viernes, 1 de abril de 2011

Runrun.es Diploos: Obama: la doctrina de no tener doctrina


Las recientes acciones y palabras del gobierno de Barack Obama en lo concerniente a la actual política exterior de los Estados Unidos, han reavivado el debate sobre su doctrina. Un breve paseo por la web arroja como resultado un enconado combate entre los obamistas y los anti-obamistas. Esta desafortunada realidad forma parte de nuestra era ideológica. En pocas líneas haremos el esfuerzo de dibujar los contornos de la llamada “Doctrina Obama”, haciendo énfasis en lo que consideramos sus ventajas y desventajas en un mundo marcado por la incertidumbre.
Las perturbaciones socio-políticas en el mundo árabe siguen ocupando el grueso del espacio noticioso mundial. Cuando una región posee tal acumulación de recursos energéticos, dedica cerca de 100 millardos de dólares al año en gasto militar, y combina odios religiosos ancestrales con una creciente y frustrada población joven, el interés sobre ella está más que justificado. Pero los procesos árabes no están aislados, porque si bien responden en buena medida a la dinámica doméstica de cada país, forman parte de un gran proceso de transición estructural mundial, un cambio que se manifiesta en una nueva distribución del poder y la influencia.
Estas transiciones de poder tienen numerosos y estudiados antecedentes. En el pasado, procesos análogos de redistribución del poder desencadenaron violentas guerras, las mismas que se expandieron geográficamente al ritmo de los avances técnicos en transporte y comunicaciones, y que se hicieron más mortíferas al compás de la tecnología militar. Las capacidades retaliativas perfeccionadas desde la Segunda Guerra Mundial han limitado el ánimo bélico entre las grandes potencias, siendo los conflictos limitados, indirectos y delegados las estrategias dominantes en un ambiente tan peligroso. Dicho en otras palabras, la presión que genera la transición de poder no encuentra otra salida que la confrontación en escenarios que no comprometen a los poderes en una letal lucha entre gigantes.
La respuesta estadounidense a la nueva y cambiante realidad mundial fue instintiva a partir de septiembre de 2001, luego de lo que se consideró el fracaso de la política liberal de los noventa, sustentada en un supuesto liderazgo económico y moral de Washington. La conocida Doctrina Bush, que contemplaba como uno de sus pilares la acción preventiva ante amenazas (aunque opacado por la mala prensa que ha tenido la administración Bush, el pilar fundamental no era la guerra preventiva, sino la construcción de pocas y fuertes alianzas, y de coaliciones temporales para coyunturas), fue una aproximación, insistimos, instintiva: usar las ventajas económicas y militares para moldear al mundo.
La respuesta Obama pretende alejarse de medidas dogmáticas, y sus defensores y detractores siguen discutiendo el carácter realista o no de nueva política exterior (como si ello pudiese definirse en términos absolutos). El Smart Power, una construcción teórica de baja elaboración y originalidad, se presenta como el marco referencial para este “realismo liberal”. Reza que debe usarse tanto poder blando (atractivo cultural e influencia simbólica) como sea posible, y reservar el poder duro (coacción económica y militar) para cuando sea absolutamente necesario. Esto se presenta como un enlatado académico ingeniosamente etiquetado, obviando que la fórmula es idéntica a la de cualquier potencia prudente en la historia, desde las repúblicas del Renacimiento italiano, hasta las potencias termonucleares de hoy, pasando por la joven Alemania de Bismarck, por ejemplo. Mas la falta de originalidad no desmerita a la práctica (en nuestra opinión, muy por el contrario). La flexibilidad en la política exterior es una necesidad en un sistema complejo, pues permite adaptar las respuestas a las amenazas, evitando la ineficiencia en el empleo de recursos materiales y de capital político. Pero debe quedar en claro que tal evaluación forma parte del ejercicio habitual de una política racional, y la racionalidad no se puede enarbolar como una virtud, es una necesidad, de allí que mal se podría caracterizar como una doctrina en un sentido estricto.
La doctrina que no es doctrina no debe descartarse por ese simple hecho, pues como apuntamos, ha sido y es de una utilidad fundamental en la política internacional. Pero sí debemos señalar su más evidente desventaja. No disertaremos aquí sobre los problemas que el pragmatismo político le puede traer al gobierno de un Estado democrático-liberal, pues entenderá el lector que bajo tal régimen lo valores y principios cumplen una función central en el aporte de legitimidad; miremos hacia un aspecto más elemental: la política adaptiva, generalmente recomendable, requiere de una evaluación de entorno muy precisa. ¿Cuándo sabemos que la situación amerita poder blando o duro? La mayoría de las veces la respuesta puede resultar obvia, pero en coyunturas particulares dentro de un sistema en transición, la incertidumbre puede jugarle una mala pasada al pragmático más hábil, y dejarlo bien sea paralizado ante procesos que socavan progresivamente su influencia internacional, o bien enfrascado en una operación militar sin claros propósitos políticos.
Las doctrinas de política exterior que cumplen con esa definición tienen el problema del dogmatismo, es decir, de reducir toda realidad a una limitada gama de opciones de respuesta. La doctrina de no tener doctrina enriquece el escenario, pero demanda de una inhumana sofisticación en la percepción, lo que se complica en un mundo en pleno cambio. De allí que en el sistema multipolar que emerge ninguna alternativa sea plenamente satisfactoria.


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