domingo, 20 de mayo de 2012

"Prepararse para lo inesperado". Discurso de orden del CaMUN 2012

Buenos días. Quiero agradecer a las autoridades y profesores del Liceo Moral y Luces “Herzl-Bialik”, en especial a la directora Ronit Wainberg y a mi colega en la Universidad Simón Bolívar, la profesora Carmen Graterol Jatar. Cada vez que vengo aquí me siento entre amigos.
Se me ha pedido que ofrezca unas palabras a los estudiantes que inician las actividades del Modelo de Naciones Unidas de Caracas y lo haré en calidad de profesor de ciencias políticas y relaciones internacionales, ya que no lo puedo hacer en calidad de diplomático pues es una carrera que, desde antes de mi graduación universitaria, dejó de existir en nuestro país. Como académico y como ciudadano preocupado por la política mundial, traigo a ustedes mis muy humildes observaciones acerca de esta realidad humana que tanto nos apasiona a todos los que estamos aquí reunidos.
Estimados estudiantes, les tengo una noticia. No sabría si calificarla de buena o de mala, por eso prefiero calificarla sólo de noticia. Y es que les ha tocado asumir un reto como interesados en el desarrollo de la política internacional: deben prepararse para lo inesperado.

Cada época tiene sus peculiaridades, no obstante cada generación ha invertido ingentes cantidades de tiempo y dinero por comprender su propio tiempo y, más aun, por prever el porvenir. La difícil tarea que supone dedicarse a tratar de predecir el curso de los acontecimientos políticos mundiales ha tenido siempre detractores y entusiastas. La futurología, que tuvo hace décadas un momento dorado, cayó en desgracia cuando sus autoproclamados practicantes fueron acusados, no sin algo razón, de no haber previsto el colapso soviético, proceso que dio paso a una era de mayor incertidumbre de lo habitual en los últimos 500 años. Esa misma era en la que ustedes nacieron y la única que por su edad conocen de primera mano.
La visión normativa del derecho internacional público ha establecido principios que considera de obligatorio cumplimiento para hacer predecible la conducta de los Estados soberanos. La historia diplomática apela a la analogía en el entendido que, el conocimiento del pasado es fundamental para comprender el presente y predecir (o al menos prepararse para) el futuro. La teoría de juegos, rama matemática prestada a las ciencias sociales, intenta hacer predicciones bajo el supuesto de la racionalidad. Las tesis cognitivas de la psicología aplicada la política internacional se ha preocupado por el tema de las percepciones y de las reacciones políticas a ellas. Todas son posiciones válidas y todas deben ser conocidas por el individuo preocupado por la política internacional, pero siempre tomando en cuenta que la realidad no debe responder a nuestras teorías, sino que nuestras teorías deben responder a la realidad.
El mundo de hoy atraviesa una fase de transición que hace de nuestra era una etapa única. Si bien la multipolaridad internacional es la norma del sistema internacional, apenas rota durante poco menos de medio siglo durante llamada Guerra Fría, esta multipolaridad de hoy es una de tipo global, pues no se concentra en Europa ni en el mundo atlántico, sino que recorre todo el planeta, a través de lenguas, religiones, tradiciones y sistemas políticos diversos. Los tres fenómenos que la marcan son: una capacidad inédita en la tecnología de transportes y comunicaciones; un novedoso concepto de soberanía que compite con la tradicional idea de control político para tratar de imponer el criterio de responsabilidad (concretamente, la responsabilidad de proteger); y el surgimiento de múltiples polos de poder regional que, paradójicamente, crean fragmentación en la aparente homogeneidad política del mundo.
Los adolescentes que tuvieron noticias oque participaron en la Gran Guerra, eran apenas adultos jóvenes cuando el socialismo, el fascismo y el nacionalsocialismo se convirtieron en alternativas a la democracia liberal. Ellos mismos van a presenciar otra gran confrontación, la Segunda Guerra Mundial, y quizá no comprendieron bien en su momento lo que significarían el Holocausto y el desarrollo del arma nuclear para el posterior desarrollo de los Derechos Humanos y de la estrategia moderna.
Una visión más clara en su madurez la tendrían los adolecentes de mediados del siglo XX, aquellos que habiendo nacido en un mundo en guerra, maduraban al calor de la nueva bipolaridad de la una Guerra Fría, aunque muchos la sintieron como una Paz Caliente. Ellos estaban en plena capacidad de comprender los riesgos de la crisis de los mísiles soviéticos instalados en Cuba, y se enteraron, se preocuparon, e incluso algunos hasta pelearon en las distintas guerras de liberación nacional que daban fin al colonialismo. Para algunos de ellos, Israel era un proyecto político evidente del cual sólo tenían conciencia plena cuando, más allá de leerlo en el periódico o vivirlo en persona, estudiaban la historia del pueblo judío.
Los adolescentes que comienzan su andar en la educación secundaria en los 60’s, están familiarizados como ninguna otra generación con el extraño y paradójicamente estable sistema bipolar. La carrera espacial les hizo soñar con un futuro hipermodernista, aunque otros soñaron con una gran revolución mundial que, más que tecnológica, sería social y política. Las guerras de liberación nacional se mezclaron con los principios de esa revolución mundial que nunca llegó, aunque algunos siguen esperándola, y otros hasta creen que ya ha comenzado. Su adultez temprana va a girar en torno a la masificación de la cultura pop en todos sus sentidos, desde los Beatles hasta el Che Guevara (sin duda una figura pop), y su máxima atención política va a oscilar entre el sudeste asiático, con la guerra de Vietnam, y el Medio Oriente, con las guerras árabe-israelíes.
