viernes, 20 de enero de 2012

Runrunes Diploos: Rangel Silva y el aislamiento relativo

Mientras en Caracas la juramentación en cadena nacional del nuevo ministro de defensa, el cuestionado general Henry Rangel Silva, acaparaba la atención del país y de los servicios de inteligencia del hemisferio, otros dos ministros de la defensa suramericanos, civiles y con una destacada hoja académica (y uno de ellos con una larga trayectoria diplomática), se reunían en Brasilia con la intención de estrechar lazos en materia de seguridad común para Brasil y Colombia. Celso Amorim y Juan Carlos Pinzón discutieron sobre la creación de un centro integrado de información para la Amazonia, mismo que tendrá como objetivo brindar insumos de inteligencia a ambos Estados para el combate de las actividades ilícitas en esta delicada e inhóspita región.  Sobre esto surgen dos interrogantes, la primera: ¿cómo Brasil y Colombia pasaron de una fría cordialidad mediada por la alianza de la segunda con los Estados Unidos, a un estadio de acuerdos en materia de seguridad?; y la segunda ¿por qué Venezuela, que también es un Estado amazónico, no forma parte de esta iniciativa de seguridad regional?

La primera pregunta consigue buena parte de su respuesta en la política de alianzas que asumió muy tempranamente la administración Obama. Siguiendo las ideas del Smart Power, que no es otra que sino una esnobista forma de referirse a la estrategia exterior de compromisos selectivos, los Estados Unidos causaron un enfriamiento en sus alianzas con Egipto, Israel, Pakistán y Colombia. Bogotá pasó por una breve etapa de semi-aislamiento político en el interregno Uribe-Santos, y con la llegada del segundo se replantearon las relaciones bajo un esquema de autonomía y diversificación que condujo a la Secretaría General de la Unasur, un organismo multilateral que Uribe había catalogado de “innecesario”. Damos como un hecho que la Unasur es un instrumento del proyecto geopolítico de cuño brasileño, por lo que la incorporación plena de Colombia demuestra un importante avance en el mismo, aunque no se haya logrado mayor coordinación en defensa colectiva suramericana y se limite a acuerdos bilaterales.

La otra pregunta apunta directamente a aquello que el gobierno de Venezuela se ha empeñado en negar recientemente, la posibilidad del aislamiento internacional relativo. Los lazos comerciales con la región y los vínculos políticos con los Estados de la Alba, Irán Siria y Bielorrusia, además de los acuerdos militares, energéticos y financieros con Rusia y China, son las cartas que Hugo Chávez muestra para probar su integración al mundo (sin contar la venta regular de petróleo a los Estados Unidos, principal socio y rival). No obstante, mientras en Suramérica se tejen lentamente lazos de cooperación de seguridad entre las potencias regionales, Venezuela es relegada a los roles de mercado y de fuente de materia prima, y siempre bajo la consideración de que es más una amenaza -por su ideología, relaciones y fragilidad institucional- que un garante de la seguridad internacional. El mensaje que lanza Chávez con el nombramiento de Rangel Silva como ministro de defensa está dirigido a la oposición nacional, con ánimo intimidatorio, pero también se emite un mensaje externo que es interpretado como el de un Estado que no quiere, ni puede, asumir responsabilidades internacionales.