miércoles, 25 de enero de 2012

Strategos #74: La ardua tarea rusa

Las sanciones económicas contra Irán han adquirido un matiz más realista del que tenían cuando se limitaban a productos de exportación no petroleros. La economía iraní depende en más de un 95% de sus exportaciones de crudo (de altísima calidad, por cierto), siendo esto su centro de gravedad. La Unión Europea, al imponerle sanciones petroleras, golpea a un quinto de las exportaciones del régimen de Teherán, y para ello cuenta con la asistencia del petróleo árabe, indispensable para mantener a raya los precios. La agresividad de Irán, manifestada en su amenaza de bloquear el estrecho de Ormuz, no encuentra correspondencia con sus capacidades militares reales, llevándolo a apostar a la guerra subversiva y a esforzarse por alcanzar capacidad nuclear disuasiva.

Esta realidad genera un dilema para Moscú, pues mientras desea generar retos a Occidente, y en especial a los Estados Unidos, no puede aceptar de brazos cruzados la proliferación nuclear, y sobre todo cuando se trata de un orgulloso Estado fronterizo que juega a una política exterior de absoluta autonomía. Esto llevó al canciller Lavrov a visitar Teherán la semana pasada. El funcionario se adelantó a las sanciones europeas, por una parte, y a la visita de los representantes de la Agencia Internacional de Energía Atómica (a realizarse entre el 29 y 31 de este mes), por la otra. La tarea asignada al más alto y experimentado diplomático ruso –y quizás uno de los mejores negociadores vivos del mundo- es tratar de balancear diplomáticamente los objetivos de no-proliferación nuclear y de contención regional de Occidente. Rusia, con larga experiencia histórica en asuntos geoestratégicos, sabe que Irán no puede renunciar a su programa nuclear, pero también está consiente del costo que esto representa para su propia seguridad, y del hecho que se ha iniciado guerra de atentados y complots, que pasan por el intento de asesinato del embajador saudí en suelo americano y de los ataques mortales a científicos iraníes vinculados al programa nuclear. La inestabilidad de dicho juego genera mayor incertidumbre para Rusia, que ve la situación tan difícil de prever como de controlar.

Mientras se da todo esto, Rusia no puede ceder ante las presiones de Washington y sus aliados de la OTAN, por el contrario, debe crear un frente de poderes no-occidentales, en el que China ya se ha anotado, para disuadir, o al menos minimizar, las sanciones. Crear una alianza formal con Irán sería un paso hacia el control del régimen teocrático, pero condiciones geopolíticas y culturales dificultan el mecanismo. En un sentido llano, la ardua tarea rusa con respecto a Irán es: torcerle el brazo sin que se vea que lo está haciendo, y que además, Irán no se queje.