Esta generación de adultos va a compartir con los adolescentes de los 70’s una creencia que, considerando los datos del momento no parecía descabellada: que la Unión Soviética tenía serías oportunidades de “ganar” la Guerra Fría y expandir su hegemonía, si bien no a todo el mundo, a buena parte del mismo. La revolución islámica chií en Irán y la invasión soviética de Afganistán, último bastión de Asia central fuera de la esfera de influencia de Moscú, no hizo sino reforzar dicha creencia, y el poderío económico de la OPEP confirmaba que, según la evidencia hecha pública en los medios de comunicación que cada vez eran más masivos, la civilización judeocristiana estaba contra las cuerdas. Pero esos adolecentes de los 70’s no habían olvidado la música disco ni habían abrazado con fervor en punk, cuando iraníes e iraquíes iniciaron hostilidades que se prolongaron por 8 años sin ningún resultado político y militar que valiese la pena destacar. Se sorprendían en la medida que se maduraban y culminaban sus carreras en la universidad, de cómo la Unión Soviética, el poderosísimo Goliat de su pubertad, no lograba doblegar a un depauperado David afgano, y por el contrario, todo comenzaba a indicar que el gigante se desangraba sin comprender muy bien la magnitud y localización de sus heridas.
Los adolescentes de los 80’s cobraban algo de conciencia sobre los asuntos públicos cuando los gobiernos conservadores en Washington y Londres trabajaban en conjunto para dar fin a la Guerra Fría. No se sorprendieron tanto estos jóvenes, como sí lo hicieron sus anonadados padres, cuando Reagan se reunió con Gorbachov, el arquitecto de la glasnost y la perestroika, es decir, el arquitecto del desmantelamiento soviético, y tampoco les parecía que, como decían sus abuelos, padres, tíos, y algunos hermanos mayores, que era inaudito e increíble que los Estados Unidos financiara el desmontaje de la Unión Soviética. No era cinismo juvenil lo que les impedía sorprenderse, era una intuitiva comprensión de los asuntos de su época que los asistía, aunque no pudieron prever que, a pesar de la tecnología militar desplegada en la Guerra del Golfo, los Estados Unidos iban a gozar de primacía de corta duración.
El adolecente de los 90’s recordaba los eventos del final de la Guerra Fría como un proceso acartonado que por razones “obvias” tenía que suceder en algún momento. Las guerras de su tiempo parecían a sus ojos menos épicas que las que habían presenciado las demás generaciones de adolescentes, pues se daban por razones tribales, en países olvidados, y algunas hasta se hacían a punta de garrotes y machetes. Es el primer adolescente que va a emplear a la internet (a la muy rudimentaria red del momento, condenada a compartir la línea de conexión con el teléfono de la casa) para hacer trabajos colegiales. Este joven fue madurando viendo los cambios en la OTAN, la expansión de la Unión Europea y estando en la universidad tendrá la sensación de que algo había cambiado sin que lo advirtiera cuando vio en directo un ataque terrorista de gran magnitud en el territorio de la mayor potencia militar de la historia. Fascinado con el auge de China y sorprendido con India y Brasil, no dejará de prestar atención al resurgimiento ruso, gigante caído que se levantaba con un bastón que, cuando se veía de cerca, no era otra cosa que una torre de extracción de petróleo.
Al adolescente de finales de la década anterior y principios de la actual no le resulta extraño el término BRICS. Está acostumbrado a ver como gobiernos de partido hegemónico se declaran salvadores de sus patrias y hasta del mundo, siempre reclamando ser más democráticos que cualquier otro de sus pares. Se ha hecho a la idea que China, eventualmente, será la gran potencia del futuro, y los más maduros ya presienten que Rusia tendrá pronto todos los atributos para enfrentarse y disuadir a la misma OTAN. Es un adolescente para quien es normal que el petróleo cueste 100 dólares, y que no se explica cómo hay gente que todavía compra periódicos cuando pueden tener toda esa información en sus teléfonos inteligentes. Por ser el adolescente de hoy parece que nada puede sorprenderlo –se las sabe todas más una-, y a pesar de vivir en un mundo de incertidumbre, se siente seguro de lo que sabe y hasta puede suponer que las cosas, si van a cambiar en el futuro, seguramente no cambiarán demasiado.
Pero entre estos jóvenes, como siempre, hay algunos que más aventajados. El viejo Sócrates, orgulloso, los felicitaría porque se han dado cuenta de que lo saben todo, pues han admitido su ignorancia, en nuestro caso, con respecto al futuro de la política mundial. Al documentarse han dejado de ser el niño de Cicerón, aquel que sólo conoce el mundo desde su nacimiento y se despreocupa por todo aquello que le precedió. Se han enterado de los esfuerzos incesantes y desiguales por la creación de un gobierno universal que saque a la humanidad de la anarquía, y por ello desean conocer como el más reciente y aún vigente experimento político para la paz, la Organización de las Naciones Unidas, funciona. Sabe este joven, al que hoy me ha tocado hablarle, que el destino no está escrito, y que en un ambiente de multipolaridad global esta afirmación es más contundente que nunca. Pero también sabe que el ejercicio intelectual de los juegos estratégicos de roles, una forma práctica de abordar la realidad por analogía, es una vía para estrechar lazos sociales y, en el camino aprender a prepararse para lo inesperado.
Como diría el maestro florentino, que la Fortuna os guíe y que ustedes guíen a la Fortuna. Muchas gracias.