viernes, 17 de febrero de 2012

Runrunes Diploos: Gran Alianza Nacional y Política Exterior

Es un hecho aceptado que la dinámica de la política doméstica tiene un efecto condicionante en la política exterior de los Estados. Es también cierto que los grupos y entidades sub-estatales, aunque no cuentan con una política exterior (que por definición es una potestad del Estado), sí diseñan líneas de relacionamiento externo y practican acciones exteriores. Siendo así, y de cara al complejo y riesgoso proceso al que está sometido el sistema político venezolano, es importante prescribir la evolución de los actuales frentes opositores para comprender el diseño y ejecución de lo que se ha llamado redundantemente “una política exterior de Estado”.

La redundancia no es gratuita, pues por más de una década la política exterior venezolana ha estado regida por la voluntad personal. Una serie de principios externos al interés nacional, y a la historia moderna de un país con aspiraciones democráticas liberales, se han incorporado como guías de las relaciones exteriores de Venezuela. Operativamente, la desaparición de la carrera diplomática; un logro, no de la democracia, sino del Estado nación moderno; ha limitado las opciones del país en un arco que va desde la exportación revolucionaria a la mera resistencia a las actuales corrientes regionales post-populistas. Razones de orden doméstico de gran envergadura, como lo es la evidente amenaza contra los valores liberal-democráticos, estimularon la configuración de un frente común, con aspiraciones unitarias, opuesto al régimen político vigente. Pero esto no es suficiente.

La Mesa de la Unidad Democrática no es una alianza, es a lo sumo una coalición de partidos, organizaciones sociales e iniciativas ciudadanas que han identificado, con distinto grado de conciencia, una amenaza común. El régimen liderado por Hugo Chávez encarna a esa amenaza, pero, y a pesar de ser una de las fuerzas sociopolíticas más importantes en la historia de Venezuela, nos atrevemos a decir que el mismo es una amenaza coyuntural. La amenaza estructural, aquella de largo aliento y profundidad, está en las condiciones que hicieron emerger a Chávez y a su régimen como una alternativa al proyecto de la democracia liberal. El control monopólico estatal de los recursos naturales, el personalismo desinstitucionalizador, la centralización de las decisiones, la influencia militar en la vida política y la intoxicante partidocracia son parte de esas condiciones. De allí que la transición natural de la coalición MUD sea hacia una Gran Alianza Nacional.

En los discursos de los candidatos presidenciales, cuando hacen referencia al lugar que debería ocupar Venezuela en el mundo, se destacan los clásicos factores de poderío y prestigio. Ya se ha visto cómo el gobierno actual ha interpretado esto, y la creación, y progresiva militarización, de la Alianza Bolivariana es la más clara evidencia. Las mayores fallas de la ALBA son dos: la externa, pretender abarcar más de lo que las capacidades nacionales venezolanas lo permiten, exhibiendo un desconocimiento de potencialidades propias; y otra interna, la ALBA no cuenta con el consentimiento de la mayor parte de los sectores del país, que la interpretan como una carga innecesaria y no como un instrumento de política exterior. La Gran Alianza Nacional deberá asumir los factores de poderío y prestigio con criterios basados en la prudencia. Las capacidades físicas nacionales (lo que en la jerga internacional se conoce como hard power o poder duro) son limitadas, y sin lugar a dudas deben estar enfocadas en las múltiples necesidades domésticas. Los reveses y estancamiento de la ALBA deben ser una clara señal de advertencia sobre la naturaleza y extensión de los alineamientos políticos exteriores. En la faz interna, la Gran Alianza Nacional debe ser un ejercicio de interpretación objetiva conjunta del interés venezolano en un mundo globalizado y multipolar que, por añadidura, ofrece tantas oportunidades de desarrollo como amenazas. Aquí, el carácter democrático es la garantía de decisiones parsimoniosas pero firmes, tomadas no sólo para cumplir objetivos, sino para hacerlo con seguridad y carácter permanente, siendo la promoción del interés nacional y de los valores democráticos (ambos objetivos íntimamente vinculados) la razón orientadora.

Las actuales condiciones del sistema internacional dejan poco margen para la continuidad de un proyecto partidista sin que ello suponga una degradación de la presencia mundial de Venezuela y de la calidad de vida (y orgullo) de sus nacionales. Es por eso que sostenemos que una política exterior exitosa no puede partir de algo distinto a una Gran Alianza Nacional.