miércoles, 27 de abril de 2011

Strategos#36: Cuba: el dilema de una revolución conservadora

Tal Cual, 27 de abril de 2011


Siguiendo la senda trazada por los proyectos socialistas chino y vietnamita, el Partido Comunista Cubano culminó su VI Congreso adelantado cambios económicos que buscan mantener la dominación política de una influyente, pero agotada gerontocracia. Cuba no escapa del patrón evolutivo de las revoluciones, en estos fenómenos es posible detectar cuatro momentos: 1) la irrupción, punto de mayor peligro para la élite emergente, pero también de mayor entusiasmo, generalmente asociada a un relato épico que recuerda a los cantares de las gestas heroicas del mundo antiguo. En Cuba, esta primera etapa ya es materia de los historiadores; 2) la transformación, o implantación de cambios, en especial la sustitución de elites y la conversión de cuadros burocráticos y militares que se ajustan pragmáticamente al nuevo orden; 3) la estabilización, rutinización de la revolución, normalización de los cambios. En sistemas totalitarios dichos cambios, aunque sean cosméticos, no terminan nunca, pues siempre hay algo, por absurdo que sea, que debe cambiar. La prolongación del tercer momento responde en parte al temor por el último; 4) decadencia revolucionaria, la elite envejecida es incapaz de afrontar con creatividad los nuevos retos. En algunos casos, los recursos propios o de aliados escasean, y la revolución se hace insostenible (este es el caso de aquellas que, por principios filosóficos, se aferran a un modelo económico alejado de la competencia).

Las teorías de la modernización, de gran popularidad en el Occidente desarrollado, asumen que cambios económicos introducidos en sistemas cerrados generarán un crecimiento de la clase media y un consecuente desplazamiento de los grupos de poder. Las reformas de Deng Xiaoping (que podría ser reconocido como el ideólogo contemporáneo más influyente a medida que avance el siglo XXI), han burlado hasta el momento el trazado de la modernización, dado que los cambios económicos, en lugar de debilitar al poder establecido, lo ha potenciado, e incluso legitimado. Raúl Castro no ha ocultado su fascinación por el modelo chino, y ha insistido en llevar a la isla hacia una versión a escala de lo que Deng y las siguientes generaciones del Partido Comunista Chino han logrado: modernización económica con férreo control político.

El reto cubano pasa por alejarse del totalitarismo y aproximarse al autoritarismo burocrático, estableciendo una clara sucesión. Mas ello no resulta fácilmente trasladable desde el modelo chino, pues aquella civilización oriental contaba con una milenaria tradición administrativa imperial cuando la revolución irrumpió. El dilema de Raúl y los jerarcas cubanos es que, para salvar a la revolución, deben sacrificar su propio poder progresivamente, una opción poco atractiva para quienes se han acostumbrado a gobernar sin límites.