La tesis del gobierno venezolano fue comprada por la OPEP: la Faja Petrolífera del Orinoco pasó de ser bitumen de bajo rendimiento económico, a ser reserva certificada de hidrocarburos. El reconocimiento de las reservas venezolanas, que ahora se ubican en un orden equivalente a 264.516 millones de barriles de petróleo, el primer lugar del planeta, según OPEP, hace que el país de un salto cuantitativo con respecto a su importancia mundial en la era del petróleo. Pero lo que realmente debe ocuparnos es el giro cualitativo que hemos venido experimentando, y que se acelera ante el anuncio del crecimiento de nuestras reservas en un 40% en menos de dos años. Este giro es el mismo que, en nombre de convertirnos en sujetos de la acción política internacional, no está haciendo, cada vez más, objeto dentro de la dinámica del poder mundial.

El politólogo Zbigniew Brzezinski asomó dos categorías que podrían ser útiles para explicar nuestra preocupación de hoy: jugadores geoestratégicos y pivotes geopolíticos. Los primeros son grandes poderes mundiales o regionales, con capacidad para realizar cambios en el sistema que los alberga con el decidido propósito de adaptarlo a sus intereses. Un jugador geoestratégico modela al mundo en una medida mayor en la que éste lo modela a él, y sus atributos económicos, tecnológicos, militares y culturales, sostienen a una diplomacia capaz de perseguir de modo eficiente el interés nacional. Por otro lado está el pivote geopolítico, de carácter mucho más pasivo, pero de gran importancia en el escenario, pues su función en el mismo es la de ser objetivo de las apetencias de los jugadores geoestratégicos. Los pivotes geopolíticos deben su valor internacional a su ubicación geográfica privilegiada y/o sus recursos naturales.

El proyecto revolucionario venezolano se ha declarado promotor de la multipolaridad (“pluripolaridad” en la nomenclatura del chavismo, aunque sobre esto no hay mayor explicación). Su deseo expreso es transformar el orden internacional, y para ello ha dedicado ingentes recursos nacionales en la construcción de alternativas que, en honor a la verdad, han tenido una significativa incidencia temporal en sub-conjuntos regionales como Los Andes, Centroamérica y el Caribe, pero con un bajo impacto en el sistema internacional. Podríamos decir que, como buena potencia revolucionaria, la Venezuela bolivariana ha tratado de ser un jugador geoestratégico, pero dado el déficit relativo con respecto a los poderes establecidos, emergentes y re-emergentes, el intento puede ser considerado patético. En la búsqueda de garantías, el gobierno venezolano ha involucrado a más de una docena de potencias en el Faja y ha ganado líneas de crédito con agresivos Estados como Rusia, China y Brasil (verdaderos jugadores). El despliegue de esos intereses en nuestras tierras, que siguen dentro de la esfera de influencia estadounidense, nos han hecho cada vez pasivos ante los juegos de poder mundiales. Vivimos del modo más crudo la paradoja de las revoluciones en sociedades débiles, pues bajo nuestros pies yace una riqueza computada por los intereses de los nuevos príncipes de esta multipolar etapa histórica. La paradoja, que pesa tanto como nuestros casi 265 millardos de barriles, es que en la búsqueda por el protagonismo mundial, nos hemos convertido en un pasivo trofeo geopolítico.