miércoles, 25 de mayo de 2011

Runrunes Diploos: Obama, Israel, Palestina y el problema del justo medio


Luego la victoria táctica anunciada tras la operación que habría liquidado a Bin Laden, y al calor de las protestas en el mundo árabe, Barack Obama trata nuevamente de ubicarse en la posición política que lo obsesiona: el justo medio aristotélico. La doctrina asumida por el Departamento de Estado desde la llegad de Obama ha sido la de tanta diplomacia como sea posible y tanta fuerza como sea necesaria, aun a riesgo de parecer muy blando para algunos y muy agresivo para otros. A Obama le quita el sueño ser visto como un firme moderado, pues sobre él recaen dos prejuicios: no debe parecerse a G. W. Bush, pero tampoco puede acercarse al estilo Carter. El problema es saber si esta firme moderación, derivada del justo medio, es una postura ideal que encaja en toda ocasión y contexto, y para ser más específicos, saber si la política del equilibrio es igualmente aplicabable dentro de su país y fuera de éste.

Lo dicho viene a propósito del más reciente discurso que el presidente de los Estados Unidos pronunció acerca de la cuestión palestino-israelí. En un momento en el que las facciones palestinas entran en una etapa de tregua y reconciliación práctica, y con la sombra de la duda que pesa sobre las relaciones EEUU-Israel desde la llegada de Obama, pedir que el Estado judío vuelva a las fronteras previas a la Guerra de los Seis Días genera conmoción en el aliado. En esta relación está operando lo que se conoce como el "dilema de seguridad en las alianzas" (término del politólogo estadounidense Glen Snyder), situación en la que el socio mayor quiere mantener la alianza, pero al mismo tiempo no desea verse arrastrado hacia un inconveniente conflicto del socio menor con una tercera parte. En estos casos la solución más sensata es que el socio mayor se muestre firme y haga valer su posición dominante en la alianza, pero que a cambio ofrezca algunas garantías al socio menor. Las garantías ofrecidas por los Estados Unidos son evaluadas como abstractas, y por tanto, pobres. Y esta opinión se extiende a las facciones palestinas, en especial a Hamas, que por razones históricas e ideológicas ve con recelo cualquier iniciativa de Washington.

Obama se mueve en varios escenarios a la vez. Por una parte, trata de capitalizar electoralmente el prestigio interno de ser un comandante en jefe con un resultado concreto que mostrar en materia de seguridad nacional; por otra, mantener las posiciones geoestratégicas estadounidenses en Eurasia, sin encender la llama de un nuevo conflicto que podría crear fuertes coaliciones anti-occidentales; y además, añadir una nueva variable en las complejas revueltas árabes, sobre todo cuando en cada una de ellas hay actores e intereses tan distintos. Este precario equilibrio se hace más frágil cuando nos preguntamos si realmente valen la pena la maniobras o si, por el contrario, la dinámica mundial nos arrastrará a la profundización de un irremediable conflicto en múltiples niveles y de diversas magnitudes, haciendo limitando el provecho real de la diplomacia convencional, haciendo más racional una política compromiso con los aliados más cercanos y construir un poderoso aparato de contención económica y militar para contener el impacto del mundo que vendría. Es un momento de definiciones, y las decisiones que se tomen hoy definirán la política mundial en el siglo XXI.