viernes, 16 de diciembre de 2011

Runrunes Diploos: Ideas para el debate en política exterior (5/5): relaciones con potencias secundarias extra-regionales

El orden multipolar global que nos tocó ver emerger, con reveses, parsimonia y dificultades, nos está mostrando una nueva geografía del poder, una muy distinta a la se conocía en la Guerra Fría o a la que se pensaba que surgiría en la última década del siglo XX. El mapamundi de poder que observamos destaca, como siempre, a los grandes poderes, así como los mapas físicos muestran en relieve las cumbres nevadas, pero además, nos señala nuevas “formaciones” en crecimiento en lugares en donde las planicies dominaron durante siglos. Irán, Israel, Turquía, Arabia Saudí, Egipto, Nigeria, Pakistán y Corea del Sur, por nombrar algunos, son ejemplos de lo que la literatura especializada ha dado en llamar “potencias regionales secundarias”. En nuestro propio marco geopolítico, encajamos en esa categoría, y la pregunta que surge es, en un ambiente de baja mediatización de grandes poderes, ¿cuál debe ser la relación con esos “pares” extra-regionales? La respuesta se halla en el realismo político, pues la relación debe ser de cooperación sin compromisos que expongan nuestros intereses. Pero en el caso de Irán e Israel vale la pena dedicar unas pocas líneas para ir un poco más allá de lo dicho.

Comenzamos con Irán adrede, pues de todas las relaciones con potencias secundarias extra-regionales, es la que tenemos con Teherán la más compleja que tendrá que afrontar un gobierno distinto de Venezuela. Si este artículo se escribiese en Irak, Turkmenistán o Afganistán, por ejemplo, no habría duda, las relaciones con Irán deben mantenerse. La potencia persa tiene a su favor un vasto, complejo, y centralmente ubicado territorio en el corazón de Eurasia; con enormes reservas en hidrocarburos; una población numerosa, saludable y educada; un claro propósito de poderío y prestigio; una interpretación ideológico-religiosa única con bien desarrollados mecanismos de socialización; unas fuerzas armadas experimentadas y tecnológicamente sólidas; y además, con alianzas y alineamientos complejos y poderosos. Los problemas de pugnacidad interna y de potencial crisis de legitimidad dentro de Irán sólo lo hacen más peligroso por lo impredecible. Para un vecino iraní es de gran importancia mantener cordiales vínculos con éste, sobre todo considerando que Irán quiere coronar sus ventajas estratégicas con el mayor instrumento disuasivo: el arma nuclear, siendo poco y arriesgado lo que podrían hacer potencias occidentales para impedírselo. Pero para Venezuela, ¿es inevitable la relación con Irán? Teherán se ha especializado en sobrevivir en un ambiente de sanciones diplomáticas y económicas, sin contar con su experiencia militar en la cruenta guerra contra Irak en la década de los 80. Nuestra sociedad no tiene ni la necesidad, ni la habilidad, para afrontar tan duras pruebas. La conexión con Irán en el marco de la OPEP es de un carácter predominantemente técnico, con elementos estratégicos que han perdido sustrato ideológico. La geografía y la cultura nos separan tanto o más que los intereses nacionales, razones por las cuales el próximo gobierno venezolano debería restaurar la distancia natural con respecto a un Estado inestable y agresivo que seguirá siendo objeto de sanciones que salpicarán a todos aquellos que sean sus socios y que no puedan, a diferencia de China y Rusia, evadir esos efectos.

El caso de nuestras relaciones con Israel representa uno de los mayores ejemplos de imprudencia política en la historia diplomática de los últimos 13 años. Por razones completamente ajenas a nuestros intereses, rompimos relaciones con Tel Aviv, y todo en nombre de una solidaridad muy difícil de argumentar políticamente. Israel se encuentra en una situación conflictiva con la mayoría de los Estados y muchos de los grupos militantes en el Cercano y Medio Oriente, y hasta el atentado terrorista contra la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) en 1994, presuntamente planificado en Irán y ejecutado por Hezbolá, América latina se encontraba al margen de esos conflictos. Al romper relaciones hemos tomado partido por un bando, quebrantando un principio dictado por la prudencia y el sentido común: no asumir beligerancia en un conflicto ajeno a nuestros intereses. Vínculos históricos y culturales unen a la sociedad venezolana con la israelí, y la ruptura ha generado problemas a venezolanos judíos, contrariando la obligación de todo Estado democrático de favorecer a sus nacionales. Además, la experiencia anti y contraterrorista de Israel puede ser de gran utilidad en una transición que, como todos los ejemplos históricos, puede hacernos encarar eventos violentos por la penetración de grupos armados y la resistencia de fuerzas no democráticas. En suma, para evitar tomar partido en conflictos que no entran en nuestro espectro de intereses, y en reciprocidad a una comunidad que ha dado, y tiene mucho por dar a Venezuela, un próximo gobierno debe restaurar las relaciones Israel en un marco de cooperación, pero entendiendo que los compromisos no pueden ser permanentes en un sistema internacional tan inestable.

Con esta nota terminamos esta serie de artículos titulada “Ideas para el debate en política exterior”. Lejos está de ser una exhaustiva fórmula para el éxito internacional, es sólo un ensayo en cinco partes que ofrecemos para la reflexión y la discusión, siempre bajo condiciones tentativas y de incertidumbre, y en marcada bajo un signo tan incrementalista como realista.