miércoles, 2 de mayo de 2012

Strategos #84: Soberanía y Derechos Humanos


El concepto de soberanía está transformándose.  Esta afirmación no implica que la transformación del concepto, y lo que esto implica políticamente, esté sucediendo sin resistencia. Lo más interesante de la transformación conceptual de la soberanía es que no abandona los principios fundamentales de la definición clásica, centrados en el poder absoluto e indivisible del Estado sobre su territorio y su población, pero si lo refina en una forma lógicamente bien lograda de emparentamiento entre poder absoluto y Derecho Humanos. Los DD.HH. y la soberanía son dogmas modernos de la política internacional. Como dogmas,
se asumen como afirmaciones incuestionables cuya interpelación resulta inútil, pues se corre el riesgo de caer en un argumento circular. La superioridad inherente de la soberanía es defendida por los Estados, sobre todo por aquellos más débiles y violadores de derechos fundamentales, mientras que las sociedades, con apoyo de Estados democráticos poderosos, han convertido a los DD.HH. es una bandera irrenunciable. El nuevo concepto de soberanía admite la noción de poder absoluto, pero afirmando que todo poder se encuentra acompañado por una responsabilidad correlativa. En este sentido, la soberanía es el poder absoluto del Estado en tanto se responsabiliza por el bienestar de su propia población. En caso de que el Estado no pueda o renuncie a esta responsabilidad, se considerara incompetente, asumiendo la comunidad internacional la Responsabilidad de Proteger. 

La tensión entre las dos formas de interpretar los alcances de la soberanía no es superflua, ni se limita a la estrechez de la academia, como podría creerse a primera vista. En ella se hallan los fundamentos, tanto para la ejecución, como para el cuestionamiento de, por ejemplo, procedimientos políticos de control del orden público por parte de autoridades que se consideran a sí mismas legítimas y en pleno ejercicio de sus facultades, o de sanciones internacionales que podrían llegar, en casos extremos, a intervenciones militares autorizadas bajo la justificación de la defensa de los DD.HH. Los procesos anteriormente expuestos -el alcance de la globalización y la proliferación de múltiples polos de poder- tienen efectos sobre este tercer proceso, pues mientras se diseminan los criterios de la cultura occidental (sobre todos aquellos basados en el ideario liberal), y al mismo tiempo surgen variadas potencias desafiando al orden establecido, se potencia la tensión entre las concepciones de soberanía “como poder absoluto” y “como responsabilidad de proteger”.

La transformación conceptual de la soberanía nos compete en momento en los que se cuestiona la participación activa de Venezuela en la Comisión Interamericana de los DD.HH. A la luz de lo expuesto, la retirada venezolana, lejos de reafirmar poder soberano, expone la debilidad del Estado para llevar adelante procedimientos políticos democráticos en el marco de plenos derechos, una evidencia clara de la peligrosa inclinación hacia la categoría de “Estado fallido”.