miércoles, 30 de noviembre de 2011

Strategos #67: Doctrina Santos

Entre los círculos políticos, académicos, militares y medios de comunicación colombianos, se da por sentado que la política seguida por el presidente Juan Manuel Santos hacia Venezuela antepone de manera protagónica la restauración, o al menos alguna recuperación, de las ventajas comerciales que Colombia había obtenido por un proceso histórico dual, en el que mientras nuestros vecinos se lanzaron a la modernización y el liberalismo, nosotros experimentamos la degradación de nuestra capacidad productiva, atrofiando nuestra ya escasa habilidad para exportar. Los altos precios del petróleo, y el interés del gobierno venezolano por suprimir fuentes privadas de financiamiento hacia algún rival competente, hicieron el resto. Nos convertimos en un ejemplo de libro de texto para explicar las patologías políticas, económicas y sociales del rentismo. Esa política de diálogo forzado, de complacencia pública y de acuerdos secretos de “coexistencia pacífica”, se ha interpretado, de manera muy acertada, por cierto, como el resultado de demandas domésticas de poderosos intereses industriales y comerciales. Pero esta correcta explicación peca de unidimensional, pues no contempla otro factor, vinculado a la seguridad nacional, que queremos destacar: la política de Santos de “no tocar a Venezuela” también responde al interés de mantener espacios despejados para aliviar la presión de la lucha antisubversiva interna.

Maquiavelo llegó a afirmar que no era prudente arrinconar a un enemigo, siempre se le debía dar una oportunidad de escape, pues de lo contrario, al no tener la esperanza de contar con otro día para luchar, la desesperación lo haría más agresivo. No obstante, esto va a contra corriente con lo que hoy sabemos sobre las insurgencias en el mundo, pues está históricamente demostrado que grupos irregulares exitosos contaron en su proceso de lucha con santuarios que le permitieron recuperar sus bajas, reorganizarse, armarse y financiarse. ¿Es entonces errada la estrategia colombiana? Debemos considerar dos factores para acercarnos a una respuesta satisfactoria a esa pregunta. Primero, poder real: las Farc viven una etapa oscura de su historia, la reducción de sus filas convive con el fenómeno del acortamiento de los lapsos entre la muerte de un comandante y el siguiente. Eso nos conduce al segundo factor, tiempo: la dinámica de hechos pone al tiempo a jugar del lado del Estado colombiano, asumiendo su gobierno que la inercia está entre sus mayores ventajas. Bajo esas condiciones, dejar que el enemigo huya, fomentando el ambiente de tensión que generó la ventaja económica, parece una buena estrategia en el corto plazo.

El mediano y largo plazo ya son otra cosa. Ni Colombia, ni ningún otro Estado en el mundo, le conviene compartir fronteras con otro que sea santuario de enemigos, o peor aun, que pierda capacidades estructurales de control territorial y se convierta en sí mismo en una amenaza. El realismo de Santos, si es consistente, posiblemente lo conduzca a formular escenarios de cooperación orgánica de seguridad con un próximo gobierno venezolano. Por lo pronto, su política funciona, lo que constituye un poderoso estímulo para mantenerla.