sábado, 7 de mayo de 2011

Runrun.es Diploos: El Comandante Obama

En los últimos minutos del 1 de mayo (2 de mayo en Pakistán), presenciamos el tipo de anuncio público que todo jefe político (y militar) quiere hacer: la muerte de un peligroso y odiado enemigo de manos de las fuerzas nacionales. La polémica no puede faltar en un caso de resonancia mundial y bajo la particular condición de los Estados Unidos, potencia que resiente progresivamente los embates de un mundo que cambia en desafío a su sistema de valores, y cuya preeminencia le ha granjeado el resentimiento de múltiples y disímiles corrientes políticas e intelectuales. Pero más allá de la controversia, llama nuestra atención un significativo deslizamiento en el perfil de Barack Obama, quién esa noche asumió de manera plena tres elementos frecuentes en los discursos presidenciales estadounidenses, pero poco usuales en Obama: en primer lugar, se identificó como comandante en jefe de las fuerzas armadas de su país; en segundo lugar, hizo mención directa a Dios como factor de cohesión social y éxito justo para los Estados Unidos; y tercero, rompió su propio patrón discursivo al hacer una contundente referencia final al excepcionalismo norteamericano.

"Let us remember that we can do these things not just because of wealth or power, but because of who we are, one nation under God, indivisible with liberty and justice for all."

Obama llega al poder apalancado por dos fenómenos de histórica recurrencia estadounidense: una crisis económica cíclica y un hastío popular hacia la guerra. A causa del segundo factor, el presidente norteamericano había hecho gala de su condición de campeón de la paz. Su propuesta de desarme nuclear global, de carácter casi utópico, le valió un cuestionado Nobel de la Paz. Sabiéndose responsable del aparato militar más avanzado del mundo, consideramos que su respuesta natural debió ser declinar el honor que le hacía el Comité Noruego del Nobel, no obstante, y en un gesto narciso, lo aceptó. Estaba decido a ser reconocido como el presidente de la paz y quería credenciales para hacerlo verídico. Así, por razones de imagen pública, de inclinó a asumirse como la cara opuesta de su predecesor en el cargo, pues a diferencia de George W. Bush, era raro escuchar o leer que Obama se identificaba como comandante en jefe. Es quizá este rasgo el que alentó al general Stanley McChrystal a cuestionar públicamente las cualidades de liderazgo de su presidente.

El segundo elemento es la presencia de Dios en su discurso de victoria. Sin duda la ocasión lo ameritaba y la tradición lo exigía, pero no deja de ser llamativo el hecho que un presidente comprometido con la corrección política, y que evita sembrar diferencias religiosas y culturales, remarque de manera vehemente que su nación está unida bajo Dios y que de allí viene su fuerza. Desde el discurso de El Cairo (05/06/09) el mundo esperaba de Obama una moderación que incluso podía ser percibida como pusilanimidad por parte de muchos de sus conciudadanos. En una operación tan delicada en el interior del Islam, afirmar que el poder de una superpotencia cristiana es tal por la voluntad de Dios es, cuanto menos, audaz, e incluso ofensiva para los radicales. Mas no reparó en la imagen de líder políticamente correcto y abrazó aquellos valores forjados en la mejor tradición americana.

Por último, Obama destacó la excepcionalidad de los Estados Unidos como apóstol de la justicia y la libertad. Este es un gesto inusual para un político considerado un símbolo viviente del pensamiento de izquierda liberal en el mundo anglosajón, no obstante, los imperativos políticos y electorales han hecho que Obama se incline a un discurso más tradicional, se acerque al nacionalismo y deje en un segundo plano su pretendida vocación de vicario de la paz para graduarse públicamente de comandante en jefe y promotor del interés nacional.