viernes, 10 de febrero de 2012

Runrunes Diploos: El hombre enfermo de América latina

De muy poco sirve tener 297 millardos de barriles petróleo en reservas y tener que importar nueve millones de dólares diarios en gasolina a precios internacionales (es decir, precios reales). Tampoco sirve de mucho que el petróleo se mantenga alrededor de los 100 dólares el barril, si la producción nacional es cada vez menor (2.34 millones de barriles diarios, según el Departamento de Energía de los EE.UU., o 2.85 según la OPEP). No hay mucha utilidad si los recursos que ingresan por exportación no alientan a la economía y al resto de la producción, como lo indica el índice de inflación (más de 29% anual, siendo la mayor del mundo). Anunciar que tenemos el mayor gasto público en salud que jamás hemos tenido no tiene sentido cuando se revisa la situación de los hospitales o leemos sobre la muerte de 30 neonatos en un mismo centro. Los planes de seguridad ciudadana también entran en la categoría de lo poco útil (o quizá de lo francamente inútil) cuando hubo más de 19 mil homicidios en 2011, o cuando por incapacidad o negligencia, las fuerzas del orden público no pueden o no quieren desarmar a grupos para-militares y de guerrilla rural o urbana que han “liberado” tanto zonas fronterizas del país como sectores populares en la capital. Los quince millardos de dólares en armas que importamos de Rusia no parecen tener mucho sentido cuando el propio gobierno no sabe explicarnos de forma convincente cuál es la amenaza, o cuando no somos capaces de ejercer simples mecanismos de disuasión frente a las acciones de Guyana con respecto al Esequibo. Por cierto, ¿cuál es la utilidad de la ALBA, más allá de promocionar el modelo político-económico que apenas hemos esbozando en este párrafo?

La lista podría seguir, pero ya hasta aquí cualquier lector podría identificar que algo está mal en Venezuela. Mientras nuestros pares regionales crecen y se convierten en referencia de salud económica y de servicios, nuestro país parece cada vez más hundido en una dinámica de pérdida progresiva de capacidades. Ante el esperado crecimiento demográfico, y ante los retos de la globalización económica y la multipolaridad, no hemos desarrollado las habilidades necesarias para evitar el fracaso. Aferrada a una renta que tiende a ser exigua, toda una nación observa como su propia región, aquella que debía mirar con respeto a la “vitrina democrática” de Venezuela, le ha perdido el respeto, al punto que hasta los socios menores de la ALBA parecen más aptos en esta etapa histórica mundial llena de riesgos y oportunidades. La pérdida de capacidades no sólo lesiona la moral y la autoestima de una nación, es también una peligrosa situación para el sostenimiento de la autonomía en el sistema internacional. Es bien sabido que, más allá de los conceptos jurídicos sobre la soberanía, es realmente soberano el Estado que puede y no el que tan sólo quiere. Con asuntos territoriales sin resolver, con amplias reservas de hidrocarburos y de minerales estratégicos, Venezuela se está dando el peligroso “lujo” de experimentar con sistemas de ideas superpuestos desordenadamente. Todo ello con el fin expreso de hacer una revolución que, como un faro, guíe a América latina, y hasta al resto del mundo, pero que en la práctica, terreno que preferimos abordar, ha instalado la peor forma de gobierno deseable en una encrucijada mundial tan severa: una democracia totalitaria petro-clientelar, cuyo eje es el culto a la personalidad.

Una patología tan seria no puede ser atendida con métodos democráticos convencionales. Las campañas electorales que venden la idea de normalidad y alternabilidad democrática liberal, han hecho un flaco favor a los venezolanos vivos y a los que están por nacer. Cada día que la clase política nacional, aquella que aún conserve energías para proponer soluciones y convocar a la población, ignora la realidad de fondo en nombre de un eslogan publicitario, está condenando a la nación venezolana a mantenerse en los puestos más bajos de los indicadores del poder mundial. La política exterior no puede ser superior a lo que dicta la política doméstica, está subordinada a ella irremediablemente, razón por la cual la robustez de los actores, factores y procesos políticos internos, es la única vía para destacarse en la arena internacional. Ningún Metternich, Bismarck, Churchill o Kissinger puede salvar a un Estado que está enfermo.