sábado, 9 de abril de 2011

¡POR LA GLORIA DE FRANCIA!

Mientras las grandes democracias occidentales calculan con detenimiento y aprehensión cada uno de sus movimientos en el convulsionado panorama de la política mundial, vemos como la Francia de Sarkozy se involucra de manera simultánea en dos intervenciones militares en África (Libia y Costa de Marfil), mientras ha tratado de llevar el liderazgo diplomático en el Consejo de Seguridad en lo concerniente a las crisis del Medio Oriente. Esta política asertiva llama la atención en el marco de las dudas de Occidente, y nos invita a preguntarnos ¿qué busca Francia asumiendo roles protagónicos en la responsabilidad de la seguridad internacional?


En primer lugar, y antes de responder a la pregunta, debemos señalar que el sistema internacional actual está caracterizado por dos procesos generales que crean en su combinación una macrotendencia. Por una parte, el indiscutible auge de grandes potencias regionales con aspiraciones mundiales (los llamados BRICS, incluyendo en las siglas a Suráfrica). Por la otra, una lenta, confusa, irregular, pero progresiva retirada estratégica de los Estados Unidos hacia una posición menos demandante y políticamente manejable, de cara a sus imperativos democráticos. La macrotendencia es el surgimiento de una nueva distribución del poder mundial, la multipolaridad. Pero en tal escenario quedan marginada una explicación sobre las potencias históricas europeas, aquellas que se repartían el mundo cuando Estados Unidos y los BRICS eran apenas colonias o actores marginales. Por razones de espacio e interés, enfoquémonos en Francia. París percibe el cambio y recurre a su verdadera vocación, la de actuar de forma independiente en busca de una mejor posición en la jerarquía internacional. Ni la revolución francesa, ni derrota militar previa a la unificación alemana, pudieron revertir esta obsesión por el prestigio.

Hace ya un siglo las grandes potencias europeas se encontraban en pleno proceso imperialista. La interpretación dominante del fenómeno fue la de inspiración marxista, particularmente la brindada por John Hobson, posteriormente adoptada por Lenin, razón por la cual hasta nuestros días el término “imperialismo” sigue siendo usado por las corrientes de izquierda, aunque ya no tenga la capacidad explicativa del pasado. Bajo esa definición materialista, toda política expansiva se explica por la codicia de sectores económicos aliados con los grupos gobernantes. Esta burda reducción de una realidad compleja a un mecánico proceso de simple búsqueda de mercados y materia prima (base de la latinoamericana teoría de la dependencia) fue desmentida a mediados del siglo XX por el historiador Pierre Renouvin, quien demostró el relativamente bajo rendimiento económico de las colonias francesas (a diferencia, por ejemplo, de las británicas). Sin embrago, este hecho no limitó el afán territorial francés, por el contrario, las desventajas frente al gran poderío colonial británico incentivaron movimientos políticos pro-imperialistas (Jules Ferry se destacó entre los propagandistas de la expansión ultramarina).

Volviendo a nuestros días, parece posible rastrear, cambiando lo cambiable, la obsesiva ambición de prestigio de Francia. En una era de transición, en la que poderes establecidos tratan de inhibirse con mucho esfuerzo, y los emergentes buscan un lugar privilegiado, aunque aún no cuenten con todos los atributos para merecerlo, una potencia histórica que no desee verse solapada en los cambios debe asumir responsabilidades de seguridad internacional. Ello es imperativo en las áreas de tradicional influencia geopolítica y cultural, como el Mediterráneo y el África francófona. Sin descartar del todo intereses materiales, lo que está en desarrollo es una política de poderío y prestigio que se ejecuta en un momento internacional crítico.