miércoles, 6 de abril de 2011

Cinco mitos sobre... la cuestión libia

TalCual, 06 de abril de 2011

La dureza de la realidad ha venido demoliendo algunas preconcepciones en torno a la situación libia. Aunque por medio de los múltiples canales de propaganda persistan muchas de ellas (y persistirán a lo largo del tiempo, por ser generalmente explicaciones simples que satisfacen ciertos intereses políticos y encajan con prejuicios ideológicos), vale la pena revisar los cinco mitos más comunes.

El objetivo de la coalición es el petróleo libio. Ha sido el gran debate ideológico, sobre todo en nuestro país, pues gobierno y oposición han querido establecer forzados paralelismos entre los casos libio y venezolano. Lo concreto es que Gadafi había conseguido carta de buena conducta a través de lo llamaríamos una “salvaje apertura petrolera”. En las primeras etapas del conflicto interno el mercado energético respondía favorablemente a los avances oficiales, mientras los precios se elevaban cada vez que los rebeldes se adjudicaban alguna victoria. Este mito está asociado a la creencia de que el valor económico se concentra exclusivamente en las reservas, y no en las capacidades de extracción y transformación.

La operación es una típica intervención militar humanitaria. La opinión pública occidental ha presionado en ese sentido, y es en efecto el casus belli, pero la violación de derechos humanos en Libia no empezó en febrero de 2011, es un proceso sistemático enmarcado en la política de terror de un régimen totalitario. Aunque el liberalismo sostenga que la Resolución 1973 responde al “deber de proteger”, se inclina más hacia una poco clara medida de restauración del prestigio militar europeo en su área de influencia natural.

La misión es derrocar a Gadafi. Nada calmaría más la conciencia de la opinión pública mundial, y nada daría más sentido a los detractores de la medida, pero el carácter reactivo de la Resolución 1973, y el costo político de colocar tropas propias en el terreno, descarta acciones directas para derrocar al régimen. Además, la incertidumbre de una Libia post-Gadafi paraliza a Occidente.

Los rebeldes son la infantería de la coalición. No es así, ni legal, ni militarmente. El Consejo de Seguridad no autorizó tal cosa y la capacidad militar de las facciones rebeldes ha quedado en entredicho cada vez que cesa el bombardeo occidental, por lo que contar con esa infantería sería el preámbulo al desastre.

La democracia es la solución. Aunque en nuestra cultura el discurso político nos ha convencido de que los problemas sociales se solucionan con más democracia, en un ambiente de guerra civil con ribetes tribales (e incluso religiosos) hay que reconsiderar dicha afirmación. El enigma que son los rebeldes libios pone en alerta a las potencias, que temen cooperar con el debilitamiento de un régimen totalitario para que se instaure otro, o peor aun, para que sobrevenga un prolongado conflicto que haga colapsar a Libia como Estado.