martes, 27 de diciembre de 2011

La diplomacia del genocidio

Desde hace 10 años Francia reconoce el genocidio armenio, perpetrado por el Imperio Otomano entre 1915 y 1923 y en el cual perdieron la vida entre 1 y 1.5 millones de armenios cristianos, pero apenas hace unos días la legislación francesa criminalizó la negación del genocidio armenio (como ocurre en muchos Estados europeos con respecto al holocausto judío). Como parte del inicio de lo que podría convertirse en una reacción en cadena, legisladores de Israel han abierto el debate público sobre el reconocimiento del genocidio armenio. La evidencia histórica demuestra que, en efecto, el genocidio ocurrió, y si la mayoría de las potencias occidentales -en especial los EEUU, Gran Bretaña y Alemania- no lo han reconocido, es porque la membrecía de Turquía a la OTAN implica una ventaja geoestratégica formidable para la alianza.

No obstante la participación de Turquía en la alianza atlántica, Ankara viene ejerciendo una política exterior cada vez más autónoma desde la llegada al poder de Recep Tayyip Erdoğan, y en esta misma columna reseñamos que: “Lo que busca Turquía es posicionarse como una potencia media, aprovechando sus indiscutibles ventajas geopolíticas. Su capacidad de ejercer influencia regional dependerá de asumir con tacto las causas que podrían colocarlo como líder simbólico de su antiguo espacio imperial. Pero la situación no es sencilla, la imagen turca debe moverse en el plano de identificación islámica en el exterior, por no ser una sociedad árabe, pero sin quebrantar el delicado equilibrio de moderación que ha logrado establecer el gobierno. Además, debe confrontar medidas de sus aliados occidentales, pero sin correr el riesgo de romper con la OTAN, su paraguas de defensa.” (Tal Cual: 21/11/11). Ello la ha llevado a ejercer una política desafiante, alejándose de Israel y aproximándose a Irán y al incierto Egipto post-Mubarak.

La retaliación franco-israelí va más allá de un imperativo moral, que estaría más que justificado, y alcanza un nivel político. El reconocimiento del genocidio armenio debilita la posición diplomática y cultural de Turquía dentro y fuera del Medio Oriente. En un ambiente estratégico internacional en el que el uso de la fuerza directa entre los Estados, sobre todo entre potencias equivalentes en poderío militar, es en extremo costosa, las lesiones a la imagen de los Estados (lo que se conoce como “poder blando”) surge como la mejor alternativa. Esta política es especialmente conveniente cuando el objeto de la sanción no sólo es un poder regional significativo, sino además, se supone que es un aliado.