jueves, 26 de mayo de 2011

Strategos #40: DSK, indignados y la política de poder


Una combinación de eventos recientes apunta al debilitamiento de Europa como proyecto unitario. El caso de Dominique Strauss-Kahn (DSK), el hombre que debía salvar al Euro y que pudo ser el próximo presidente de Francia, ha golpeado a los socialistas galos pero, paradójicamente, el golpe ha resentido también a la élite del poder en Alemania (desde políticos demócratas cristianos hasta grandes industriales), el núcleo duro de la UE. En la medida en que se debilitan las economías periféricas de Portugal, Irlanda, Grecia y España, se cuestiona la utilidad del Euro en dichas sociedades. Con una moneda nacional siempre existe la posibilidad de devaluar con el fin de cubrir el déficit fiscal, pero con una Banco Central Europeo (convenientemente ubicado en Francfort) la maniobra se imposibilita.
Los gobiernos de las economías menos eficientes se encuentran entre la espada del descontento social y la pared de la rigidez macroeconómica de la eurozona.

Por su parte, los llamados "indignados" responden al descontento con la clase política española, pero también encajan en lo que magistralmente Ortega y Gasset definió como "la rebelión de las masas", un producto de las frustraciones relativas de individuos acostumbrados a pensar que las ventajas que ofrece la modernidad occidental son derechos inherentes y que no deben ser conquistadas con trabajo, sino reclamadas con fervor, asumiendo que es el deber del Estado suplir todo aquello que como personas no logran. En medio de estas fuerzas disgregadoras se encuentra la Unión Europea, el tercer proyecto de expansión geopolítica de Alemania, infinitamente más sensato, pacífico y cooperativo que los que llevó adelante en el siglo XX. Pero este tercer proyecto ya encontraba críticos y resistencias en 1992, año de la firma del tratado de Maastricht.

Sobre el acuerdo, Margaret Thatcher afirmaría que se le había dado pacíficamente a Alemania todo aquello que se había negado en dos guerras mundiales. Y no era (ni es) una opinión aislada, pues desde el este y el oeste grandes potencias han aprovechado los conflictos fratricidas europeos. Cada revés de la UE (como su constitución o su proyecto de fuerzas armadas europeas) es una conquista geopolítica para una Rusia que no desea ver surgir una superpotencia a su lado, y que mantiene un mercado energético cautivo. Mientras que del otro lado se asoman unos EEUU que reafirman su autoridad política y militar sobre un continente vital para sus intereses eurasiáticos. 

Los casos DSK e Indignados no son eventos sin consecuencias internacionales. Aunque todas sus causas no sean estrictamente geopolíticas, sus potenciales secuelas amenazan con mezclarse en el coctel de fuerzas estructurales y coyunturales que fracturan a la UE, y que entran en la cruda lógica de la política de poder mundial en una inestable etapa de transición histórica.