miércoles, 2 de noviembre de 2011

Strategos #63: Derecho a intimidar

Desde tiempos de la primera etapa de la Guerra Fría, los Estados Unidos han tenido la posibilidad de infringir un daño terrible a la población e infraestructura rusas por medio de las armas nucleares. Primero, con los bombarderos de largo alcance, y luego, con los misiles de largo y mediano alcance, unos ubicados en el propio suelo norteamericano y otros en el extranjero y en submarinos. Hasta 1949 duró el monopolio nuclear americano, y menos de una década después la puesta en órbita del Sputnik-1 equilibraba el balance estratégico, ya que la tecnología soviética demostraba capacidad balística sin precedentes. Los tratados de reducción de armamento estratégico han supuesto el desarme de las potencias nucleares aceptadas por el Derecho Internacional. Además, la desaparición de la Unión Soviética no supuso la desaparición de la posibilidad de destrucción mutua. En el caso ruso esta amenaza ha sido mayor desde que Gran Bretaña y Francia entraron en el exclusivo club nuclear, y cuando a finales de los 60 la URSS estuvo al borde la guerra con China. 

Pero, si la amenaza sobre Rusia sigue en pie, ¿por qué Moscú se preocupa tanto por el escudo defensivo antimisiles de la OTAN? Estos misiles tierra, aire tienen alcances medio y corto, y cumplirían funciones de intercepción, es decir, son fuerzas defensivas. Si son así, ¿por qué a los rusos les inquieta más un sistema de armas defensivo que un complejo de sistemas de destrucción masiva que históricamente ha apuntado a sus más caros intereses? La respuesta está en la comprensión del uso de la fuerza. La fuerza no sólo tiene la doble función ofensiva-defensiva, también están las funciones de alarde y disuasión.

En la primera de estas dos últimas, los actores internacionales exhiben su potencial militar, real o no, con la finalidad de ganar prestigio e infundir temor, y en muchos casos el mensaje es a sus propias poblaciones. En la segunda, la idea es enviar un mensaje al adversario, convencerlo de que, si bien puede atacar y alcanzar importantes éxitos tácticos, deberá afrontar el costo estratégico y político del contragolpe.
El escudo antimisiles de la OTAN comprometería las capacidades de alardear y disuadir de Rusia, lo que pone en riesgo, sobre todo, su capacidad intimidatoria combinada frente a sus vecinos occidentales, sobre los que ha querido influir desde tiempos de Pedro el Grande. Para una gran potencia carecer de esa capacidad en su propia región es equivalente a renunciar a su rol como protagonista internacional.
El próximo año se espera una cumbre OTAN-Rusia en la que cada bando expondrá, más que sus razones, sus herramientas de negociación más allá del escudo, y donde creemos que el factor hidrocarburos tendrá un lugar privilegiado.