viernes, 11 de mayo de 2012

Runrunes Diploos: Ausencia de una gran estrategia


El concepto de “gran estrategia” es empleado en el campo de las relaciones internacionales para denotar un plan maestro que indique las condiciones para el uso de las capacidades diplomáticas, económicas, militares, e incluso culturales, para la búsqueda de objetivos permanentes y de alta estima para los Estados. La base de la gran estrategia es, por consecuencia, un claro establecimiento del elusivo concepto de interés nacional. Este interés, siempre de difícil definición, no es más que el producto de consenso de élites nacionales que, luego del necesario diagnóstico, acuerdan de forma tácita la continuidad en la política exterior. En sociedades más abiertas este consenso se logra por medio de
complejas negociaciones en las que, a lo largo de distintos periodos se va cediendo y ganando alternativamente, pero siempre tratando de conservar la esencia del interés general. En el caso de sociedades menos abiertas o simplemente cerradas, la construcción del consenso se da dentro de estructuras de partido hegemónico o único, marginando al resto de los actores sociales nacionales de la planificación estratégica, del diseño de política exterior y de la ejecución diplomática.

Hasta hace poco más de un año, y aún sometido a fuertes tensiones y contradicciones internas, el gobierno venezolano, haciendo siempre alarde de su pretensión de hegemonía nacional, parecía contar con una gran estrategia en política exterior. Se había advertido la inviabilidad práctica de la misma, pues entre otras cosas, parecía insostenible mantener una relación de tensión con el principal socio comercial cuando no se cuenta con capacidades adicionales ni mejores alternativas; la relación con Brasil, en apariencia cordial, escondía una necesidad patética de diversificación de relaciones, pero bajo el riesgo de estar construyendo la base política para una forma de hegemonía política regional para una potencia emergente; la ALBA demostró ser el producto del puro petro-voluntarismo, pero sus miembros, incluso los más pequeños, dieron desde el principio evidentes muestras de autonomía diplomática. No obstante, y asumiendo que todos aquellos obstáculos eran magnificados por las fuerzas contrarrevolucionarias, se tenía un difuso norte calcado de los movimientos tercermundistas que florecieron durante la bipolaridad, pero con una clara diferencia cargada de ventajas y desventajas: se practicó en un volátil ambiente de multipolaridad. La diplomacia personalista parecía llamada a hacer aguas si el líder entraba en una situación personal comprometida. A pesar de eso se prefirió una política exterior fuerte, asociada a una personalidad, y luego se pensaría en la institucionalidad que lo sustituiría de forma progresiva y casi imperceptible.

Pero la realidad ha terminado por imponerse, como siempre lo hace frente a los que se le rebelan. Ante la confusa e incompleta información que se cuela desde el poder político venezolano, los indicadores más evidentes del estado actual de nuestra salud diplomática están en la conducta de otros Estados; alianzas y esquemas de integración con respecto a Venezuela. Mercosur, por medio de la estratagema de colocar al frente al senado paraguayo (uno de los eslabones más débiles en la toma de decisiones del bloque), ha obligado a Venezuela a habitar en el umbral de la integración, aprovechando su salida de la CAN. Caricom ha brindado apoyo irrestricto a Guyana en su pretensión territorial lesiva de los intereses venezolanos, y en el camino ha abierto las fisuras naturales de la alianza de la ALBA. Colombia, con una política basada en el interés, lucha por reconquistar a pulso parte del mercado venezolano que perdió cuando siguió una política doctrinaria. China ha amarrado a nuestro Estado con acuerdos petroleros que le permitirán mantenerse en el continente durante un par de décadas, esperando negociar en condiciones favorables nuevas formas de relación para la extracción de materia prima. Mientras tanto, los Estados Unidos trabajan en una operación que parece destinada, más que a defenestrar al actual régimen, a obtener los instrumentos jurídicos y políticos necesarios para controlar al actual gobierno de Venezuela en el caso de que amenace de forma seria sus intereses.

Si bien es cierto que los altísimos niveles de incertidumbre que vivimos no permiten realizar ningún análisis prudente con respecto al devenir próximo de la hegemonía chavista, sí es posible afirmar que, de acuerdo a la evidencia, la política exterior del régimen ha entrado en franca decadencia por ausencia de una gran estrategia viable. En el plano diplomático lo que le resta al actual gobierno es sobrevivir a los agresivos avances de “aliados” y adversarios externos, y concentrar sus fuerzas en la tarea sostener el control sobre el país.