miércoles, 11 de enero de 2012

Strategos #72: Banalidad de la amenaza

La política internacional es el reino de las percepciones. Las acciones de los actores políticos en esta arena de luchas y arreglos están mediadas por prejuicios, expectativas e información imperfecta, lo que explica los enormes esfuerzos de los Estados por desarrollar cuerpos y mecanismos de inteligencia que les permitan tomar las mejores decisiones posibles. No obstante, la inteligencia estratégica internacional, como actividad de captación y procesamiento de información acerca de la intencionalidad del otro, es siempre una tarea incompleta, y esos vacíos son llenados por los datos que arroja la percepción. Uno de los efectos paradójicos de esto es que un actor puede jugar con su propia imagen externa y explotar tanto su credibilidad como su desprestigio para generar efectos disonantes.

Es este el juego que practica el régimen norcoreano, antes y después de la muerte Kim Jong-Il, por ejemplo, y es el que están practicando los gobiernos de Irán y Venezuela. Teherán y Caracas tienen una relación histórica basada en la OPEP, pero más allá de esto, los intereses nacionales definidos por los gobiernos de ambos Estados no habían coincidido desde el inicio de la revolución islámica iraní en 1979. Ello cambió con la llegada al poder de Hugo Chávez, en 1999, y más aun, con el arribo de Mahmud Ahmadineyad, en 2003. La reciente visita a Caracas del segundo de ellos (quinta que realiza desde que se convirtió en presidente de Irán), mostró en pleno el juego de percepciones al que hacemos referencia. La intención de ambos líderes es quebrar sus relativos aislamientos políticos, ganar tiempo mientras desarrollan mejores dispositivos de disuasión económica y militar, y crear la sensación del surgimiento de focos de inseguridad internacional en la periferia de los Estados Unidos. Y uno de los instrumentos dispuestos para tales fines es lo que hemos denominado la “banalización de la amenaza”, parafraseando el término “banalidad del mal”, acuñado por Hannah Arendt.

La banalidad de la amenaza es llevar al terreno de lo trivial, e incluso de lo ridículo, las percepciones de amenaza del enemigo, permitiendo reducir los efectos contraproducentes de la amenaza en las mentes de los seguidores, desarmar el discurso público rebajando el contenido de peligrosidad de las acciones llevadas adelante, pero al mismo tiempo, explotando la poca credibilidad de la que se goza en el sistema internacional, sembrando mayores dudas en la percepción del enemigo. Banalizar la amenaza es un mecanismo de control de daños que, mientras no haya conflicto armado, permite maniobrar y ganar tiempo, pero que a su vez, crea las bases para acusar de agresor a aquellos que reaccionen con un firme propósito de detener los planes del agente amenazante, pues compele a una decisión de fuerza si no se quiere asumir los costos de una concreción de la amenaza. En este enmarañado y peligroso juego ha entrado de lleno Venezuela.