jueves, 10 de marzo de 2011

Strategos#30: Un Paso Incierto

Tal Cual, 10 de marzo de 2011


Mientras el mundo observa la guerra libia, las opciones sobre las mesas de quienes pueden hacer que cambie el curso de acontecimientos comienzan a mostrar sus ángulos probables. Como escribimos la semana pasada, las sanciones han dejado que el balance de fuerzas interno decida, pero mostrándose punitivo hacia Gadafi y sus colaboradores. Mientras los aparatos de propaganda de los desiguales bandos en liza anuncian rutilantes victorias sobre el maligno enemigo, las potencias occidentales cavilan sobre cuándo dar el siguiente paso: armar a su lado de preferencia. Pero esta decisión no es tan fácil como se cree.

Occidente tiene un trauma reciente en la vieja estrategia de armar fuerzas nativas: Afganistán. La transferencia de recursos militares y tácticas de combate furtivo a los muyahidines contra los soviéticos se considera el inicio de las capacidades de lucha moderna del movimiento talibán. Por esta razón ningún político quiere arriesgar su prestigio en otra operación de ese tipo. Pero los costos de una intervención directa son altos e inmediatos. Una zona de exclusión aérea no es una tarea simple, implica riesgos que son difíciles de asumir cuando la operación no tiene un propósito político claro y cuando las capacidades antiaéreas enemigas están intactas (recordemos que las zonas de exclusión aplicadas al Irak de Saddam entre 1991 y 2003 se impusieron luego de la destrucción de su poder de fuego en la “Tormenta del Desierto”). Ni hablar de incursiones terrestres en las adversas condiciones políticas y militares de hoy.

Se convierte en un imperativo tener un plan de asistencia a los rebeldes. Pero, ¿quiénes son estos rebeldes? El sistema político de Libia es peculiar, pues combina totalitarismo personalista con fragmentación tribal, lo que logra una superlativa dependencia al líder único, singular referente nacional. La reciente avidez por captar información sobre lo que realmente sucede en el terreno nos lleva a pensar que en efecto se desconoce la composición exacta e intenciones de las facciones y tribus que conforman el llamado Consejo Nacional Libio. Igualmente, la precaria estabilidad en el control territorial de los bandos dificulta la operación, porque ¿a quiénes y dónde hay que entregar las armas, qué sistemas poseen, son éstos compatibles con los potencialmente proveídos? Y estas importantes preguntas logísticas quedan opacadas cuando nos preguntamos por la cohesión del CNL. Hasta ahora sólo sabemos que son una heterogénea coalición anti-Gadafi, lo que genera un estímulo paradójico, pues se mantendrán unidos mientras Gadafi sea fuerte, pero de alcanzar su principal objetivo estratégico el CNL corre el riesgo de fragmentarse y hundir a Libia en la violencia tribal.

La decisión es compleja y poco gratificante. No hay mayores estímulos que la presión moral, una mala pero poderosa consejera en crisis internacionales.