viernes, 9 de septiembre de 2011

Runrunes Diploos: ¿Es conveniente capturar a Gadafi?


La respuesta parece obvia, un rotundo sí. Al menos eso es lo que dictan el sentido común, la moral y el Derecho internacional. Incluso algunos puntos de vistas económicos y políticos parecen restar toda sombra de duda al cuestionamiento. La idea de una Libia post-Gadafi pareciera sugerir el derrumbe total de todo el poder del antiguo amo; su prolongado y brutal ejercicio de la autoridad, con el añadido de los últimos meses de guerra, lo colocan como un criminal que ha atentado contra la humanidad; la Corte Penal Internacional se ha hecho eco de las demandas morales y pesa sobre él una orden de captura que lo llevaría a afrontar a la justicia internacional en La Haya; además, es posible que cuente con significativos recursos extraídos del patrimonio libio (se presume que el 20% del oro monetario de la nación haya sido rematado en el mercado negro); y con esa capacidad financiera, y sus contactos políticos y paramilitares africanos, podría mantenerse como una amenaza latente contra la gobernabilidad en Libia.

A pesar de la contundencia de los argumentos esbozados, vale la pena afrontar estos complejos problemas políticos con ciertos criterios que vayan un poco más allá de la superficie, sin temor al pensamiento contraintuitivo. Una rápida revisión al Comité Nacional de Transición (CNT) arrojaría lo que es por todos conocido: es un consejo asimétrico de fuerzas dispares, algunos vienen de largos años de resistencia y oposición, otros gozaron hasta hace unos meses de la plena confianza de los Gadafi y su círculo íntimo. Laicos e islamistas, modernizadores y tradicionalistas, incluso se ha leído de algunas voces pro-monárquicas que clamarían por restablecer a los al-Senussi en el trono arrebatado hace 42 años. El ambiente que esta confederación de tribus puede generar se enrarece aun más cuando se consideran las armas que circulan a lo largo y ancho de Libia por causa de una guerra que no ha terminado. La gobernabilidad es necesaria, y la cohesión del CNT tendría que ser la base de la nueva gobernabilidad. Lo que los une son los mismos factores que, según las teorías dominantes en ciencia política sobre alianzas y coaliciones, son capaces de crear cooperación en un ambiente conflictivo: los intereses y las amenazas comunes.

Es cierto que la gobernabilidad es un bien en sí mismo, pero en un petro-Estado esto es insuficiente, pues la renta se convierte en el centro de gravedad en torno al cual gira el (des)orden político. Los actores con la habilidad de convertirse en captadores de renta (rent-seekers) tienen las mejores oportunidades para imponer sus ideas y valores. En un entorno desarticulado, propio de una transición violenta como la que experimenta Libia, la renta, que puede ser una bendición cuando se cuenta con fuertes instituciones, tiene el potencial de convertirse en el origen de la conflictividad. En ambientes desintitucionalizados, los intereses pueden generar efectos nocivos para la cohesión inter-élites y, por tanto, para la gobernabilidad. Pero es allí donde entran las amenazas comunes. Si Gadafi es capaz de mantener una resistencia significativa, pero que no interrumpa el flujo de hidrocarburos a los mercados internacionales, puede convertirse en un interesante factor de cohesión para el CNT y, paradójicamente, de gobernabilidad mínima para una Libia en transición. No insinuamos que una situación así pueda sostenerse indefinidamente, ni que las amenazas comunes sean siempre la mejor fuente de cohesión entre actores dispares, pero en cortos periodos de tránsito político, un Gadafi furtivo, amenazante, aislado y desprestigiado, puede ser de utilidad para la nueva Libia. Visto así, la respuesta no es tan obvia.