jueves, 27 de octubre de 2011

Strategos #62: Liderazgo mundial

Invito a los lectores a dar un paso atrás para ver el bosque en su conjunto, antes de distraernos con los árboles del día a día de la política internacional. El valor del comentario de lo cotidiano aumenta cuando se plantan referentes generales que nos permiten unir los hechos inmediatos con las macrotendencias históricas. El primer referente de esta columna siempre ha sido la multipolaridad como proceso en desarrollo. La distribución del poder en un espectro más amplio de actores, está creando condiciones para una mayor inestabilidad mundial.

Como regla general en la multipolaridad, las alianzas son menos confiables y las ventanas de oportunidad para el uso de la fuerza se multiplican en tanto las instituciones se debilitan. En suma, el mundo genera nuevas oportunidades, al tiempo que se hace más peligroso. Pero esa macrotendencia, por lo demás cíclica, está siendo acompañada por un fenómeno adicional que llamaremos "crisis de liderazgo", a falta de un término más apropiado. La crisis del liderazgo mundial que experimentamos no está referida a la idea de falta de líderes, ni a una decadencia en la dirección política. El fenómeno se refiere a una debilidad relativa de los principios que rigen la acción de fijar el rumbo de las sociedades y a la esporádica, pero cada vez más frecuente, degradación en la calidad político-intelectual del liderazgo, sobre todo en asuntos exteriores y en la capacidad de gestionar conflictos creativamente y de prever los que se avecinan. Esto se está presentando con fuerza en el mundo occidental. Las fórmulas de liderazgo personalistas, con la energía que en el corto y mediano plazo caracteriza al empuje de los hombres fuertes (Rusia), y las más sofisticadas formas de dominación política burocrática, que se sostienen por tradiciones administrativas (China), distan de las formas de gobierno que se sostienen en la legitimidad que ofrece y exigen las sociedades abiertas. 

Paradójicamente, el éxito diplomático, económico y militar de las democracias avanzadas, ha servido para crear las condiciones de un liderazgo sumido en la rutina y en la reivindicación de intereses domésticos, lo que no estimula la selección de estadistas, sino de individuos populares con limitadas capacidades para imponer sus criterios bajo una interpretación a largo plazo del interés nacional y la estabilidad internacional. En dicho ambiente de crisis de liderazgo mundial, y como no hay vacíos en política, han ganado notoriedad, además de las fórmulas rusa y china, liderazgos mesiánicos dados a explotar la retórica del oprimido en su sentido más amplio. Ese liderazgo, contrario a los valores occidentales modernos, y de muy poco provecho para sus propias sociedades, es proclive a incrementar la incertidumbre del sistema. Pero antes de responsabilizarlos, resultaría conveniente revisar qué viene sucediendo dentro de las élites del mundo desarrollado.