viernes, 29 de julio de 2011

Runrunes Diploos: ¿Al cuerno con el Cuerno?: porqué la ayuda humanitaria no funciona

El Cuerno de África es una zona contrastante, pues combina una privilegiada ubicación geográfica en la ruta de grandes mercados mundiales, con las más endémicas inestabilidad y pobreza. Periódicamente, la zona genera interés en la opinión pública mundial por causas lamentables vinculadas al clima, la guerra y el hambre, y precisamente ahora una importante hambruna azota al Cuerno. Según datos de la ONU, 1 de cada 10 niños podría morir de inanición en el corto plazo, lo que ha reiniciado el ciclo de ayuda humanitaria que pasa por las etapas que muestra el siguiente gráfico:


Fa
 

La frecuencia del círculo vicioso en el que entra la ayuda internacional humanitaria, ha generado una categoría conocida como “fatiga de la ayuda”, que no es más que la frustración de los donantes (privados y públicos, nacionales y multinacionales) al ver que la situación que pretenden resolver no mejora, lo que les hace pensar que el caso está perdido y cortan los fondos destinados a la ayuda. En este punto, y considerando lo dramático de la situación, las preguntas que naturalmente surge son: ¿por qué sucede esto? y ¿qué hacer para que no se repita el ciclo? Como todas las respuestas políticas, las de estas preguntas no son fáciles ni perfectas.
El mismo gráfico nos indica dónde se desvirtúa el objeto de la ayuda humanitaria, en la corrupción. Este fenómeno es parte de la naturaleza humana, pero hemos creado mecanismos para disminuir sus efectos nocivos, y éstos son las instituciones. Los Estados fallidos son, por definición, deficitarios en instituciones, las estructuras premodernas de corte personalista y de lógica tribal son la marca de sociedades ancladas en etapas muy primitivas del desarrollo. Este déficit institucional deja en manos de individuos concretos las decisiones, pasando a ser los intereses personales los árbitros últimos del destino de millones, y siendo la ambición no contenida por estructuras avanzadas de control, la medida de todas las cosas. La lucha por el control de los recursos que llegan del extranjero genera un efecto que va más allá de la mitigación temporal del problema, y es el financiamiento indirecto de nuevas luchas por el control del botín. Como una renta externa, la ayuda humanitaria pervierte la estructura de incentivos, y la decisión más racional es el apoyo a los bandos fuertes, aquellos que pueden administrar el flujo que viene de fuera, con lo cual se pasa de la corrupción a la violencia y la ingobernabilidad, dado que esos bandos intentan maximizar sus beneficios a sabiendas de la potencial extinción de la ayuda por causa de la fatiga que ellos mismos generan en los donantes.
La primera solución al problema sería involucrarse más en la administración de la ayuda y romper el círculo vicioso justo en su eslabón corrupto. Pero esto implica un acuerdo entre potencias para que la ayuda incluya su propia fuerza de tarea, es decir, una intervención militar multinacional a gran escala, con el firme propósito de llevar adelante la labor de construir instituciones (y naciones enteras). La sola idea debe encender en el lector dos alarmas: la primera, las intervenciones son operaciones que, si no son bien justificadas, resultan odiosas y generan el rechazo de aquellas fuerzas que estén marginadas de ellas o que se vean afectadas por las mismas. La segunda alarma es que no hay incentivos suficientes para que grandes potencias inviertan tiempo, dinero y capital político en ayudas inciertas, ya que, después de todo, ¿cuántos Estados ha sido reconstruidos con éxito en zonas de estructural subdesarrollo? Las probabilidades atentan contra el realismo de la primera solución.
La segunda solución es quizá aun más polémica: no actuar. Sin financiamiento, los bandos corruptos no podrán alimentar sus aparatos de control y violencia y, al menos en una lógica económica, se extinguirían. Pero con ellos se iría la vida de millones de inocentes, un costo que la conciencia de la humanidad no está dispuesto a pagar, aunque racionalmente se sepa que el Cuerno de África es un saco roto y que cada dólar que se destina a la ayuda humanitaria empeora con cada ciclo en una dinámica trágica sin fin.
Las soluciones son políticamente incorrectas, y es por eso son escasas las probabilidades de que puedan ser asumidas en el actual ambiente moral, político e intelectual del mundo. Sólo la experiencia podría llevar al convencimiento de extinguir dichos focos de inestabilidad internacional y centros para la formación y reclutamiento para grupos radicales, cuyo mensaje es mejor asimilado en ambientes de desesperación y precariedad.