miércoles, 30 de marzo de 2011

Strategos#33: Sobre la Hipocresía Internacional

Tal Cual, 30 de marzo de 2011

Mientras que sobre Libia se despliega toda una operación militar de gran envergadura, autorizada por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y con la participación de la mayor alianza del mundo, la OTAN; las monarquías conservadoras de la península arábica ejercen toda la fuerza necesaria para evitar cambios en sus regímenes, sin que los grandes poderes se tomen siquiera la molestia de debatir el tema. Con desesperanza y frustración, los ciudadanos alrededor del mundo claman por mayor transparencia y consistencia en el manejo de la política exterior. Una y otra vez quienes nos dedicamos al estudio de estas complejas realidades escuchamos que la política mundial se reduce a simple hipocresía.

El Diccionario de la Lengua Española define a la hipocresía como “fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan”. Siendo así, la opinión pública tiene todo el derecho de acusar de hipócritas a los estadistas, pues con sus dobles estándares califican a cada situación de un modo particular y aplican recetas distintas para males similares. Pero lo que el diccionario no nos dice es que el fingimiento de cualidades y sentimientos es un acto moral, y como tal se encuentra atado al espíritu humano. Los seres humanos actuamos en múltiples dimensiones (económica, política, moral), pero los Estados se manejan en una única dimensión: la política. Las constituciones, y otros derechos supraconstitucionales, tienen la misión de contener la vocación totalitaria de todo Estado, cuya herramienta no es otra sino el poder, razón por la cual acumula tantos recursos económicos, militares y comunicacionales como su sociedad le permita. Este aparato político, diseñado por y para el poder, responde a las necesidades sociales de orden y seguridad, y resulta incongruente juzgarlo moralmente cuando su unidimensionalidad política no le permite asumir la riqueza moral de los individuos. Es decir, hay una contradicción intrínseca en juzgar como hipócritas a los poderes que actúan en la arena internacional, pues su función no es buscar el bien para mundo, sino para sí mismos.

Pero el origen de la hipocresía yace a un nivel más profundo. En una proporción mayor son tildadas de hipócritas las potencias occidentales, pues en ellas se encuentra la paradoja más extrema de la modernidad: la de ser grandes potencias, y además ser democrático-liberales. Mientras deben ejercer el poder que ostentan para mantener su privilegiado lugar en el sistema, son constantemente monitoreadas por sociedades civiles con altos estándares que no hacen concesiones a la naturaleza exclusivamente política del Estado. Allí el origen de la hipocresía internacional, un problema del que escapan los regímenes de otras culturas, ya que de ellos no se esperan incómodos compromisos con valores morales.