miércoles, 1 de febrero de 2012

Strategos #75: La decadencia del socialismo árabe

¿Políticamente, qué tenían en común Túnez, Egipto, Libia y Siria hasta hace poco más de un año? En las cuatro repúblicas gobernaban, indiscutidamente, hombres fuertes que habían desarrollado sistemas de dominación basados en distintas interpretaciones del socialismo árabe. Herederos o perpetradores de duras defenestraciones de monarcas, se cubrían con un delgado manto de legitimidad bajo dudosos (cuando no ridículos) mecanismos seudodemocráticos. Estas repúblicas árabes enfrentaron, y enfrentan, amenazas a sus sistemas de gobierno y de orientación ideológica.

En Occidente se ha querido interpretar como una nueva “ola democratizadora”, siempre bajo esquemas liberales de un optimismo que muchas veces raya en lo ingenuo. Pero desde los mismos regímenes se ha identificado a la amenaza como forma radical de fundamentalismo islámico, es decir, corrientes retrógradas que aprovechan la debilidad de los regímenes largamente impuestos para introducir demandas por vías violentas. Ambas interpretaciones apuntan a señalar revoluciones, progresistas o reaccionarias. Lo actual de los eventos no permite aún hacer un análisis conclusivo que sea serio, pero podemos aventurarnos, sin correr demasiados riesgos, que lo que lo ocurrido, y que sigue ocurriendo en el mundo árabe, es una disgregación del poder, otrora centralizado en el Estado, que ataca con mayor éxito a repúblicas y que muestra una fase decadente del socialismo árabe.

La fragmentación del orden estatal es el máximo peligro para toda sociedad, y su punto más alto es la guerra civil. Se ha presentado con mayor frecuencia en repúblicos por dos razones que nos atrevemos a adelantar: las repúblicas tienen menos recursos para anticipar estallidos sociales, después de todo, y aun siendo autoritarias o totalitarias, subyace en una semi-legalidad el juego de fuerzas políticas, lo que no ocurre con las monarquías árabes, que practican al pie de la letra el absolutismo; además, las monarquías cuentan con un mínimo de legitimidad tradicional, que si bien ya no tiene significado para nosotros -que somos (o pretendemos ser) ciudadanos y no súbditos-, es la única fuente reconocida de legitimidad para buena parte del mundo árabe, una cultura que no conoció los efectos de la Ilustración y de las revoluciones burguesas de los siglos XVIII y XIX.

La decadencia del socialismo árabe, que podría manifestarse pronto en Siria en forma de una ruptura histórica, a pesar de los esfuerzos de los gobiernos de Damasco, Teherán y Moscú, no es necesariamente una buena noticia para el liberalismo democrático occidental, pues abre las puertas a transiciones que están fuera del control de los grandes poderes mundiales (otra muestra de la multipolaridad que no nos cansamos de señalar), y que podrían generar, en el mejor de los casos, formas teocráticas de dominación, a la usanza iraní, y en el peor, prolongadas guerras civiles que condenarían al siglo XXI a una imprevisible inestabilidad en una de las regiones de mayor importancia geopolítica del mundo.