En pocos meses se cumplirá una década del inicio de la guerra en Afganistán, y la evacuación total de tropas occidentales está planeada para ser completada en 2014, lo que ha puesto a prueba a la impaciente opinión pública de las democracias en guerra. La guerra siempre ha sido un asunto complejo y poco dado a ofrecer garantías, pero la operación Tormenta del Desierto, quizá la más fiel heredera de la guerra relámpago de la triunfante Alemania de finales de los treinta y principios de los cuarenta del siglo XX, parecía ser capaz de borrar los traumas de las grandes potencias en sus conflictos asimétricos (Francia en Indochina y Argelia, EEUU en Vietnam y la URSS en Afganistán, por citar tres claros y populares ejemplos).
El empleo de la tecnología de punta, especialmente en áreas como la telemática y la telemetría, o el involucramiento de la electrónica en la maniobrabilidad aérea (aviónica), permitieron el desarrollo de nuevas tácticas, al punto que la fórmula militar C3 (Comando, Control y Comunicaciones) pasó a C4 (Comando, Control Comunicaciones y Computadoras). Mas todo esto no ha sido suficiente.
La realidad que nos revela Afganistán, y de la cual Obama quisiera desentenderse, por obvias razones electorales, ya no sólo sale de los labios de uniformados, siempre subordinados en genuinas democracias, sino ahora también del muy civil y flamante Secretario de Defensa de los EEUU. León Panetta ha dicho algo que, de no ser tan elegante y oportunamente expuesto, podría inferirse de la polémica entrevista al retirado general McChrystal, o más sutil y brillante Petraeus, y es que no se ha obtenido el resultado esperado en Afganistán y una anunciada retirada podría ser perjudicial para los objetivos y la moral de las fuerzas.
La fecha de 2014 le permite a Obama llevar adelante su campaña con una poderosa promesa en su abanico de ofertas electorales, pero ello no significa que cesarán las fricciones entre la Casa Blanca y el Pentágono. Panetta ha interpretado se modo agudo el problema de la retirada y lo máximo que puede hacer es brindar tiempo a su jefe para que salga airoso de la campaña y luego tenga que replantear el calendario militar.
Lo cierto es que las guerras largas han vuelto y no parece que el ambiente multipolar facilite la posibilidad de conflictos relámpagos, tan populares en las democracias avanzadas.