miércoles, 16 de noviembre de 2011

Strategos #65: Diplomacia Árabe

En la entrega del 18 de mayo de 2011 de esta columna, advertimos sobre las dificultades inherentes de una intervención en Siria, en comparación con la que se realizó en Libia. En aquella oportunidad nuestro argumento giraba en torno a dos factores, uno estable, la geografía, y otro variable, las alianzas. En el caso de Siria podríamos repetir que es un pivote geopolítico, una pieza intermedia en una compleja estructura de seguridad, y si bien no es un  actor mayor, su estabilidad tiene un potencial conflictivo en la región. No obstante, el piso político de al-Assad se mueve bajo sus pies, pues la Liga Árabe ha expulsado a Siria luego de haberle brindado al régimen de 40 años la oportunidad de reformarse. Ante esto, surgen dos preguntas: ¿es la expulsión de la Liga Árabe una condición suficiente para la intervención?, y ¿hay algo más allá de la condena a la represión que esté motivando tan dramática decisión?

Siguiendo la línea de análisis que hemos sostenido a lo largo de este año, podemos responder a la primera pregunta de modo negativo. Siria no está exenta de una intervención militar, y no cabe duda que su posición política se ve debilitada al estar fuera de su organización regional (y étnica) de referencia, pero no es esta una condición suficiente para una intervención. Rusia y China han empeñado sus reputaciones al vetar una resolución que pudiese haber abierto esa puerta, e Irán sigue sosteniendo al régimen chií sirio sobre la mayoría sunita de ese país. Además, las condiciones objetivas asociadas a la geografía se funden en el peligro de una intervención en momentos de tensiones diplomáticas entre Teherán y Tel Aviv por causa del proyecto nuclear de la primera; o la más velada confrontación de influencias entre Arabia Saudí y el singular alineamiento táctico egipcio-turco-iraní.

Lo que parece estar más allá de una retaliación derivada de ignorar los reclamos de la Liga, es lo que interpretamos como la intención árabe (recordando que el núcleo de la organización está en las monarquías sunitas del Golfo) de debilitar a sus rivales persas chiíes de Irán. Con unas Rusia y China demasiado lejanas como para proyectar poder en la región, Irán se convierte en el más importante respaldo efectivo de Assad, pero en momentos en los que se le acusa de haber avanzado en su desarrollo nuclear con fines militares. El mensaje árabe a Damasco parece tener el propósito de forzar la tensión entre Siria e Irán en el momento en el que el aliado mayor le exija al menor moderarse a cambio de no llegar al desastroso escenario del involucramiento iraní en la guerra civil siria, lo que cambiaría las condiciones propuestas en el Consejo de Seguridad y serviría como justificación para acciones de fuerza contra la teocracia. En tiempos de crisis, la Liga Árabe demuestra una sutil pero agresiva diplomacia que no debemos perder de vista.