunos hechos.

Venezuela entró muy temprano en la década pasada en una dinámica de marcada dualidad en su relación con los Estados Unidos. Se identifica a la superpotencia como enemiga, pero en la práctica el proyecto de la revolución bolivariana y su sustrato ideológico actual, el socialismo del siglo XXI, son financiados por petrodólares provenientes de la gran amenaza. Esta incongruencia se resuelve en el plano del pragmatismo, pero no es ese el plano en que suelen moverse las ideologías que se plantean la transformación radical del mundo, lo que constituye un fardo llevadero pero incómodo para Chávez. Esta carga es continuamente compensada con el discurso general y acciones específicas. El patrón de alineamientos internacionales de Venezuela en los últimos años es testimonio de ello. En ese patrón de alineamientos aparecen Libia, Gadafi y el libro verde, fuente de inspiración ideológica para la revolución nacional anti-imperialista. Es así como el apoyo a Gadafi asiste en la función de compensar la dependencia financiera hacia los Estados Unidos, en un intento de mantener la coherencia ideológica, una pragmática necesidad para un movimiento que se define revolucionario y que deja descansar en esto buena parte de su legitimidad.

Decimos que es un intento, y no más que eso, pues desde una perspectiva más íntima de la lucha anti-imperialista, Gadafi puede ser presentado como un traidor, sobre todo a partir de la invasión a Irak y el derrocamiento de Saddam Hussein, cuando comienza a dar abiertas muestras de reconciliación con Occidente y logra establecer con éste relaciones armoniosas. Su férreo y personalista control interno, junto con la colaboración con las grandes potencias, en especial con los antiguos amos coloniales de Libia, podría ser una razón de peso, y un formidable pretexto, para abandonar al régimen en su hora más oscura, y siempre cubierto por el manto de la ortodoxia socialista del nuevo siglo. Pero Gadafi ofrece algo más para la razón, su modelo político. La manera en la que maneja el poder no es sólo una inspiración para el gobierno venezolano, puede ser además la fuente de un ejemplo contundente en contra de las revueltas no bendecidas por los líderes mesiánicos. Y a partir de allí que el ejemplo cunda por el mundo y genere su paralizador efecto. La intención de mediación, con el propósito de apaciguar a las fuerzas anti-Gadafi, tienen una doble virtud, pues si se logra (algo altamente improbable), se conseguirá el objetivo ejemplarizante, pero si falla la gestión, siempre habrá posibilidad de recurrir a la retórica de la paz presentándose como un activo militante.

Por último, y admitiendo que esta no es una revisión exhaustiva, tenemos el factor petrolero. En una campaña electoral tan larga (y recordemos que para democracias puramente electorales las campañas son hábitats naturales), siempre es conveniente contar con excedentes petroleros. Pero además de la función electoral, el precio del petróleo -hoy el más alto desde 2008- también sirve de herramienta internacional. No ha dudado Chávez en apelar al expediente de la seguridad energética y advertir sobre los peligros de una guerra que involucre a un exportador importante. El mensaje de fondo es que, ante la interrupción del suministro libio al torrente mundial, más vale ser indulgente con voces disidentes que puedan mantener su propio aporte a dicho flujo, sobre todo cuando la disidencia no supone acciones prácticas, ni a corto plazo, contra la estabilidad del sistema internacional.

Pero la racionalidad nunca es perfecta, y lo que hoy parece útil podría dejar de serlo mañana. El apoyo a Gadafi podría hacerse pesado en momentos de crisis de gobernabilidad o de adversidad internacional, poniendo al gobierno venezolano en un penoso dilema que dificultará su propia salida. La decisión racional, en este caso, cae en el terreno de lo pragmático, pero no de lo realista, una paradoja difícil de resolver siempre, pero más aun cuando se desea ser fiel a ideas y no se está dispuesto a abandonar el poder.