miércoles, 7 de septiembre de 2011

Strategos #55: Diez años de guerra


Esta semana finalizará con la conmemoración de los diez años de los ataques terroristas al World Trade Center y el Pentágono. Estos eventos marcaron el inicio de una nueva estrategia para los EEUU, pero que ha tenido consecuencias para todo el mundo, pues el alcance mundial de las nuevas doctrinas, y la naturaleza multiforme de la insurgencia global que comenzó a representar al-Qaeda a los ojos de la opinión pública, no sustituyó a las formas convencionales de conflicto ni a la disuasión con armas de destrucción masiva, sino que hicieron ampliamente conocida la incorporación de una nueva estrategia de combate que estaba fuera del imaginario colectivo general de Occidente.

En la última década fuimos testigos, no de una transformación de la guerra, sino de la ampliación de la guerra. La violencia con fines políticos ha dejado de lado la lógica paradigmática, es decir, un tipo de guerra no sustituye a otro, sino que se suma a las formas ya conocidas. Hoy todas las formas de guerra que la humanidad ha practicado se encuentran en ejercicio o están latentes, cada una adaptándose a las condiciones socio-económicas y tecnológicas que presenta la realidad. El reto para los Estados es adaptar sus fuerzas armadas a un ambiente multifacético en el que la polifuncionalidad es una necesidad directamente proporcional a la influencia que se quiera ejercer en el sistema internacional. El dolor de cabeza de las grandes potencias arreció después del 11-S, dado que la especialización en conflictos convencionales, y la orientación hacia intervenciones motivadas por conflictos étnicos o religiosos de finales del siglo XX, no abarca satisfactoriamente las demandas de la guerra contraterrorista en un teatro de operaciones ampliado.



Pero como en toda etapa estratégica, se generan mecanismos de lucha propios de su época. La primera reacción al 11-S fue hacer concreto a un enemigo difuso, lo que condujo a responsabilizar a un Estado, Afganistán, de los ataques. El fiasco de Irak ofreció la posibilidad de ganar experiencia en la guerra contrainsurgente bajo las condiciones tecnológicas del siglo XXI. Irak y Afganistán, como teatro de operaciones, se han retroalimentado mutuamente con nuevas doctrinas de combate, las mismas que han sido puestas a prueba parcialmente en la intervención Libia, en donde se asumido que la guerra, aunque sigue siendo un instrumento útil, es cada vez menos tolerable por la sociedad abierta, lo que ha implicado una fuerte inversión en tecnología militar que permita llevar el conflicto hasta el enemigo, sin comprometer a los propios combatientes, al tiempo que se cultivan vínculos con fuerzas nativas, lo que ha re-politizado a la guerra. El balance estratégico de estos diez años sin duda será un insumo ineludible para historiadores, políticos, analistas y guerreros en el siglo XXI.