jueves, 7 de julio de 2011

Strategos #46: Stalin en la geopolítica del siglo XXI


Cuando se imparten asignaturas sobre política internacional se hace imperioso abordar el espinoso tema del interés nacional y su definición. Por más persuadidos que estemos del axioma realista según el cual el interés nacional es definido por la élite gobernante circunstancial, un ejemplo obligado siempre surge al auxilio de las variables permanentes que impone el medio físico, nos referimos al ejemplo ruso.
Zares, comunistas y nacionalistas se han sometido, más allá de sus intereses y orientaciones, a la realidad geopolítica del gigante eurasiático. Tener salida a los mares cálidos, controlar Asia central y el Cáucaso y mantener una posición dominante en Europa, fueron y son objetivos comunes a los Romanov, al Partido Comunista de la Unión Soviética y a la Nueva Rusia.

Stalin, que tenía un implacable sentido de la geopolítica (quizá por ser un georgiano y tener esa visión de conjunto de las naciones marginales en el sistema internacional), generó una dinámica de poder que sigue siendo relevante para la comprensión de la política mundial en el siglo XXI.
Dejamos de lado asuntos tan importantes como el control de las Islas Sajalín y Kuriles en el Pacífico, y el proceso rusificación soviética a través de las migraciones forzadas, para concentrarnos en la importancia estratégica del enclave de Kaliningrado. La antigua Prusia Oriental (cuna de Kant), cercana al corazón de Europa, fue anexionada por órdenes del dictador soviético en la última etapa de la Segunda Guerra Mundial. A pesar de haber conquistado medio continente y colocar allí a gobiernos títeres, Stalin sabía que sólo la soberanía plena sobre un espacio plenamente europeo podría garantizar a futuro la presencia rusa, y no se equivocó.

La expansión de la OTAN hacia Oriente afecta la seguridad rusa, pero deja dentro del área que ésta ocupa a un puesto de avanzada de Moscú, lo que sirve para reequilibrar del precario balance de poder.
Ante los planes estadounidenses de crear un escudo antimisiles partiendo desde Europa oriental, Rusia viene amenazando con activar sistemas balísticos de mediano alcance en Kaliningrado, lo que dejaría a toda Europa a merced de la retaliación. Este es un factor que se reconsidera periódicamente cada vez que retoma impulso la iniciativa de Washington.

Pero el poderío ruso no se limita a la clásica estrategia de disuasión. Luego del desastre de Fukushima, la opinión pública alemana, alentada por partidos ecologistas, y con la constante presencia de encuestólogos, ha llevado al gobierno demócrata cristiano a desnuclearizar su sistema de energía civil, proceso que debería culminar a más tardar en 2030. Para el mismo período Rusia pretende construir 28 plantas nucleares en Kaliningrado que suplan la merma en la capacidad de generación eléctrica germana, complementando la dieta de gas natural que ya Rusia provee.

Las posibilidades que hoy Rusia puede explotar se deben a decisiones materializadas hace dos tercios de siglo por Stalin, quien sí sabía de geopolítica y que de algún modo sigue presente en los asuntos de política mundial.