miércoles, 21 de diciembre de 2011

Strategos #70: El rol de Irak

Ahora que las tropas americanas salen de Irak, ¿cuál será el nuevo rol de esta otrora activa potencia regional? El Irak de Saddam jugó, al menos, dos roles regionales. Cuando el líder iraquí (suní, laico y socialista árabe) se convirtió en Primer Ministro, la revolución islámica chií iraní estaba en su etapa inicial. El temor que despertaba este ensayo republicano y teocrático en la región, y más allá, le permitió a Irak jugar el rol del contenedor, una potencia militar, árabe, laica, suní y racional. Este papel le dio el beneficio de contar con jugosos créditos desde las monarquías del Golfo, a cambio de combatir a los enemigos persas, y se convirtió en un referente para las superpotencias, recibiendo ayuda militar por parte de americanos y soviéticos, que veían con recelo el cambio que ocurría en Irán. Saddam y el partido Baaz lograron la estabilidad interna a través de la guerra y del rol del contendor, pero en 1990 decidieron cobrar caro sus servicios y el rol de Irak cambió.

Entre la invasión a Kuwait y la ocupación de los EE.UU., Irak fue percibido como una amenaza a la seguridad. De jugar un rol policial, pasó a ser un desafiante del orden, con distintas etapa de poder a lo largo de esos 13 años. El Irak amenazante convivió con un Irán disminuido por la caída de los precios del petróleo y con un liderazgo más tendiente a la conciliación y al “diálogo de civilizaciones”. Ese temporal giro persa, y la agresividad mostrada por Irak contra su vecino del sur, condenaron al final al régimen baazista de Saddam.

Desde la derrota de las menguadas fuerzas iraquíes en 2003, hasta la retirada de 2011, Irak fue un teatro de operaciones de la guerra contrainsurgente en medio de una transición política que dio el mando a la mayor minoría del país, los árabes chiíes. En el ámbito regional no ha jugado el rol que su potencial de poder, su ubicación geográfica y su historia le adjudican. Pero están operando cambios geoestratégicos en la región: Turquía juega a ejercer una política exterior con mayor autonomía; Irán parece decidido a hacer valer sus capacidades y convertirse en una potencia regional; Israel considera que no puede contar siempre con su tradicional aliado; Arabia Saudí lleva adelante un impresionante gasto militar bajo una mentalidad de sitio; y Egipto parece reincorporarse a la política del Medio Oriente luego de tres décadas de hibernación. Irak sigue teniendo problemas de gobernabilidad, pero su rol natural apunta a ser el de balanceador. Es difícil pensar en un Irak sometido a Teherán, como funciona en el caso sirio, pues el orgullo nacional y las heridas de la guerra serán, sin duda, un elemento de socialización en la nueva era. Ello nos deja con un Irak chií, pero con fuerzas kurdas y suníes que se harán escuchar. El desarrollo del nuevo nacionalismo iraquí es un imperativo político que posiblemente generará una política exterior de compromisos selectivos y temporales con los objetivos de evitar hegemonías, conflictos étnico-religiosos y hacerse indispensable en la nueva arquitectura de seguridad regional.